DE PRÍNCIPES VISIGODOS A POTENTADOS MOZÁRABES. Por Verónica López Subirats.

16.04.2016 10:15

                

                La conquista musulmana de la península Ibérica se vio facilitada por las rivalidades políticas entre los aristócratas visigodos, como es bien sabido, que no dudaron en aliarse con los conquistadores contra sus adversarios.

                A su muerte, el rey Vitiza dejó tres hijos (Olemundo, Rómulo y Ardobás) que permanecieron en Toledo bajo la custodia de su viuda. En la Hispania visigoda se alzó con el poder real Rodrigo, que se hizo fuerte en la Bética y de momento no encontró oportuno deshacerse violentamente de los vástagos del anterior monarca.

                Los visigodos ya no son considerados por los historiadores un pueblo predestinado a la aniquilación y su Estado y su desarrollo cultural han merecido recientes elogios. Demostraron mayor solidez que los burgundios, los ostrogodos o los vándalos. Tampoco resultaron tan diferentes de los francos, que a la larga acabarían también disolviendo su unidad territorial. Recurrir a la ayuda exterior era un peligroso juego practicado por todos los poderes de origen germánico que ocuparon el territorio del imperio romano de Occidente.

                Rodrigo, ante las noticias de la invasión, convocó militarmente a los hijos de Vitiza. Aunque se miraba en el espejo de los romanos, el ejército de los visigodos cada vez se nutría más de las comitivas armadas de la aristocracia del reino. Desde Toledo acudieron hacia Córdoba los tres hermanos al frente de sus fuerzas, pero temieron que si entraban en la segunda ciudad Rodrigo ordenaría su ejecución y se quedaría con todas sus tropas y sus riquezas.

                Rodrigo los intentó tranquilizar, pero en la batalla de Guadalete las fuerzas de los hijos de Vitiza se pusieron inesperadamente del lado de los musulmanes, que ya antes habían sido rechazados por los visigodos en el estrecho.

                En agradecimiento el comandante musulmán Tarik les reconoció el dominio de hasta 3.000 aldeas correspondientes a los bienes de su padre. Los conquistadores no practicaron ninguna revolución social, como a veces se ha sostenido, y reconocieron el poder de aquellos aristócratas a cambio de su apoyo. Tampoco tuvieron que abrazar el Islam.

                El envidioso superior de Tarik, el árabe Muza, optó por enviarlos ante el califa de Damasco, que no tuvo inconveniente en dar por válido lo pactado. Incluso les reconoció la dignidad regia de permanecer sentados en presencia de altas dignidades musulmanas.

                Una vez más el problema se presentó por el lado interno, cuando los triunfantes hijos de Vitiza disputaron entre sí por sus extensos patrimonios. Al morir Olemundo, dejó su parte a su hija Sara la Goda (madre de un famoso historiador andalusí) y al resto de sus hermanos menores, pero su tío Ardobás no se resignó a hacerse con todo el legado familiar. Establecido en Córdoba, llegó a conseguirlo y Sara no tuvo más remedio que emprender desde Sevilla un viaje a Oriente en busca de la protección califal. Al final logró la reparación deseada.

                No por ello Ardobás cayó en desgracia de los conquistadores, ya que sería nombrado conde de los cristianos de Al-Andalus. Su hermano Rómulo ocupó un puesto relevante en Toledo, una ciudad que se resistiría a la autoridad cordobesa. El primer mozarabismo emergió en parte de esta aristocracia atenta a sus prebendas.