CELTISMO EN LA EUROPA MEDIEVAL, EL PERRO DE GUINEFORT. Por Remedios Sala Galcerán.

19.02.2015 06:48

                

                Algunos perros han alcanzado una enorme fama. Tal fue el caso del lebrel del castellano de Neuville allá por el siglo XIII.

                El inquisidor dominico Esteban de Borbón predicó en la diócesis de Lyon, parte del Sacro Imperio Romano Germánico en aquel entonces, contra las supersticiones cuando la Iglesia le había declarado una implacable guerra a las herejías. Allí escuchó una curiosa historia y se encontró un curioso culto.

                En Neuville dormía el pequeño hijo del castellano en la cuna, protegido por su lebrel. De repente una serpiente entró en la estancia y el perro se enzarzó con ella en una reñida lucha. La cuna volcó, pero la serpiente finalmente fue aniquilada. Al entrar la nodriza contempló la cuna volcada y muchos rastros de sangre. Horrorizada, creyó que el lebrel había devorado al niño. El castellano airado mató al bravo animal, pero después descubrió a su hijo sano y salvo. Apenado, enterró al lebrel en un pozo a la puerta del castillo, cubriéndolo con piedras y plantando árboles alrededor.

                La injusticia con tan noble servidor era más que notoria y la furia de Dios se abatió sobre el lugar, que quedó desierto. El castillo se destruyó.

                Con el paso del tiempo los campesinos de la región acudieron a donde estaba sepultado tan noble lebrel invocando su protección, conocedores de su buen carácter. Le ofrecían sal y otros presentes. Prendían como exvotos en las zarzas los pañales de sus pequeños.

                Poco a poco empezaron a practicarse allí determinados cultos a cargo de ancianas. Las madres les pasaban hasta nueve veces a través de los troncos de dos árboles a sus hijos.  Ponían a los pequeños al pie de un árbol en la paja de una cuna bajo dos candelas hasta que se consumían. En ocasiones en el río Chalaronne sumergían nueve veces a los niños. Acudían lobos de tanto en tanto.

                La Iglesia terminó con semejante santuario y persiguió tales usos. Ahora bien, ¿qué encubrían realmente?

                En el fondo no eran otra cosa que la pervivencia en un territorio cercano a los Alpes de elementos religiosos celtas, asociados con faunos en la mentalidad católica medieval. El perro representaba entre los celtas la fidelidad familiar y el lobo el castigo justo. El número nueve tenía un potente valor adivinatorio. Las antiguas sacerdotisas pronto serían tildadas de brujas.

                Semejantes rituales propiciatorios de la salud alrededor del perro de Guinefort nos muestran los reductos de una Europa pagana en el seno de una Cristiandad no tan homogénea. La cristianización de ritos y motivos de las culturas antiguas culminaría siglos más tarde.

                Motivo de canes inspirado en la mitología celta.