EL AMANECER MAYA. Por Verónica López Subirats.

24.03.2015 06:53

                

                La refinada civilización de los mayas ha atraído con enorme fuerza a muchos viajeros, exploradores, arqueólogos y curiosos desde hace siglos. En las tierras centroamericanas surgió una cultura que desafió a la jungla y erigió imponentes monumentos que todavía hoy en día causan una honda impresión.

                Los mayas no se formaron por arte de magia y su civilización se fue forjando a lo largo de un dilatado período que se ha convenido en llamar Preclásico por parte de muchos historiadores, extendiéndose en líneas generales desde el 2000 antes de Jesucristo al 250 de nuestra era, una época que cubriría en Europa desde las culturas calcolíticas como la de Los Millares a las primeras manifestaciones de crisis severa del imperio romano.

                A la hora de explicar el origen de una civilización compleja se ha recurrido a un esquema muy conocido desde hace tiempo. Las comunidades humanas capaces de labrar la tierra y de domesticar a los animales asociadas al neolítico estarían en condiciones de fundar con el tiempo prósperas ciudades donde la religión pautaría la vida de sus gentes, aupando a los sacerdotes a su dominio.

                Los recientes estudios de la anatolia Göbekli Tepe, considerado por algunos el santuario más antiguo del mundo, han sugerido otro enfoque, ciertamente sugerente. Sería la evolución religiosa la que conduciría a la creación de la ganadería y de la agricultura, cuando los hombres se consideraron capaces de tratar con mayor soltura a las misteriosas fuerzas de la naturaleza con apariencia animal, quizá plasmadas en el arte rupestre de varios territorios.

                Sea como fuera el mural de San Bartolo, en Guatemala, se presta a distintas interpretaciones. De una cueva de apariencia selvática surgen unas figuras que ofrecen donaciones a la divinidad del maíz. Con frecuencia se ha interpretado como un recuerdo de la vieja sociedad de cazadores y recolectores que pugnaron en un medio tan exuberante como el de la jungla, pero también podía indicar el dominio de la naturaleza creciente por unos grupos provistos de una religiosidad más confiada.

            

                El mito del maíz, con todas sus ricas variantes, parece avalarlo. Fueron los humanos martirizados por el hambre los que invocaron la ayuda del señor de las montañas y dios de la lluvia, que con su hacha en forma de serpiente descargó un rayo contra la Montaña de los Sustentos, liberando de su seno el preciado maíz, que debía ser cuidado con esmero por los agraciados.

                Los primeros labradores de lo que con el tiempo se convertiría en el área maya comenzaron a ganarle terreno a la selva a través de incendios controlados, de las rozas, cuyas cenizas servirían de fertilizante, trazando los primeros campos cuadrados de carácter sagrado, el kol en lengua maya o la milpa en nawatl. En Campeche y en Yucatán se asistió a la creación de las primeras terrazas en las laderas de las montañas. Los precursores de los mayas se mostraban diestros en las artes agrarias que pronto les rendiría un mayor dominio del variado ecosistema de la región centroamericana. En el golfo de México y en el litoral pacífico la cerámica también fue compañera de tal desarrollo.

                A partir de tales fundamentos surgió hacia el 1200 antes de Jesucristo una cultura que se considera la matriz de la posterior civilización mesoamericana, la de los olmecas, cuyas figuras del bebé-jaguar y sus monumentales cabezas nos hablan ya de cultos llamados a tener una gran repercusión en el universo religioso posterior.

            

                Los olmecas experimentaron algún tipo de perturbación o de transformación acompañado de notables movimientos de población en la América Central, bien atestiguadas por los tipos cerámicos, hacia el 600 antes de nuestra era.

                De aquella ebullición surgieron distintos núcleos en el Petén. Comenzaron a delinearse los complejos ceremoniales llamados palacios, en los que se darían cita distintos linajes aristocráticos capaces de imponer su voluntad cada vez con más vigor a una población en aumento.

                Las incipientes aristocracias desempeñarían funciones religiosas de alto valor comunitario sin desdeñar la práctica del comercio y de la guerra, surgiendo dinastías pronto consignadas en la escritura maya. En el área de la Guatemala actual creció en fuerza Kaminaljuyú. En las tierras bajas se irguió la gran pirámide en Tikal, la histórica rival de Calakmul. La Grecia de América con su mezcolanza de ciudades-estado o de pequeños estados estaba a punto de nacer, comenzando la época clásica de aquella civilización con la que entraron en contacto los españoles con el paso de los siglos.

                En reconocimiento de los hombres del maíz y de Miguel Ángel Asturias, poeta de la eternidad hecha civilización.