EL EQUILIBRIO POLÍTICO DE CARTAGO. Por José Hernández Zúñiga.

17.09.2014 18:12

             Cartago ha sido uno de los grandes protagonistas de nuestra historia mediterránea con todos los honores.       

 

                                                            

  

                Los cartagineses fueron censurados con acritud por los griegos y romanos, sus rivales mediterráneos. Su perfidia sería justamente castigada con la destrucción de la gran Cartago. Sin embargo, los historiadores actuales no comparten esta visión peyorativa y han reivindicado la memoria de los cartagineses.

                Los primeros pobladores de Cartago procedían de la ciudad fenicia de Tiro según la tradición. Aquellos inquietos fenicios supieron asentarse, imponerse a sus vecinos africanos y hacerse fuertes, erigiéndose en la gran metrópoli púnica del Mediterráneo Occidental. Poco a poco fueron ampliando su dominio territorial en el Norte de África, y sometieron al régimen de dependencia a varios pueblos númidas.

                Enclavada en un punto de enorme valor estratégico, sus actividades comerciales florecieron entre los siglos V y IV antes de Jesucristo, colisionando en más de una ocasión con los griegos de Sicilia. Las guerras no evitaron que muchos griegos se afincaran en territorio cartaginés y que tomaran su ciudadanía, al igual que otras gentes de procedencia fenicia e incluso egipcia. Todos aquellos que portaran armas y que sacrificaran en el tofet en honor de las divinidades integraron la asamblea de ciudadanos.

                Tal asamblea quedó relegada por la de los grandes terratenientes y mercaderes, la de los ancianos, que resultó molesta para los sufetes o los encargados de dirigir temporalmente la ciudad. Si se compara a los sufetes con la magistratura de los cónsules de Roma, el consejo de ancianos cartaginés equivaldría al senado romano.

                Las guerras de expansión pusieron en manos de los sufetes grandes medios económicos y militares, que algunas familias ambiciosas como los Magónidas aprovecharon para imponer su autoridad. Cartago también se expuso a la tiranía, y para evitarla la aristocracia de los ancianos creó el consejo de los ciento o de los ciento cuatro, capaz de fiscalizar con eficacia la actuación de los sufetes más inquietos.

                Hombres como Amílcar Barca o su hijo Aníbal se servirían de la guerra y de sus partidarios en la asamblea ciudadana para hacer saltar este cerrojo. Los a veces contraproducentes ejércitos de mercenarios ayudaron a su carrera política. En el fondo la guerra fue para los cartagineses como para los griegos y los romanos una prolongación de la política.