EL HELENÍSTICO HERODES EL GRANDE. Por José Hernández Zúñiga.

11.04.2017 10:29

                

                El rey Herodes, el que ordenaría la horrible matanza de los Inocentes, no ha sido nunca un gobernante popular entre muchas generaciones de judíos y de cristianos por motivos muy variados. En el caso de los primeros, sus orígenes familiares, la naturaleza de su poder (subordinada a Roma), sus inclinaciones espirituales y sus acciones le granjearon una pésima reputación.

                Bajo el mando de Pompeyo y Gabinio, entre el 63 y el 55 antes de Jesucristo, los romanos abatieron el reino de los Asmoneos, sucesores de los patrióticos Macabeos, e implantaron su dominio sobre los judíos. Sin embargo, en lugar de ejercer directamente su autoridad, la confiaron finalmente a Herodes, un aliado de Marco Antonio que se congració con Octavio Augusto a tiempo.

                Los judíos más rigoristas nunca lo consideraron un sucesor de David por sus raíces idumeneas y su matrimonio con la asmonea Marián tampoco los aplacó. Sus acciones en favor del Templo a partir del 20 antes de Jesucristo, en el que llegaron a trabajar unos diez mil hombres, tampoco le merecieron mayor benevolencia, pese a la reconstrucción de los atrios de los gentiles, las mujeres, los varones y los sacerdotes, y a ordenar alzar lujosos pórticos.

                De hecho, ordenó disponer una gran águila de oro sobre la puerta principal del Templo, lo que contradecía la prohibición de representar toda criatura viva, y los maestros fariseos animaron a grupos de jóvenes a derribarla. Herodes procedió con energía y ordenó quemar a aquéllos por promover los desórdenes.

                Su gusto por las construcciones, poco atento a los sentimientos del judaísmo tradicional, le llevó a mandar la construcción en Jerusalén un hipódromo y fuera de sus murallas de un anfiteatro y de un teatro, del que tuvo que deshacer los trofeos para demostrar que no ocultaban figuras humanas. En el 27 antes de Jesucristo se atrevió a celebrar allí concursos isolímpicos, en los que los atletas desnudos y los cultos religiosos de otros rincones mediterráneos volvieron a crear no escasas polémicas.

                Más allá de Jerusalén donó importantes sumas a ciudades de confesión no judía de sus dominios, fundó Cesárea para los griegos y alojó en la refundada Sebaste (la antigua Samaria) a sus tropas germanas, galas y tracias. No tuvo empacho en vender a los ladrones que asolaban los caminos como esclavos fuera del territorio judío, lo que exponía al paganismo a aquellos judíos que habían incurrido en delito.

                Sus tormentosas relaciones familiares terminaron de completar su pésima fama entre sus coetáneos, si bien hemos de contemplar su figura con un criterio menos militante. A su modo, fue un gobernante helenístico que se complació con la cultura griega, se aprovechó de la fuerza romana y gobernó a gran parte de los judíos de su tiempo. Todo un reto que superó en lo práctico, pues reinó entre el 37 y el 4 antes de Jesucristo, pero no en su imagen histórica.