EL CONFLICTIVO CANADÁ. Por Gabriel Peris Fernández.

10.04.2015 00:03

 

                Canadá y Estados Unidos comparten el límite fronterizo más alargado del mundo, de unos 8.891 kilómetros, sin despliegue de fuerza armada de consideración. Las relaciones entre los dos colosos de la América del Norte son fluidas y cordiales hoy en día, reduciéndose las discrepancias a comentarios muy puntuales sobre cuestiones accesorias.

                No siempre las cosas fueron así y hubo un tiempo en que los herederos de las Trece Colonias trasmutados en los Estados Unidos trataron de hacerse con el Canadá, sin éxito, en 1812. Los británicos aguantaron la embestida y pusieron en serias dificultades a la joven república.

                                        

                Entre 1815 y 1837 consolidaron la dominación del Bajo Canadá de cultura francesa y religión católica mayoritaria, pasados los temores de la Revolución, y prosiguieron la colonización del Alto, en el área del actual Ontario. Allí se formó un grupo oligárquico que pronto tuvo serias discrepancias con los colonos menos afortunados.

                Uno de ellos era el escocés William Lyon Mackenzie, llegado a la América septentrional en 1820, que con el tiempo encabezaría un movimiento insurreccional contra una situación de exclusión y de carencia de libertades políticas. El descontento y la ebullición del Viejo Mundo tomaban carta de naturaleza en el Nuevo, extendiendo hacia el Norte la revolución atlántica.

                                            

                La zona de Toronto había presenciado en el pasado importantes combates entre estadounidenses y británicos. En diciembre de 1837 Mackenzie había alcanzado la alcaldía de Toronto tras un periodo de intensa agitación periodística e intentó hacerse con su control militar con la ayuda de una fuerza de menos de mil activistas. Su objetivo: alentar la independencia canadiense en sentido democrático.

                La división del Canadá británico entre dos comunidades culturales con muchos puntos de discrepancia entre sí y la importancia de los sentimientos lealistas de gran parte de su población, compuesta por muchos emigrados políticos de las viejas Trece Colonias, contrariaron la idea independentista.

                Su Toronto quedó aislado y la rebelión fracasó. Mackenzie no se amilanó y se acogió a la protección del territorio de la república vecina, esperando encontrar apoyo y comprensión. No careció de las simpatías de varios entusiastas, que iban desde aventureros a partidarios de la independencia canadiense o de una gran federación de Norteamérica. Con sus flamantes voluntarios organizó un verdadero ejército.

                Los voluntarios conquistaron en el Niágara la estratégica Navy Island, en la ruta de acceso fluvial al Alto Canadá. La posición independentista se mantuvo fuerte gracias a los buenos oficios de un vapor con pabellón estadounidense, capaz de proveerla debidamente. Los británicos se encontraron ante la sólida cabeza de puente de una invasión independentista que parecía emanar de los temidos Estados Unidos, cuyo expansionismo era bien conocido por Londres en las Américas, el Hemisferio Occidental del presidente Monroe.

                Ni cortos ni perezosos, los británicos lanzaron a sus fuerzas, demostrando que tenían miedo de una nueva guerra. Sus fuerzas cruzaron la frontera y destruyeron el desafiante vapor. En la presidencia de Washington se sentaba Martin van Buren, seguidor del belicoso Jackson pero no de sus inclinaciones militares. Las tropas de la Unión fueron enviadas a la frontera para evitar mayores problemas, controlando la inestable situación, y no para secundar una rebelión. Los problemas internos le recomendaban prudencia, pese a perder popularidad entre muchos de sus votantes. El gobierno británico tampoco añadió leña al fuego y en 1839 se alcanzó un acuerdo fronterizo entre Londres y Washington. El inquieto Mackenzie retornaría más tarde al Alto Canadá, unido más estrechamente al Bajo desde la aprobación en 1840 del Acta de Unión para evitar problemas políticos y financieros.

                El entendimiento entre Estados Unidos y el Reino Unido en la América del Norte fue mucho más allá de las conveniencias coyunturales políticas. En 1846 un vociferante presidente Polk renunció a su eslogan de 54 grados, 40 minutos o lucha por el dominio de la mayor parte del viejo territorio de Oregón, conformándose con una frontera que recorría el paralelo 49. Otras conveniencias, a costa de México, impulsaban a los Estados Unidos, al igual que a una Gran Bretaña planetaria. No merecía la pena desangrarse en Norteamérica.