CONSEJOS PARA UN ASEDIO MEDIEVAL. Por María Berenguer Planas.

21.07.2015 00:02

                La guerra medieval no se ajustó en la realidad a los combates singulares imaginados por los novelistas y recreados por los cineastas. Fue algo mucho más complejo y menos heroico.

                            

                Los europeos cristianos nunca se olvidaron de Roma, uno de sus referentes más apreciados. El Renacimiento no la redescubrió, sino que enfatizó su legado como algo vivo y necesario. Uno de los autores latinos más apreciados en nuestra Edad Media fue Vegecio, del siglo IV de nuestra Era. Su Epitoma rei militaris se apreció mucho, ya que de manera ordenada daba consejos prácticos a hombres pragmáticos sobre una gran variedad de cuestiones. No siempre resultó fácil de conseguir su obra para los hombres de armas más versados en cuestiones de técnica.

                En la península Ibérica fray Juan Gil de Zamora se hizo eco de su obra en De preconiis Hispaniae, hacia el 1282. El inquieto infante don Juan Manuel también se interesó por Vegecio. El camarlengo de la reina Violante de Aragón entre 1380 y 1392, Jaume Castellà, lo vertió del francés al catalán como Del mester d´armes e de l´art de la cavalleria.

                La toma de una fortaleza era una de los problemas más intrincados, especialmente cuando los castillos y ciudades ganaron complejidad defensiva entre los siglos XI y XIII. El asalto ahorraba tiempo y dispendio, pero podía concluir en un desastre. El más seguro asedio podía acabar resultando en exceso costoso.

                                

                Los expertos podían encontrar valiosos los consejos de Vegecio, que recomendaba tres procedimientos básicos: el asedio por hambre, el ataque con máquinas y el ataque por sorpresa. Descendiendo más al detalle resultaron de gran provecho varios puntos.

                Los sitiadores debían de evitar en todo momento el hambre, estableciendo su campamento en áreas de huerta. La provisión de gallinas resultaba imprescindible para la nutrición de los enfermos.

                También deberían de disponer fortificaciones avanzadas o barbacanas contra el fuego y los proyectiles de los sitiados, cuyo cerco se estrecharía.

                A la hora de asaltar las murallas era muy necesario estar bien provisto de nervios o cabellos femeninos para las máquinas de asalto, como las tormentas o catapultas con un contrapeso para tensionar debidamente la cuerda, los escorpiones y las ballestas.

                 

                Las torres de asalto debían de sobrepasar en altura a la muralla, que los defensores podían erigir ondulada y terraplenada para evitar la aproximación enemiga.

                Todos estos consejos se complementaron con el aprovechamiento de la experiencia militar, que dictaba que los defensores evacuaran población no guerrera que consumía víveres y añadía preocupaciones. El permiso de evacuación dependía del rey o del señor de turno, atento a su honor.

                Como los ingenios, torres y escalas de asalto daban resultados contraproducentes con demasiada frecuencia, los atacantes podían cavar galerías o minas por debajo de las murallas enemigas, algo también costoso y no exento del riesgo de la contramina.

                A veces la naturaleza se aliaba con uno de los bandos en liza. En la asediada Gerona del verano de 1285 una plaga de moscas martirizó a los sitiadores franceses. Para la mentalidad de la época la ayuda celestial resultaba imprescindible, clara indicación de la volatilidad de los factores que inclinan la balanza de la victoria en un campo de batalla.