EL IMPERIO DE LOS CABALLOS CIVILIZADOS, LOS HAN. Por Remedios Sala Galcerán.

09.05.2015 00:11

                En numerosas ocasiones los historiadores han contrapuesto a los ágiles nómadas montados a caballo los más morigerados sedentarios, atentos al cultivo de su terrazgo y periódicos sufridores de las acometidas de aquéllos.

                En Asia los sedentarios chinos alzaron la Gran Muralla para frenarlas, refugiándose detrás con cierto éxito durante largos períodos de tiempo.

                Semejante dicotomía, útil a veces, no explica satisfactoriamente la eclosión de uno de los grandes imperios de la Historia china, el de la dinastía Han, que con variantes gobernó del 25 al 220 de la era cristiana, coincidiendo con el apogeo del gran imperio romano en líneas generales.

                Supieron sus generales y gobernadores aprovechar la fuerza de los caballos del interior del continente asiático al someter a su esfera de influencia o a su más directo dominio a las poblaciones de nómadas de numerosas regiones. En las sepulturas de Wu-Wei se encontraron un importante número de piezas artísticas que representaban équidos.

                                    

                Sus sofisticadas ballestas de sus ejércitos lograron verdaderos prodigios. Desplazaron a los antepasados de los terribles hunos hasta el desierto del Gobi. Sometieron a tributo al llamado imperio kushana alrededor del Pamir y extendieron su influjo político a las cercanías del mar Caspio.

                Sus artesanos, en vivo contraste con los rudimentarios hacedores de otros poderes, consiguieron elaborar enormes cantidades de topes de bronce para sus ballestas. Con semejantes armas, las fuerzas de los Han también se impusieron en el golfo de Tonkín y en la península de Corea. Se prefiguraba el área de influencia de la gran China.

                Los Han, en el ápice de su poder, fijaron su atención en el lejano Oeste, donde los romanos se habían impuesto tras no escasos enfrentamientos.

                Del 25 al 220 gobierna esta dinastía en China, expansionando sus límites. Fundieron topes de bronce para elaborar grandes cantidades de ballestas. Los monopolistas oficiales se asociaron con éxito con los cabalgadores nómadas para organizar un importante servicio caravanero que fecundaría la llamada ruta de la seda.

                        

                Los refinamientos de la civilización china, como las delicadas pinturas naturalistas realizadas sobre sedas, se conocieron en otros rincones del Viejo Mundo, que en el siglo II vivió un verdadero tiempo de globalización.

                                

                El comercio entre China y Roma resultó, al parecer, deficitario para la segunda, que perdió importantes cantidades de metales preciosos, lo que no ha dejado de ser considerado a la hora de explicar la caída de su imperio.

                

                Sin embargo, los refinados lujos y el espíritu de empresa no salvaron a los Han de la decadencia, momento inexorable de todo poder. La riqueza se concentró en pocas manos y se fortaleció un grupo de terratenientes que hizo poco por el bienestar social, puesto a prueba con motivo de una serie de inundaciones y catástrofes naturales. Surgió en el agrario Norte chino el movimiento revolucionario de los turbantes amarillos, que puso en jaque al poder imperial.

                En este imperio en disolución los nómadas volvieron a hacer de las suyas y el caballo galopó libérrimamente.