EL ESPERADO ATAQUE NAZI A LA URSS. Por Mijail Vernadsky.

03.02.2015 06:56

                

                La Alemania nacionalsocialista rompió en 1941 agresivamente su anterior alianza con la Unión Soviética, no siempre bien entendida por muchos seguidores de la cruz gamada.

                La URSS no sólo era el temido baluarte del comunismo, sino también el objeto del deseo dominador de Hitler y los suyos, que siempre consideraron el Este el territorio de expansión por antonomasia de los alemanes desde La Edad Media, donde se encontraba su espacio vital.

                Tales presunciones históricas y geopolíticas estuvieron muy extendidas entre la población alemana, ya que la propaganda nazi se empeñó con gran dedicación a exaltar los valores conquistadores y colonizadores de la raza superior aria, resaltando la inferioridad de los pueblos eslavos, incapaces de resistir al bolchevismo.

                Desplegando un lenguaje medievalizante, se habló de cruzada contra los enemigos de la civilización occidental, entendida en términos de jerarquía surgida de los primigenios conquistadores indo-europeos. La guerra contra el comunismo oriental sería la piedra de toque del Nuevo Orden de la Europa nacionalsocialista y muchos colaboracionistas y simpatizantes del fascismo la jalearon con entusiasmo. El Rusia es culpable de la España de Franco fue secundado en Italia, Francia, Países Bajos, Finlandia o los países del Báltico. No pocas unidades voluntarias se sumaron a los ejércitos alemanes en su invasión de la URSS.

                Las imposiciones de Stalin habían agotado más que la paciencia de muchos de sus súbditos por razones nacionales, sociales y políticas. Tanto las purgas como las colectivizaciones habían pasado una horrorosa factura a los que cargaban con la construcción del socialismo en un solo país. Jerarcas nazis como Rosenberg creyeron ver el cielo abierto aprovechando tal indignación contenida.

                Las legiones de la cruz gamada derrumbarían victoriosamente el carcomido imperio comunista al recibir el entusiasmo de los pueblos liberados. Semejantes cálculos no parecían muy errados, pues en Ucrania muchos vieron a los alemanes como libertadores en los primeros compases del ataque.

                Stalin quizá hubiera estado sentenciado si las que avanzaban hubieran sido las tropas de Napoleón, taimado político atento a las circunstancias, pero eran las de Hitler, el doctrinario racista que no estaba dispuesto a contemporizar en lo más mínimo. El tiempo del pacto ya había transcurrido. Era la hora de la furia de las SS.

                Entre los nacionalsocialistas más exacerbados circulaban grandiosos planes de colonización del Este, de verdadera remodelación racial de Eurasia, en los que el deplorable exterminio de los judíos era sólo uno de sus apartados. Aquellos que no perecieran asesinados serían desplazados de sus hogares en unas condiciones terroríficas para dejar lugar a los colonos alemanes.

                Se previó la llegada de unos cinco millones de colonizadores, que serían bien provistos de tierras y de servidores para llevar un estilo de vida aristocrático digno de los guerreros arios. En un principio se pensaba alcanzar la línea que iba de Arjanguelsk a Astraján en dirección Norte-Sur. El megalomaníaco Plan General Este anunciaba a los rusos un destino infernal. Serían diezmados con medidas abortivas y contraceptivas como si de una plaga se tratara. Tal menoscabo de la dignidad humana impulsó a muchos a combatir en la guerra patriótica por la Madre Rusia, fundamental para entender la derrota del sanguinario imperio nazi.