EL BANDOLERISMO. Por María Berenguer Planas.

16.11.2014 13:27

 

                El bandolerismo ha inquietado muy seriamente a las autoridades desde tiempos remotos, y ha interesado vivamente a los historiadores desde hace décadas. Entre la delincuencia y la caballerosidad cabalgan los intrépidos bandoleros.

                El bandolero es todo aquel que se acoge a un bando, una partida de hombres que han roto con la ley vigente y que van a conseguir relevancia con el ejercicio de la violencia.

                Entre los bandoleros encontraremos a caballeros con problemas económicos o familiares que han roto con la paz del rey, y que capitanean sus comitivas armadas en acciones ilegales. A veces se enfrentan con la comitiva de otro señor bandolero por razones de honor familiar, como sucedería en el Sur del reino de Valencia en el siglo XVI. Algunos autores los han calificado de malhechores-feudales.

                Al bandolerismo también se suman campesinos y ganaderos que no pueden o no desean proseguir con sus tareas, especialmente en tiempos de crisis, como en el Sur de Francia de fines del siglo XIV o en el de los Estados Unidos tras la guerra de Secesión. Las diferencias religiosas nutren el fenómeno a lo largo de la Historia, como bien demuestra el caso de los moriscos de Granada.

                En tiempos de guerra o de ocupación militar foránea los bandoleros pueden servir en cualquiera de los dos lados, aunque la historiografía nacionalista de todos los países se complace en ensalzar su contribución a la independencia. La celebérrima guerrilla española de la guerra contra Napoleón se sirvió de no pocos bandoleros, como las partidas de distinto signo político de nuestras guerras civiles decimonónicas. Benito Pérez Galdós expresó en sus Episodios nacionales su ambivalencia moral.

                Figuras como Serrallonga, José María el Tempranillo o Jesse James han estado rodeados de una aureola de popularidad entre ciertas capas de la población, que les han dado cobijo y les han brindado todas sus simpatías. A cambio el bandolero les dispensa protección y les reparte una porción de su botín, encarnando el tipo del bandido generoso. Siguiendo esta particular visión los bandoleros serían rebeldes primitivos, capaces de expresar el malestar de una sociedad que todavía no ha acertado a expresarse en los términos ideológicos del revolucionarismo contemporáneo (en clave marxista, siguiendo a Hobsbawm).

                                            

                No siempre los bandoleros han interpretado papel tan altruista, y se han puesto al servicio de oligarquías y potentados locales, que dirimían sus diferencias a golpe armado. A finales del XVII los bandoleros valencianos fueron contratados para tales cometidos en varias villas de la Castilla oriental.

                Con el bandolerismo no ha sido fácil acabar. Los excesos represivos de las autoridades reales han llevado a la protesta de las instituciones de los reinos, que han considerado menoscabadas sus leyes, caso de los territorios de la Corona de Aragón en tiempos de los Austrias. Curiosamente en la Castilla coetánea el bandolero catalán gozó de simpatías entre literatos como Cervantes o Tirso de Molina.

                Muchas veces se les ofrecía a los bandoleros la amnistía a cambio de enrolarse en las fuerzas reales para combatir en una tierra peligrosa. Los aragoneses los encaminaron hacia la rebelde Cerdeña en el siglo XIV y los españoles a la protección de Orán en el XVII. En el fondo era una variante del almogávar, el guerrero que luchaba de forma no reglada a cambio de un botín autorizado por la corona. Se empleaban, en suma, las artes del corsarismo.

                El palo y la zanahoria no han segado los rebrotes del fenómeno, muy enraizado en las contradicciones de una sociedad de honor o con fuertes resabios. El bandolerismo puede alcanzar vuelo en las líneas de frontera, como la de Estados Unidos con México entre los siglos XIX y XX, o respirar con satisfacción los aires de la montaña según lo expuesto por Braudel, pero en última instancia su origen y difusión radica en factores más sociales que geográficos.

                Hoy en día no encontramos al Tempranillo, pero el bandolerismo impregna fenómenos que ya no catalogaríamos de tan primitivos. Las bandas que han atemorizado a muchas áreas rurales y espacios residenciales de la España de los últimos años demuestran que bajo otro nombre es una forma de delincuencia operativa el bandolerismo. Subordinado a grandes organizaciones criminales de carácter plurinacional, con poderosas aquiescencias a veces entre ciertos estamentos estatales, esta adaptación del bandolerismo a la sociedad actual ofrece también su lado romántico gracias al cine, presentando a buenos y desorientados chicos que sólo quieren mejorar su situación o se ven atrapados por las circunstancias. ¿Ejemplo de desorientación ideológica o de contradicciones sociales mal resueltas? Quizá un poco de todo.