EL MUNDO ANDALUSÍ. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

03.01.2024 16:31

               

                Problemas fiscales, malestar político y separación de Al-Ándalus.

                Los primeros musulmanes fueron capaces de derrotar a poderosos imperios y de conquistar numerosos países. Las fuerzas de los árabes demostraron su capacidad combativa, pero también inquietaron a los mismos califas. Como podían emprender por su cuenta incursiones, el califa Omar I (634-44) inscribió a la tribus árabes en los libros de los tesoreros, el diwan al-djund. Por sus servicios militares, esencialmente, fueron retribuidos.

                En teoría, todo el botín de los bienes inmuebles se repartía entre todos los combatientes, exceptuándose la quinta parte debida al Profeta, inicialmente, y a la comunidad islámica más tarde, concretamente a sus fundaciones religiosas. Así pues, los musulmanes pudieron quedarse con tierras, recibiendo de sus cultivadores una serie de tributos, como sucedió en la península Ibérica. La atribución a toda la comunidad de los beneficios fiscales de una tierra indivisa se hizo en el territorio arbolado alrededor de Bagdad, pero no en tierras de la Hispania del siglo VIII. Estos últimos bienes, no obstante, podían ser concedidos a un particular por el califa, lo que sería el punto de arranque de una serie de grandes dominios o dayas.

                Los conquistadores impusieron el pago de tributos a las llamadas gentes del Libro, como los cristianos y los judíos, que se han considerado fundamentales en la hacienda islámica inicial. Los varones en edad militar pagaron la djizya, estimada entre uno y cuatro dinares, unas sumas consideradas altas. La propiedad territorial fue gravada con el jaradj, a pagar en efectivo o la mitad en especies.

                Los musulmanes sólo estaban obligados a ofrecer la limosna, el zakat o sadaqa, que terminó acomodándose a la cuantía del diezmo, equivalente en tierras de Irak al montante del jaradj. Como los árabes habían logrado buenos beneficios con este sistema, más de uno decidió convertirse al Islam y entrar en la red clientelar de las tribus árabes. Los mawali fueron inscritos en los registros de tesorería desde tiempos del califa Omar II  (682-720). En consonancia, así lo hizo en el 701 el valí o gobernador de Ifriqiya con los romanos de África. El que inició la conquista de Hispania, el bereber Tarik, fue cliente del valí de Ifriqiya Musa.

                Las conversiones fortalecieron al Islam, pero también crearon sensibles problemas a los califas Omeyas, una auténtica monarquía árabe. Las recaudaciones descendieron. Se estima que los doce millones de media anual que el fisco arrancó en el Egipto de Omar I, por el jaradj, cayeron a cuatro millones bajo Harum al-Rashid (786-809). Los juristas, en consecuencia, trasladaron la condición tributaria de las personas a sus terrazgos para continuar cobrando. La administración se hizo más quisquillosa, se nutrió de personas forasteras a sus puntos de destino y exigió los pagos en oro y plata. Los campesinos tuvieron que esforzarse para comercializar sus cosechas y lograr las piezas monetarias exigidas. En el Próximo Oriente, los grandes propietarios, que ejercían la autoridad local, no dudaron en convertirse en prestamistas de los menos afortunados, imponiendo condiciones de usura.

                En la península Ibérica, donde conocemos pactos como el de Teodomiro, la acuñación de monedas de oro se interrumpió entre el 717 al 745. Mientras las del 711-17 respondían a patrones africanos e inscripciones en latín y árabe, las del 745 ya se ajustaban a patrones orientales. La distribución de bienes no había sido tampoco sencilla en el naciente Al-Ándalus. Los de carácter indiviso fueron nuevamente repartidos por el valí Al-Samh (719-21). Quizá ante el descenso de las recaudaciones y el malestar entre quienes habían pactado su sumisión, el valí Yahyá ibn Salama (725-7) obligó a árabes y bereberes a restituir bienes de paz a los cristianos.

                Los problemas fiscales y de control político eran generales en el naciente mundo islámico. En el 733 a los árabes yemeníes se les suprimió el privilegio de la soldada como tal, con la excepción de 15.000 familias. También se decidió aligerar la carga que pesaba sobre los mawali en el 738. La contestación a la autoridad de los califas Omeyas no cesó y se enconó con la ayuda de ciertas corrientes religiosas. 

                En una tierra de frontera con los países iranios a conquistar, el Jurasán, la rebelión estalló en el 733, al no recibir las tribus árabes sus retribuciones del diwan. Se estima que hasta Kufa y Basora llegaron hasta 50.000 familias árabes, destacando en la insurrección las de origen yemení. De tal movimiento se beneficiaron los abasíes, vinculados familiarmente a Muhámmad y en buenas relaciones con parte de los shiíes. Las luchas de facciones en el seno de los Omeyas también les resultaron de gran ayuda, de tal modo que en el 749 se proclamó califa Abu-l-Abbas en la gran mezquita de Kufa. Al año siguiente, los Omeyas fueron víctimas de una gran matanza en Siria.

                De tal muerte escapó Abd al-Rahmán ibn Muawiya, cuya madre era una bereber de la Cabilia. Marchó hacia tierras del oeste, donde los Omeyas todavía conservaban fuerzas fieles. En el 755 alcanzó Ceuta y entró en contacto con sus clientes de Elvira. Desembarcó en Almuñécar y pronto entró en lucha contra las fuerzas de sus oponentes, dirigidos por el valí Yusuf, que algunos han considerado un auténtico gobernador independiente de Al-Ándalus, casi un rey. Así comenzó su andadura histórica el Al-Ándalus independiente, rompiendo sus vínculos administrativos con Ifriqiya, en medio de una fuerte crisis del mundo islámico.

                Para saber más.

                Henri Bresc, Pierre Guichard y Robert Mantran, Europa y el Islam en la Edad Media, Barcelona, 2001.

                Roger Collins, La conquista árabe, 710-797. Tomo III de la Historia de España dirigida por John Lynch, Barcelona, 1991.

                La maldita sequía.

                La sequía ha golpeado a lo largo de la Historia a las comunidades humanas, como las del Mediterráneo, y las de la Hispania visigoda la afrontaron con no poca dificultad.

                En el área de Mérida, la sequía fue particularmente intensa entre el 600 y el 620, sin que sepamos si afectó a otros puntos de la Península. Con todo, el fenómeno fue más general del 634 al 641, atribuyéndose su final a la intercesión de San Audoini.

                Aunque el siglo VII fue más seco y cálido que otros precedentes, el invierno del 683-4 resultó ser particularmente crudo.

                Las inclemencias meteorológicas tenían consecuencias notables en la vida de las gentes de la época, algo que hoy en día parecemos volver a recordar. Una nueva sequía, la del 706 al 709, agravaría la situación crítica de la Hispania visigoda, lo que para algunos autores facilitaría la conquista musulmana.

                La andadura de Al-Ándalus también se iniciaría bajo su signo, como la falta de aguas que asoló sus tierras del 748 al 754. Tampoco dejó de influir sobre la vida política, agravando la rebelión de los bereberes contra las autoridades del emirato de Córdoba.

                La carencia de agua se dejó sentir entonces en la cuenca del Duero, algo que aprovecharía Alfonso I de Asturias para allegar gentes con las que fortalecer sus dominios. La sequía tenía largos tentáculos.

                Para saber más.

                Luis A. García Moreno, Historia de la España visigoda, Madrid, 1989.

                Terremotos que castigaron a Al-Ándalus.

                Los andalusíes se enfrentaron periódicamente a los efectos de los terremotos que asolaron la península Ibérica a lo largo de la Edad Media. Fue un sino con el que también bregaron las gentes que los antecedieron y las que les sucedieron.

                Distintos autores, como Al-Sala, nos brindan interesantes noticias. Se trataría de los episodios sísmicos más notables, con intensidades fuertes y con una duración que a veces se estableció en un año de descargas diferenciadas. Castillos, murallas, mezquitas y casas particulares cayeron a menudo. El temor determinó a muchos habitantes de las ciudades a escapar al campo, una reacción que se ha dado también en otros tiempos.

                Los pensadores religiosos atribuyeron los terremotos a la mano de Alá, que de esta forma avisaba con severidad o corregía a las comunidades que caían en la impiedad, otra tendencia también compartida por otras civilizaciones. Sin embargo, los historiadores nos brindan ocasionalmente elementos de carácter más racionalista para explicar los seísmos, relacionados con los vapores terrestres. La niebla se consideró a veces un aviso de aquéllos.

                En el año 881 grandes movimientos sísmicos afectaron al África del Norte y a la Península, con graves daños en las urbes.

                El área de Córdoba, tan importante políticamente, padeció terremotos en el 944 y el 955.

                El siglo XI es pródigo en noticias de terremotos. Los de los años 1024-5 quebrantaron el territorio andalusí, sin mayores precisiones; los de 1048-9 resultaron especialmente horrorosos, según las fuentes, y castigaron Vera, los Vélez, Murcia y Orihuela (área de gran riesgo sísmico); y los de 1079-80 se cebaron en el territorio de Málaga.               

                El terremoto de 1169-70 resultó notable. Las distintas descargas se alargaron durante un año. Afectó primero a Andújar, y más tarde a Córdoba, Granada y Sevilla, ciudades de primera categoría. Se sostiene que alcanzó a más territorios andalusíes y que llegó a afectar al Toledo cristiano, al parecer.          

                En 1221, el Sur peninsular fue azotado por los terremotos. La musulmana Vera encajó un fuerte episodio sísmico en 1406.

                Quizá uno de los episodios más conocidos, también por las fuentes cristianas, fue el de 1431, que asoló el corazón del sultanato de Granada, hasta tal extremo que algunos autores le han atribuido el final de la campaña castellana tras la victoria de La Higueruela. El palacio de los Alixares padeció importantes daños. Los seísmos también afectaron a Almería y se dejaron sentir en Ciudad Real y Murcia. El tributo pagado a la naturaleza se hacía verdaderamente terrible.

                 Para saber más.

                Terremotos de Julio de 1431 en Atarfe y Granada, Oficina Web UGR, Instituto Andaluz de Geofísica, Universidad de Granada, 2021.

                José Manuel Martínez Solares y Julio Mezcua, Catálogo sísmico de la Península Ibérica (880 a. c.-1900), Madrid, 2002.

                José A. Peláez, Juan C. Castillo, Mario Sánchez, José M. Martínez y Carlos López, “Fuentes medievales y posibles evidencias arqueológicas del terremoto de Andújar de 1170”, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 192, 2005, pp. 139-177.

                Los jardines botánicos al modo sirio de Abd al-Rahmán I.

                “De entre los parques de Al-Ándalus mencionaremos en primer lugar el que perteneció a los califas omeyas, a saber, el del alcázar de la Ruzafa. Refirió mi padre: entre las construcciones que llevó a cabo Abd al-Rahmán (I) ibn Muawiya a principios de su reinado, para hacer de ella lugar de esparcimiento y habitar allí buena parte de su tiempo, se encuentra la almunia de la Ruzafa, situada al noroeste de Córdoba. Allí tuvo un hermoso palacio y situó amplios jardines a los que hizo traer plantas exóticas y magníficos árboles procedentes de las regiones más diversas. En ellos plantó los huesos de frutas seleccionadas y las semillas extrañas que le habían traído Yazid y Safr, sus embajadores en Siria, hasta que crecieron, en un breve espacio de tiempo, gracias a los serios esfuerzos  cuidados adecuados, árboles tocados con el turbante de sus hojas, que dieron curiosos frutos y se diseminaron, en breve, por toda la tierra de Al-Ándalus. El monarca reconoció que estos frutos eran los mejores de su especie. Su abuelo Hisham fue quien acuñó el término de Ruzafa, aplicándolo a una zona de Siria que era su favorita. (Abd al-Rahmán I) le imitó al elegir el asentamiento de esta Ruzafa suya: se prendó de ella, la visitó con frecuencia y residió allí la mayor parte de su tiempo.”

                Fuentes.

                Ibn Said, Mugrib. Citado por Julio Samsó en los documentos de Ciencia musulmana en España, Historia 16, 1985.

                Los vikingos atacan Al-Ándalus.

                A mediados del siglo IX, el emirato de Córdoba era uno de los grandes Estados de la Europa Occidental, conmovida por la división de su viejo rival el imperio carolingio. Los sucesores de Carlomagno tuvieron que enfrentarse contra los inquietos pueblos del Norte europeo que conocemos como los vikingos, capaces de formar flexibles ejércitos de invasión.

                En el 843 los vikingos surcaron las aguas del Loira hasta Nantes y las del Garona hasta Tolosa. Sus éxitos en la Galia los condujo a tener mayores noticias de la situación de la Península, cuyas riquezas les tentaron.

                Formaron una importante fuerza expedicionaria, y el 1 de agosto del 844 tomaron tierra en Gijón, en el reino de Asturias. De los detalles de sus acciones allí contamos con escasa información.

                Alcanzaron Lisboa el 20 de agosto, un miércoles. En su estuario permaneció la flota vikinga unos trece días. Invasores y naturales combatieron hasta tres veces, y Lisboa resistió al empuje de los hombres del Norte. Su gobernador dio aviso al emir Abd al-Rahmán II de su peligrosidad.

                Sin embargo, parte de su flota llegó a tomar Cádiz, y otra remontó el Guadalquivir. El 2 de septiembre llegaron a Sevilla, que tomaron con brutalidad. La saquearon durante siete días y en la isla Menor depositaron su botín. Con los caballos de la zona, emprendieron incursiones.

                La capital del emirato se encontraba amenazada. Desde Córdoba, Abd al-Rahmán II mandó un cuerpo de caballería ligera para contener la situación, y convocó a todas sus fuerzas, procedentes de las provincias y fronteras andalusíes.

                La movilización fue coronada por el éxito. Los invasores fueron vencidos en Tablada. Se ha escrito de la muerte de unos 1.500 vikingos, el apresamiento de unos 400 y el incendio de treinta de sus naves. Los que navegaban al Norte de Sevilla consiguieron pasar por los puestos andalusíes del Guadalquivir al liberar a sus cautivos.

                Evacuaron Cádiz e intentaron infructuosamente tomar tierra en Niebla y el Algarbe. Los que quedaron incursionando fueron finalmente apresados. Más tarde abrazarían el Islam y se dedicarían a elaborar quesos. La organización del emirato había vencido a la furia del Norte escandinavo.

                Para saber más.

                Claudio Sánchez Albornoz, Orígenes de la Nación Española. El Reino de Asturias, Madrid, 1985.

                Flotas y afirmación de la autoridad de los Omeyas de Córdoba.            

                El final del imperio romano en Occidente vino acompañado de una fuerte inseguridad política y militar. Varios grupos germanos emprendieron campañas terrestres y marítimas para conseguir botín, dominios y autoridad. Jutos, anglos y sajones se lanzaron contra Britania. Los hérulos, que depondrían al emperador Rómulo Augústulo, atacarían el litoral de Hispania. Aunque la Antigüedad Tardía o la temprana Edad Media han sido vistas tradicionalmente como un tiempo de repliegue continental, el comercio mediterráneo no se interrumpió ni por asomo. Los mercaderes sirios llegaron hasta los puertos del este hispano. En otro plano, los vándalos llegaron a tener en el Mediterráneo una importante armada. A finales del siglo VII, los barcos de los visigodos frenaron un ataque musulmán.

                Cuando los musulmanes conquistaron Hispania, convirtiéndola en una wilaya o provincia de su imperio, no se encontraron unas gentes desprovistas de experiencia naval, precisamente. La autoridad de Abd al-Rahmán I, que erigió en Al-Ándalus un Estado propio o dawla, no fue acatada por todos. Pierre Guichard defendió la distinción entre los moros de procedencia norteafricana de los sarracenos de otros orígenes. Entre estos últimos se encontrarían muchos hispanos, más o menos islamizados, que emprenderían ataques contra los dominios francos y los bizantinos. Tales piratas andalusíes dominaron Alejandría entre el 814 y el 826. Más tarde, marcharon a Creta y contribuyeron a la conquista musulmana de Sicilia.

                Los emires Omeyas de Al-Ándalus fueron muy conscientes que la islamización iba pareja al asentamiento de tropas y a la imposición de su autoridad. En sus fronteras reunieron en un solo representante el poder militar con el civil. Por ello, un almirante podía tener también la categoría de gobernador. En el siglo IX, de forma pareja, impulsaron la construcción de mezquitas aljamas en todas las ciudades importantes, así como la creación de ciudades de nueva planta que sustituyeran a antiguas urbes episcopales o acogidas a pactos de entrega.

                Los ataques vikingos de aquel siglo dieron la oportunidad de reforzar otro instrumento de poder, la armada. Se establecieron bases navales en Lisboa y en Sevilla, que se dotó de atarazanas (dar al-sinaa). Sus barcos fueron aprovisionados con los instrumentos de guerra oportunos y de nafta para elaborar el terrible fuego griego. Se atrajo a marineros expertos con buenos salarios, cuando los mercenarios ganaban protagonismo en el ejército frente a las comitivas de los poderosos árabes. El emir Abd al-Rahmán II fue el gran impulsor de estas medidas, coronadas por el éxito en el 859, bajo el mandato de su hijo Muhammad I. Los vikingos encajaron una derrota en la desembocadura del Guadalquivir, años antes de ser vencidos por Alfredo el Grande en Britania. Sus fuerzas volvieron a ser frenadas contundentemente en el 971. La construcción de los buques de guerra andalusíes había tomado en consideración el modelo de las naves enemigas.

                A comienzos del siglo X, el poder de los Omeyas de Córdoba se reforzó con la conquista de Baleares (903), una empresa tan digna de su fuerza militar como la sumisión de las tierras de Elvira y Jaén, con la toma de cerca de trescientas fortificaciones y torres. Sin embargo, la aparición en el 909 del poder de los fatimíes en el África del Norte, que llegaron a proclamar un califato, complicó sobremanera la situación omeya en el Mediterráneo y en el Sur, donde según algunos historiadores se organizó una frontera menos conocida que las opuestas a los cristianos del Norte.

                Abd al-Rahmán III, que adoptó también el título califal en el 929, emprendió una política de expansión en territorio africano. No sólo buscó afirmarse frente a sus rivales, sino también el oro y las riquezas que afluían hacia sus ciudades desde el interior del continente. En el 927 sometió el territorio de Melilla, perdido en el 936. Ceuta se tomó en el 931 y en el 951 Tánger, mientras se reordenaron las bases de Almería y Tortosa.

                El ataque fatimí a Pechina del 955 hizo saltar las alarmas. Las defensas navales se reforzaron, puntos como el de Algeciras fue dotado de atarazanas, se hizo una aproximación diplomática al imperio bizantino y Tánger sería recuperado en el 972. Aunque Almería era la  base más importante, su carencia de los recursos suficientes en su territorio circundante y de tropas le hacía depender de la asistencia de Sevilla. Situada en un área fronteriza con los cristianos y con buena provisión de madera, Tortosa podía ser considerada la segunda base naval andalusí en importancia.

                Ibn Jaldún sostuvo que Abd al-Rahmán III pudo botar una flota de doscientos buques, y de trescientos su hijo Al-Hakam II, según Ibn al-Jatib. Cada una de las naves era capitaneada por un qaid. El rais orientaba su rumbo. Al almirante o qaid al-asatil correspondía el mando supremo. Un comandante destacado de la armada de los Omeyas de Córdoba fue Abd al-Rahmán ibn Rumahis. Nacido en Almería, llegó a gobernar la kura de Pechina durante las ausencias de su padre. A él correspondió la victoria en el 971 frente a los vikingos que trataban de alcanzar Sevilla por el Guadalquivir. Tomó parte en las campañas navales africanas. El suspicaz Al-Mansur ordenó su envenenamiento en el 980.

                Los recursos forestales de áreas como las de la serranía de Cuenca beneficiaron al poder naval andalusí, hasta tal punto que algunos autores han sostenido que su pérdida a manos cristianas determinaría la declinación de la hegemonía musulmana en el Mediterráneo Occidental de décadas posteriores. La armada omeya fue empleada por Al-Mansur para bloquear Barcelona en el 985.

                La política naval del califato de Córdoba contribuyó al desarrollo urbano del Sharq Al-Ándalus y en urbes como Tortosa, Denia y Almería se fortalecieron a su sombra grupos de militares y administradores de origen eslavo, que con el tiempo crearían sus propios dominios. Dialécticamente, la flota que había dado poder al califato también tuvo su parte en su disolución. Con independencia de las acciones navales de la taifa de Denia, que alcanzaron Cerdeña, el fin del califato de Córdoba hizo mucho más difícil una armada andalusí poderosa.

                Para saber más.    

                Jorge Lirola, El poder naval en la época del califato omeya, Granada, 1993.

                Comunidades mozárabes enriscadas.                  

                La conquista musulmana de la península Ibérica no puso fin al cristianismo de tiempos visigodos, el de los mozárabes. Considerados como gentes del Libro, pudieron continuar practicando su religión a cambio del pago de un tributo al poder islámico. No obstante, las relaciones no siempre fueron fáciles.

                En ocasiones, los mozárabes se acogieron a territorios abruptos como la sierra de Andújar. Allí, en puntos como la Loma de las Sepulturas o Santa Amalia, se han encontrado tumbas rupestres de forma antropomorfa, con cruces grabadas algunas.

                Eran las sepulturas de gentes ganaderas y diestras en el aprovechamiento de los bosques, que habitaban la aldea llamada Folena (literalmente “sepulturas de pobres) en 1155. Las autoridades musulmanas no se fiaban mucho de aquellos mozárabes y erigieron la fortaleza de Sandula, que vigilaba el curso del Jándula.

                Precisamente, en el 853, los aldeanos prestaron apoyo a los insurrectos toledanos, acaudillados por el mozárabe Ibn Yulius, para tomar la fortaleza, desde la que lanzaron un ataque contra el ejército del emir de Córdoba, acampado junto a la fortaleza de Andújar. Las luchas entre distintas comunidades y facciones marcaron la segunda mitad del siglo IX andalusí.

                Para saber más.

                Juan Carlos Torres, “La iglesia mozárabe en tierras de Jaén (712-1157)”, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 192, 2005, pp. 9-38.

                La Sicilia normanda, realidad paralela a la andalusí.

                Los musulmanes iniciaron en el siglo IX la conquista de Sicilia, en dura disputa con los bizantinos, y en el 966 el califa fatimí Al-Muizz ordenó a sus servidores allí edificar en cada iqlim o distrito una ciudad fortificada con su mezquita. Se obligó a su población a concentrarse y a no vivir dispersa por los campos. Se han resaltado las semejanzas con el poblamiento andalusí de núcleos rodeados de alquerías. De esta manera se reforzó el poblamiento musulmán en la isla frente a los bizantinos, llegándose a contabilizar hasta cien núcleos fortificados en el siglo XI.

                Sin embargo, el poder islámico en Sicilia se fragmentó en el 1040 en tres emiratos rivales y una verdadera república aristocrática en Palermo. De esta situación supieron obtener buen provecho los normandos, que iniciaron la conquista en el 1061. En sus luchas por imponerse en el Sur de Italia, no dudaron en utilizar tropas islámicas, como en la conquista de Salerno en el 1076.

                Entre el 1064 y el 1088, según Ibn al-Athir, muchos musulmanes abandonaron la isla hacia Al-Ándalus, Egipto y el resto del Norte de África. En la cercana isla de Djerba toda su población padeció deportación. La marcha de los musulmanes se hizo especialmente patente en el área de Mesina, pero en Agrigento los cristianos no se instalaron hasta 1189.

                Desde el 1090, los musulmanes acogidos al poder normando pudieron continuar practicando su fe y disponiendo de bienes, a cambio del pago de unos tributos, igual que los mudéjares de la península Ibérica. Bajo Roger II, coronado rey en el 1130, se llegó a organizar la administración y el fisco de Sicilia al modo del Egipto fatimí. Se contó con la colaboración de importantes musulmanes, algunos convertidos al cristianismo.

                Paralelamente, las apetencias sobre el mundo islámico de los reyes normandos de Sicilia aumentaron. Tras una serie de hambrunas y epidemias, atacaron en el 1135 el Norte de África, donde llegaron a conquistar de Trípoli a Bona. En Al-Mahdiya se estableció un templo cristiano, pero el control de muchas tierras fue encomendado a nobles árabes. La colonización cristiana no prosperó aquí como en Sicilia, y entre el 1158 y el 1160 los almohades los expulsaron del África septentrional.

                Este retroceso coincidió con el arranque del reinado de Guillermo I, en pugna con los barones por el control efectivo del poder. Como se apoyó en las comunidades musulmanas de Sicilia contra aquéllos, estallaron pogromos en ciudades como Palermo en 1161, en los que tomaron parte gentes de origen lombardo. La victoria de Guillermo I fue seguida de nuevas concesiones a los musulmanes. Este ambiente de tolerancia fue captado por el viajero andalusí Ibn Yubayr en 1184, cuando alabó a las mujeres de Palermo por adoptar modos y usos musulmanes como los coloridos velos.

                En el vecino valle de Mazara, las comunidades islámicas tuvieron gran importancia. También los mercaderes musulmanes resultaron de gran ayuda en el tráfico de oro desde el África del Norte. Con tales metales preciosos se fortalecieron las relaciones con Venecia y Génova, lo que alentó el crecimiento de Mesina y Palermo.

                Con una Sicilia bien organizada y rica, reyes normandos como Guillermo II emprendieron una política exterior ambiciosa. Se alió con el Papa y las ciudades de Lombardía contra el emperador Federico I. Atacó en el 1174 Alejandría con una fuerza de 30.000 guerreros, pero Saladino los rechazó. Entró en guerra con los bizantinos, arrancándoles Dirraquio y Tesalónica en el 1185. La marcha a Constantinopla quedó frustrada, y en el 1189 se entregaron las conquistas a Bizancio.

                El matrimonio de Constanza, la hija póstuma de Roger II, con el hijo de Federico I, Enrique VI, introdujo una nueva dinastía en el gobierno siciliano, la de los Hohenstaufen. El hijo de ambos, el polémico Federico II, sería un formidable adversario del Papado, un prudente cruzado y un hombre de gustos orientales, islámicos. Aunque en la década de 1220 acabó con los sublevados musulmanes de Mazara, tuvo fama de ser un verdadero sultán coronado. En 1245, unos 20.000 islamitas habían sido trasladados desde Sicilia a Lucera, en plena Apulia, como vanguardia del poder de Federico II y los suyos. Tal comunidad emanada de la Sicilia musulmana duró hasta comienzos del siglo XIV.   

                Para saber más.

                Alex Metcalfe, The Muslims of Medieval Italy, Edimburgo, 2009.

                Valencia frente a Alfonso VI.

                “Entretanto Alfonso aligeró su corazón y reanimó su espíritu, entonces reclutó (tropas) y acopió (provisiones), se preparó y salió dirigiéndose a sitiar Valencia y asediarla, después que hubo escrito a (los habitantes de) Génova y Pisa, que viniesen a él por mar; como consecuencia, ellos llegaron a unas cuatrocientas velas. Acrecentóse, pues, su deseo de tomarla (junto) con todas las costas de la Península, porque todos aquellos (que habitaban) en las costas le tenían miedo.

                (…)

                “Cuando Alfonso bajó contra Valencia, el Campeador se enojó y montó en cólera, entonces reclutó y reunió (tropas), porque la consideraba de su propiedad y Al-Qadir en ella su lugarteniente, puesto que no tenía fuerza ni poder para su defensa, entonces fue en ausencia de él (Alfonso) a Castilla, incendiando y devastando, y fue esa la más poderosa de las causas en la dispersión de aquella multitud de Valencia.

                “Alfonso marchó entonces a Castilla rápidamente, pero ya el Campeador se había tornado. Entretanto la flota de Génova y otras atacaron Tortosa, siendo secundados por Ibn Ramiro y el señor de Barcelona, pero Dios la mantuvo firme y los apartó de ella, y todos se marcharon fracasados de ella.

                “El Campeador volvió a Valencia y acordó con ellos un tributo por un año de cien mil meticales.”

                Fuentes.

                Ibn Al-Kardabus, Historia de Al-Andalus. Edición de Felipe Maíllo, Madrid, 1986, pp. 123-124.

                La inquieta taifa de Zaragoza.  

                Los gobernantes de los emiratos andalusíes, los llamados reyes de taifas, han merecido un juicio adverso tradicionalmente. Ya en su momento, fueron acusados de saltear los caminos por Ibn Hazm. Sus sonoros títulos se compararon con las ínfulas de un gato que se creía león. Sin la legitimidad religiosa de los califas Omeyas, representantes de Dios, fueron tachados de impíos por los ulemas, que alentaron la resistencia de sus súbditos, agobiados por los tributos y las incursiones cristianas.

                A día de hoy, la historiografía se muestra más comprensiva con las taifas, valorándose las realizaciones de algunas como la de Zaragoza.

                Bajo el Califato, el valle del Ebro fue encomendado al linaje árabe de los Tuyibíes, custodios de la Marca Superior. En los días que siguieron a la muerte de Al-Mansur, consiguieron sumar a su causa a castellanos y catalanes contra Sancho III de Pamplona en el 1018. Sin embargo, las disensiones internas del linaje resultaron funestas. El dominio de Almería de una de sus ramas no evitó que perdieran en 1038 el poder en Zaragoza a manos de Sulayman ibn Hud, de otro encumbrado linaje árabe.

                Sulayman intentó frenar las disputas dentro de su casa distribuyendo entre sus hijos los gobiernos de distritos como el de Calatayud, Huesca, Tudela y Lérida, un esfuerzo que no evitó que el emirato se dividiera entre Zaragoza y Lérida.

                Al-Muqtadir rigió Zaragoza. Consiguió el dominio de Tortosa en 1060 y en 1076 de Denia. Justa fama ha conseguido su brillante palacio de la Aljafería. Supo mantenerse frente a las presiones cruzadas de Castilla, Pamplona, Aragón, Urgel y Barcelona. Contó con los servicios del renombrado Cid y consiguió recuperar la conquistada Barbastro en el 1065. No todo fueron debilidades andalusíes.

                Para saber más.

                Eduardo Manzano, Épocas medievales, vol. 2 de la Historia de España dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares, Barcelona, 2010.

                Los cordobeses plantan cara a los almorávides.

                “En el 513 (1119-1120) o en el 514, según otros narradores, estalló en Córdoba una grave revuelta entre las fuerzas africanas del emir Alí ben Yusuf y los naturales de la ciudad. Estaba al frente del gobierno de la capital Abu Bakr Yahya ben Dawud. Llegado que fue el día de la Fiesta de los Sacrificios, el público salió de sus viviendas a los lugares de esparcimiento y recreación. Sucedió que un esclavo de la guardia del gobernador Abu Bakr echó mano a una mujer, y ésta comenzó a chillar, llamando en su auxilio a los de su país. Los cordobeses acudieron a socorrer a aquella mujer, y con este motivo sobrevino entre aquéllos y los esclavos de la guarnición africana un choque sangriento, que continuó todo el resto de aquel día, hasta que la noche vino a separar a los dos bandos. Los doctores de la ley y personas notables de la ciudad se reunieron con Abu Bakr, el gobernador, y le dijeron que lo justo y conveniente era que condenase a muerte a uno de los soldados de la guardia que habían producido aquella revuelta interior. El gobernador, lejos de aceptar el consejo de los doctores, aun se enfureció por ello y, al amanecer del día siguiente, celebró una demostración pública de sus armas y tropas, en actitud agresiva para los naturales del país. En vista de todo esto, los doctores, los hombres notables y mozos de la ciudad corrieron a sus caballos y armas y atacaron al gobernador y a su gente, poniéndoles en fuga y obligándoles a hacerse fuertes en el alcázar. Los cordobeses, sin embargo, rodearon dicho alcázar y lo escalaron. El gobernador logró escapar de la ciudad, después de vencer grandes dificultades. Los cordobeses saquearon el alcázar, incendiaron todos los aduares habitados por los almorávides, arrebatándoles sus bienes, y les expulsaron de la capital en la forma más humillante.

                “La noticia de los sucesos desarrollados en Córdoba llenó de inquietud y sobresalto al emir Alí ben Yusuf. Reunió fuertes contingentes de tropas de los Sinhacha, zenetas, berberiscos y otros, y se presentó con ellas delante de Córdoba, en el año 515 (1121-2). Los cordobeses le combatieron con el ardimiento propio del que lucha por defender su vida, su hacienda y su harén, hasta que viendo el emir la violencia encarnizada de la lucha, entabló negociaciones de paz que llegaron a tener buen éxito. La paz quedó restablecida, sometiéndose los cordobeses a indemnizar a los almorávides por los bienes que a éstos habían arrebatado. Hechos firmes los capítulos de la paz bajo la condición expresada, cesaron las hostilidades.”

                Fuentes.

                Al-Nuwayri, Nihayat al-Arab, citado por Claudio Sánchez Albornoz en La España musulmana según los autores islamitas y cristianos medievales, Madrid, 1973, Tomo II, pp. 224-225.

                Una victoria frente al rey de Aragón.

                “En 529 (21 de octubre de 1134) fue sitiada Fraga en el Este de Al-Ándalus por Ben Rudmir (Alfonso el Batallador de Aragón). El emir Taxufin ben Alí ben Yusuf, que residía en Córdoba y gobernaba la Península en nombre de su padre, envió a Fraga una hueste de dos mil caballeros, mandados por Zubayr ben Amr el Lamtuni y bien provistos de víveres. Yahya ben Ganiya, el bien conocido (capitán) que administraba Valencia y Murcia, en el Este de Al-Ándalus en nombre del Príncipe de los Creyentes, Alí ben Yusuf, armó quinientos caballeros. Y por su parte Abd Allah ben Iyad, que gobernaba Lérida, equipó doscientos. Cada uno de tales grupos llevó consigo víveres y después de reunirse, llegaron pronto a la vista de Fraga. Zubayr iba en la retaguardia tras el convoy de víveres y delante marchaba ben Ganiya, a quien seguía ben Iyad, cuya bravura, como la de sus hombres, era bien notoria.

                “Ben Rudmir, que se hallaba al frente de doce mil caballeros, no sintió sino desprecio al ver llegar la hueste musulmana y dijo a los suyos: “¡Id a recibir el regalo que nos traen esos infieles!” No obedeciendo sino a su orgullo, se limitó a enviar contra ellos un fuerte destacamento que, cuando estuvo distanciado del ejército, fue atacado por ben Iyad y vio rotas sus líneas y fuertemente revueltas sus fuerzas. Empezó enseguida la batalla. Ben Rumir avanzó en persona con todas sus tropas, confiado plenamente en su número y en su bravura. Mas entonces ben Ganiya cargó a su vez mientras resistía ben Iyad y una lucha encarnizada costó la vida a muchos cristianos. En tal momento hicieron una salida en masa los habitantes de Fraga: hombres y mujeres, viejos y niños, y se arrojaron sobre el campamento cristiano. Los hombres mataron a cuantos hallaron en él y las mujeres se ocuparon de saquearle, y consiguieron llevar a la ciudad los víveres, aprovisionamientos y armas de que se apoderaron. Entre tanto Zubayr se lanzó a su vez a la batalla con sus tropas. Ben Rudmir hubo de huir después de haber perdido la mayor parte de sus soldados y se acogió a Zaragoza, y veinte días después murió de pena y de vergüenza de su derrota.”

                Fuentes.

                Ibn al-Athir, Kamil fi-l-Tarij, citado por Claudio Sánchez Albornoz en La España musulmana según los autores islamitas y cristianos medievales, Madrid, 1973, Tomo II, pp. 236-237.

                Los comienzos del poder almohade.    

                En el siglo XI, Los guerreros almorávides se toparon en su marcha hacia el norte desde el sur sahariano con la oposición de las tribus zanatas y de las gentes del Sus, área enclavada en el Atlas. Ibn al-Athir, que vivió entre los siglos XII y XIII, sostuvo que una de las razones más importantes para fundar Marrakech en el 1062 fue el deseo almorávide de contener a los masmuda de las cercanas montañas. Zanatas y masmudas, poblaciones sedentarias de los montes, se vieron sometidos al dominio de gentes todavía nómadas del desierto, como los almorávides. A disgusto bajo su mando, aprovecharon cualquier ocasión para alzarse en armas. 

                Quien la proporcionó fue un hombre del alto Atlas, el masmuda Ibn Tumart, el iniciador de la rebelión contra unos almorávides tachados de impíos. Venerado por sus seguidores, la biografía que ha llegado a nosotros tiene no poco de legendario, elaborándose treinta años después de su muerte en 1130.

                Algunos investigadores han considerado femenino el nombre de Tumart, lo que indicaría que procedía de una comunidad donde la herencia se transmitía a través del hermano de la madre, de islamización relativamente reciente.

                Estudiosos como Dominique Urvoy han apuntado que en Al-Ándalus estudió con Abu Abd Allah ibn Hamdin, Al-Mazari y Al-Turtusi, críticos con el pensamiento de Al-Ghazali, que intentó compatibilizar la ciencia religiosa con la filosofía y el misticismo sufí. Su obra no fue bien vista por los almorávides ni por los alfaquíes, quizá porque al enfatizar los aspectos individuales del sufismo ponía en duda su autoridad pública. A Ibn Tumart, no obstante, se le ha convertido a veces en un seguidor de Al-Ghazali, aunque discrepó de él en varios puntos. Se ha sostenido que a raíz de su peregrinación a La Meca lo conoció en tierras orientales.

                A su regreso al Occidente musulmán, Ibn Tumart emprendió una vida ascética y errante. Vivió sinsabores en ciudades como Bugía, de donde fue expulsado. Encontró entonces refugio entre los Banu Sulaym del Atlas. Según Ibn al-Athir, trabó en este momento amistad con el notable local Abd al-Mumin. Le confió que en los últimos tiempos el Islam encontraría su protector en un descendiente de Qays: el mismo Abd al-Mumin. Tales ideas sobre el final de los tiempos, paralelas al milenarismo de la Europa cristiana, habían sido usualmente bien acogidas entre los shiíes y ahora se difundían en medios sunníes.

                Así pues, Ibn Tumart predicó en Marrakech contra lo que consideraba vicios de los almorávides, como que sus mujeres no fueran veladas. Las costumbres derivadas de los nómadas del desierto no eran del agrado de los más rigoristas. En vista de ello, Ibn Tumart fue conducido a presencia del emir y sometido a un debate con los fuqaha, los entendidos en la fe islámica. Al parecer salió airoso del lance por una discrepancia entre los alfaquíes presentes y sólo fue desterrado.

                Su pensamiento pronto sobrepasó la crítica moral del régimen almorávide. Frente a la literalidad y el antropomorfismo malikíes, Ibn Tumart defendió una interpretación alegórica del Corán, que valoraba lo más oculto y ensalzaba la unicidad absoluta de Allah, el tawhid. De aquí derivaría el nombre del movimiento de los unitarios o muwahhidun, los almohades.

                Encontró refugio entre los harga del Sus, donde fue proclamado Mahdi o el guía que restauraría la pureza del Islam antes del fin del mundo. Ibn Tumart alegó ser descendiente de Alí a través de Hassan para legitimar su pretensión. Después, puso su mirada en la población de Tinmel. Sus disidentes fueron acallados por la espada y su contingente de guerreros cristianos al servicio de los almorávides expulsado. La ciudad se convirtió en el centro espiritual de los nacientes almohades, que fortificaron el recinto urbano con una nueva muralla y un castillo enriscado. En Al-Ándalus, más tarde, impulsaron la fortificación de numerosos puntos.

                Tras un fallido intento de conquistar Marrakech, la capital almorávide, Abd al-Mumin sustituyó al frente del movimiento al fallecido Ibn Tumart. La sucesión no sería sencilla, al no realizarse de forma familiar de padre a hijo, sino carismática, algo que más tarde tendría una gran importancia en el desmembramiento del régimen almohade. Tomada Fez, entraron allí en el 1147. Sus conquistas se orientaron hacia el Magreb central e Ifriqiya, dejando a un lado las áreas desérticas, aunque las caravanas a través del Sáhara continuaron afluyendo.

                Paralelamente, en Al-Ándalus estallaron también movimientos de rebeldía contra unos almorávides en horas bajas, que combinaron el descontento social con la crítica religiosa. El misticismo de Ibn al-Arif (1088-1141) influyó en Ibn Barrayan de Sevilla y en Ibn Qasi. Mientras el primero fue ejecutado por el poder, Ibn Qasi creó en Silves una rábida (establecimiento religioso donde se practicaba el yihad) contra los almorávides. En el 1144 se hizo con el domino de Mértola y declaró su independencia de los almorávides en el Algarve. Sus seguidores de Almería llegaron a proclamarlo Mahdi en el 1146.

                Sin embargo, Ibn Qasi llamó en su ayuda a los almohades, cuyos primeros contingentes cruzaron el estrecho de Gibraltar aquel mismo año. Irrumpieron en un Al-Ándalus donde había prendido el descontento religioso y político contra los almorávides. Por mucho que las fuerzas hispano-cristianas ya realizaran importantes incursiones y conquistas, los andalusíes no se lo pusieron fácil a los almohades. Sintomáticamente, el geógrafo Al-Idrisi escribió a mediados del siglo XII que el Estrecho fue construido por orden de Alejandro el Grande para contener las invasiones de las gentes del Sus a la Península.

                Un movimiento religioso logra captar las simpatías de gentes descontentas con el poder, algo muy habitual en la Historia. Si seguimos a Ibn Jaldún, daba comienzo un nuevo imperio a impulsos de guerreros vinculados entre sí por los lazos de la asabiyyah o solidaridad tribal, capaces de arrebatar el poder a otros ya ablandados por el goce de las mieles del éxito tras varias generaciones. Discrepancia religiosa y descontento social se dieron la mano para cambiar la situación política.

                Para saber más.

                Ambrosio Huici Miranda, Historia política del Imperio Almohade, 2 vols., Granada, 2000.

                Dominique Urvoy, Averroes. Las ambiciones de un intelectual musulmán, Madrid, 1998.

                El intrépido Rey Lobo.

                El imperio almorávide dominaba con dificultad Al-Ándalus a mediados del siglo XII, pues a la hostilidad de los reinos cristianos del Norte peninsular se unía el descontento de no pocos de sus habitantes.

                Las rivalidades entre grupos de clanes desgarraban ciudades como Murcia. En septiembre de 1145 los Banu Tahir consiguieron hacerse con su gobierno, pero al mes siguiente las fuerzas del emir de Zaragoza Ibn Hud (el Zafadola de las crónicas cristianas) la tomaron. A su frente marchaba Ibn Yyad, secundado por Ibn Mardanísh, el hombre que llegaría a acumular un gran poder en el territorio.

                Muhammad ibn Sad ibn Mardanísh, al que se conocería en la Historia como el Rey Lobo, fue elogiado por Rodrigo Jiménez de Rada como un tipo prudente, generoso y valiente, y denostado como ambicioso y cruel por Ibn al-Khatib. Se ha apuntado su ascendencia hispano-cristiana, interpretándose el sobrenombre Lobo como Lope, pues perteneció a un linaje de saqaliba (gentes de ascendencia eslava) de Peñíscola.

                Al-Ándalus volvía a fragmentarse, con unos almorávides en sus últimas horas y unos aspirantes a sustituirlos, los almohades, que en 1147 conquistaron Cádiz y Sevilla. En agosto de aquel mismo año, fallecido Ibn Hud de Zaragoza, Ibn Mardanísh asumía el poder en Tudmir y Valencia, libre por el momento de amenazas, aprovechando a conciencia sus lazos familiares y políticos. Tomaría el título de emir bajo la teórica obediencia del califa de Bagdad.

                El astuto Ibn Mardanísh se protegió contra los ataques hispano-cristianos pagando tributos, las parias, mientras extendía su radio de influencia en Al-Ándalus. Se resignó a la toma de Tortosa por el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y de Almería por Alfonso VII.

                Con la valiosa ayuda de su suegro Ibn Hamusk, que regiría el territorio de la sierra de Segura y Cazorla, luchó contra los almohades. Avanzó hacia Baza y Guadix, y después en dirección a Úbeda, Baeza y Jaén.

                Se ha atribuido a estas campañas que Ibn Mardanísh desatendiera su frontera con los cristianos, ya que en el verano de 1156 el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV incursionó hasta Lorca. En 1157 le pagó 408 kilos de oro como tributo.

                No obstante, sus esfuerzos prosiguieron en dirección al valle del Guadalquivir. En 1157 cedió Uclés a Alfonso VII, una vez caída Almería en manos almohades, a cambio de Alicum, próxima a Baza. Sus fuerzas se aliaron con las de Castilla para atacar Córdoba entre el 1158 y el 1160, arrasando su campiña. A pesar de todo, la ciudad no cedió a sus atacantes.

                Écija y Carmona, sin embargo, sí cayeron en sus manos en el 1160, aunque resistió su asedio Sevilla, gobernada por el Sayyid Yusuf, el hijo del califa almohade. Durante unos meses, los cristianos y los judíos del lugar le ayudaron a dominar Granada, excepto su alcazaba. En julio de 1162, los almohades lo desalojaron de allí.

                Por aquel tiempo, llegó a acuerdos mercantiles con los genoveses, a los que se les permitió establecer funduqs o depósitos comerciales en Valencia y Denia. Ibn Mardanísh contó con fuerzas mercenarias cristianas, como las del conde de Urgel y las de Álvar Fáñez. En el castillo de Cieza dispuso una guarnición cristiana.

                Yusuf I, el anterior gobernador de Sevilla, logró ascender al califato tras vencer no poca oposición, y se aprestó a atacar a Ibn Mardanísh. En el 1165 dirigió una poderosa expedición militar, que irrumpió por Baza y Caravaca. Asedió la ciudad de Murcia y saqueó su huerta, pero no logró rendirla.

                En 1167 conseguiría que Alfonso VIII de Castilla ordenara a don Pedro Ruiz de Azagra, futuro señor de Albarracín, que le sirviera militarmente. La presión almohade le forzó en 1168 a comprometerse a pagar anualmente al rey de Aragón 102 kilos de oro, muy oportunos para las empresas occitanas.

No obstante, los aragoneses se aventuraron por las cuencas del Guadalope, el Matarraña y el Algars. Por ello, cedió en 1169 Vilches y Alcaraz a los castellanos, buscando su protección frente a aquéllos.

                La fuerza de Ibn Mardanísh se encontraba en declive. Su suegro Ibn Hamusk abandonó su causa en el mismo 1169, según algunos por el maltrato que padecía su hija a manos de aquél. Se sometió a los almohades y unió sus fuerzas contra su antiguo aliado.

                Con la firma del tratado de Sahagún (1170), Alfonso VIII se comprometió a que su aliado Ibn Mardanísh pagara al rey de Aragón durante cinco años, a contar desde 1171, 163 kilos de oro anuales.

                La presión fiscal se hizo agobiante. Ibn al-Khatib recordaría los excesos de sus recaudadores y el excesivo número de tributos, sobre las personas, los bienes inmobiliarios, el comercio de alimentos y pieles, el ganado, la trashumancia, las fiestas y las bodas. A los habitantes de las montañas más pobres se les impusieron jornadas de trabajo obligatorias, la sukhra.

                Bajo su régimen también se construyeron importantes palacios, como los de Dar al-Sugra en Murcia, el de Pinohermoso en Játiva o el del Castillejo de Monteagudo, siguiendo pautas orientales. También se obraría en el alcázar murciano.

                El poder almohade ganaba fuerza en Al-Ándalus. Ni los contingentes cristianos ni las tácticas guerrilleras los detuvieron. En 1171 recibieron la obediencia de Lorca, Elche, Alcira y Valencia. Ibn Mardanísh se acogió a la ciudad de Murcia, donde falleció en 1172. Su hijo Hilal la rindió a los almohades a cambio de proseguir como gobernador, según los consejos de su sagaz padre, toda una figura de aquel batallador siglo XII.

                Bibliografía.

                Pierre Guichard, Al-Ándalus frente a la conquista cristiana. Los musulmanes de Valencia (siglos XI-XIII), Valencia, 2001.

                Miguel Rodríguez Llopis, Historia General de Murcia, Córdoba, 2008.

                Saladino se disputa Ifriqiya con los almohades.

                La hegemonía en el Mediterráneo estuvo en discusión durante la segunda mitad del siglo XII, no sólo entre cristianos y musulmanes, sino también entre los propios poderes islámicos. En el Oeste, los almohades forjaron un nuevo imperio musulmán, y Salah al-Din o Saladino se erigió en el gran campeón del Islam en el Este. Mientras los almohades reforzaban su poderío en el Magreb occidental y se hacían con el dominio de Al-Ándalus, Saladino se hizo con el poder en Egipto en el 1169. En el 1172 sustituyó al declinante califa fatimí y dominó entre 1174 y 1186 las ciudades de Damasco, Alepo y Mosul.

                Los andalusíes tuvieron noticias de lo acontecido en el Próximo Oriente por sus contactos comerciales, religiosos y humanos. El inquieto Ibn Yubayr, que emprendió desde Granada en 1183 su viaje a los lugares santos del Islam y al Este, elogió a Saladino por su preocupación y cuidado de las mezquitas y de los puentes, como el que enlazaba el desierto con Alejandría, considerada tagr o frontera a proteger militarmente. También alabó su derogación de los derechos de aduana que gravaban a los peregrinos y la abolición de los impuestos comerciales en Egipto, que no se ajustaban a las prescripciones coránicas. En aquella época, los impuestos no coránicos habían levantado una gran polvareda política en Al-Ándalus.

                Sin embargo, Saladino y los almohades no mantuvieron relaciones amistosas, pues se disputaron Ifriqiya, cuyo núcleo lo conformaban las actuales tierras tunecinas. Hasta allí llegaban las rutas comerciales que partían del interior del África Occidental, dispensadoras de oro y esclavos. Los beneficios que proporcionaban eran notables, algo que no pasó en absoluto desapercibido a los poderes cristianos. En 1148, coincidiendo con una verdadera ofensiva contra Al-Ándalus, Roger II de Sicilia conquistó la plaza de Al-Mahdiya. Los almohades se la arrebataron en el 1160, pero Saladino no se resignó a ser desplazado. En las décadas de 1170 y de 1180 envió a sus fuerzas a conquistar Ifriqiya.

                La hostilidad entre Saladino y los almohades no alteró la buena opinión que Ibn Yubayr tenía de aquél, pero no dejó de denunciar los vejámenes a los que eran sometidos los peregrinos en el Alto Egipto a sus espaldas. En vista de ello, peligraba todo viaje a los santos lugares:

                “Así pues, quien de entre los alfaquíes andalusíes cree en la omisión de este precepto religioso, su doctrina es legítima, por estos motivos y por lo que se hace con los peregrinos, fuera de lo que Dios, poderoso y grande, tiene por bueno. El viajero en este camino se mete en peligros y se engolfa en riesgos tales, que Dios ha permitido la dispensa de ello por otros motivos menos graves que éstos.”

                Por ello, la imposición de la autoridad almohade en el mismo Egipto sería deseable en su opinión, que reforzaba con supuestas señales proféticas:

                “Para las gentes del Misr (el Alto Egipto) hay en la construcción de este puente (el que unía Alejandría con el desierto) una cierta advertencia de ciertos sucesos; creen que su acaecimiento predice la dominación de los almohades sobre Egipto y sobre los países orientales.”

                Según él, también se esperaba la anunciadora caída de la torre con una estatua que miraba hacia el Oeste, entre la mezquita aljama de Ibn Tulun y El Cairo. Alguno ya tenía incluso preparado más de una jutba o sermón del viernes en honor del almohade príncipe de los Creyentes.

                En verdad, los almohades ya tuvieron suficiente con mantener sus pretensiones en Ifriqiya. Saladino destacó fuerzas como las de Shuja al-Din ibn Shakl, entre las que se contaban hasta cuatrocientos caballeros kurdos y turcos. Recibió por ello una concesión o iqtá de unas 120 alquerías al Este de la región de Tripolitania. A la lucha contra los almohades, además, se unieron los Banu Ganiya de las Baleares, último bastión de los almorávides, que en el 1185 tomaron Bugía y gozaron de la ayuda de las tribus de los Banu Sulaym.

                Los almohades, que ya habían reordenado administrativa y militarmente Al-Ándalus tras la toma de Cuenca por Alfonso VIII (1177), sólo mantenían en la región las plazas de Túnez y Al-Mahdiya. Su califa Abu Yaqub Al-Mansur salió de Fez en 1186 al frente de un ejército con unos 20.000 jinetes. Al año siguiente, encajó una derrota cerca de Gafsa, pero a los pocos meses venció en las proximidades de Gabes a sus enemigos.

                Se ha estimado que por aquel tiempo Saladino contó en sus ejércitos con unos 12.000 jinetes, de mayoría turca y mando generalmente kurdo. Ciudades como Mosul le dispensaron contingentes de unos 6.000 hombres. Su talón de Aquiles fue no poder mantener en campaña durante mucho tiempo a sus fuerzas, ya que se sufragaron fundamentalmente por medio de concesiones de bienes, como la apuntada anteriormente. El beneficiario de la iqtá debía estar presente en las tierras asignadas durante la época de la cosecha para percibir sus beneficios. Al ser Saladino partidario de la abolición de los impuestos no ortodoxos, tuvo que recurrir a complejos sistemas de reemplazo, a la devaluación monetaria e incluso a los préstamos.

                Los almohades emprendieron una importante reorganización de su imperio: consideraron gran parte de sus dominios como tierras nuevamente sometidas a la pureza del Islam, conquistadas, y generalizaron en sus territorios norteafricanos el registro catastral de sus terrazgos, el impuesto del jaradj sobre los bienes inmuebles y las aqtá, formas ya muy asentadas en Al-Ándalus. A pesar de sus pretensiones religiosas, tampoco abolieron los impuestos tachados de ilegales. Con tales medios estuvieron en condiciones de poner en campaña hasta 20.000 hombres con gentes de las cabilas afines, fuerzas asoldadas, esclavos del majzén y voluntarios de la fe. De la fuerza de su flota se hizo eco Ibn Jaldún posteriormente.

                De la partida por Ifriqiya fue retirándose Saladino ante el giro de los acontecimientos en el Próximo Oriente. Entre el 20 de septiembre y el 2 de octubre de 1187 asedió y conquistó Jerusalén a los cruzados, tras batirlos en Hattin. La reacción de la Europa cristiana no se hizo esperar: en 1189 los cruzados atacaron San Juan de Acre, que cayó en sus manos en 1191.

                En cambio, los Banu Ganiya prosiguieron las hostilidades en Ifriqiya. Suscribieron pactos con Pisa en 1185 y en 1188 con Génova para guardarse las espaldas. A la altura de 1200, dominaban casi toda la región, excepto Túnez y Constantina. Los almohades enviaron desde Denia en 1202 una flota contra Ibiza, y al año siguiente conquistaron Mallorca. Entre 1205 y 1206 conquistaron Túnez y Al-Mahdiya, dejando a cargo del territorio al masmuda Ibn Hafs, que se convertiría en el iniciador de una nueva dinastía a raíz de la crisis y disolución del régimen almohade.

                Una consecuencia de todos estos enfrentamientos sería la llegada al Occidente musulmán de gentes llamadas a tener un gran protagonismo en la Historia islámica, los turcos. Tras la victoria almohade, fueron asentados en Marrakech en calidad de cuerpo militar, que gozaba del privilegio de una paga mensual. Combatieron en la batalla de las Navas de Tolosa (1212) y el almojarife de la Menorca del siglo XIII asoldó a caballeros turcos, cuando los poderes cristianos habían avanzado notablemente en el Mediterráneo Occidental.

                Para saber más.

                Amar Baadj, “Saladin and the Ayyubid Campaings in the Maghrib”, Al-Qantara, XXXIV, 2, 2013, pp. 267-295.

                Yassir Benhima, “Note sur l´évolution de l´iqta au Maroc médiéval”, Al-Andalus Magreb. Estudios árabes e islámicos, 16, 2009, pp. 27-44.

                Hans Eberhard, Historia de las cruzadas, Madrid, 2001.

              Al-Ándalus urbano.

                Al-Ándalus fue una tierra de ciudades, tanto por su importancia en la organización territorial como por sus magnitudes, si atendemos a la superficie comprendida dentro del perímetro de sus murallas, a razón de 348 habitantes por hectárea. Las urbes más destacadas encabezaron territorios con otros núcleos de población dependientes, como las alquerías.

                A finales del Califato, se ha postulado una población para Córdoba de unos 100.000 habitantes, incluso de más de 300.000 habitantes según algunos autores, una extraordinaria concentración humana que sería digna de la Constantinopla de la Plena Edad Media, que  alcanzaría las 375.000 personas, o de la Bagdad de los 400.000 habitantes. De la importancia de la población de la Córdoba califal da idea que la ciudad sólo alcanzara los 40.000 habitantes en el siglo XVI. La sede califal atraería a muchas gentes en busca de fortuna.

                Muchas ciudades andalusíes, más allá de Córdoba, ganaron en importancia por razones económicas y político-militares en el siglo X. Sin embargo, la caída del Califato y el surgimiento de las taifas resultaron de singular valor para las dimensiones de la población de la misma Córdoba y de otras urbes que ganaron relevancia.

                En la frontera con los combativos hispano-cristianos, Toledo crecería de los 28.000 del siglo X a los 37.000 del XI, dimensiones superiores a las de los 30.000 habitantes de la Jerusalén de antes de la tercera cruzada. Entre los siglos XII y XIII, ya bajo el dominio cristiano, su población se situaría en unos 25.000 habitantes. Su caída en manos de Alfonso VI en el 1085 fue un duro golpe para otros núcleos andalusíes de menores dimensiones en la submeseta Sur.

                La también fronteriza Zaragoza, capital de una poderosa y ambiciosa taifa, pasaría  de los 12.000 del siglo X  a los 17.000 habitantes del año 1118, el de la conquista cristiana. Se tratan de cifras apreciables, pues a inicios del siglo XV la población de la capital del reino de Aragón sería de unas 20.000 personas. Otra sede de taifas en la frontera superior, Lérida llegó a tener más de 10.000 habitantes en el siglo XI, número muy superior a los 3.000 de fines del XV.

                Las ciudades del Garb Al-Ándalus (el oeste peninsular), también atacadas por los hispano-cristianos, no dejaron de crecer en la Plena Edad Media. Lisboa, en vísperas de la conquista de 1147, contaría con unos 21.000 habitantes, inferiores a los 35.000 de la primera mitad del siglo XIV. Capital de una taifa, dominadora de Lisboa, la disputada Badajoz albergaría en el XII a unas 26.000 personas, un cifra claramente superior a los  más de 7.500 habitantes de 1530.

                El crecimiento urbano fue muy destacado en el Sharq Al-Ándalus (el este), con el florecimiento de muchas ciudades, de las que destacamos las de rango político-militar más sobresaliente. Antes de la conquista de 1148, Tortosa tendría unos 13.000 habitantes, número superior a los más de 7.000 de finales del siglo XIV. Valencia crecería de los 11.000 del X a los 15.000 del XII. En tiempos de la conquista de Jaime I su población habría aumentado a más de 25.000 personas, todavía lejos de los 40.000 habitantes de principios del XV, en pleno despegue de la urbe. Murcia albergaría 13.000 habitantes en el siglo XI  y alcanzaría los 24.000 entre los siglos XII y XIII, en plena época almohade, superando a los 12.000 de 1584. Almería tendría más de 28.000 habitantes en el siglo XII, un número de personas que no sería sobrepasado durante el periodo nazarí ni a fines del siglo XVI, cuando la ciudad albergaría a 4.600 habitantes. Asimismo, la ciudad de Mallorca alcanzaría los 25.000 habitantes en el siglo XII, más que los 13.500 de fines del XV.

                Durante la Plena Edad Media, con el establecimiento de los regímenes almorávide y almohade, la gran urbe andalusí fue la de Sevilla. Pasaría de los 52.000 habitantes del siglo X a los 95.000 en el XII. Para hacernos una idea de la importancia de tal población baste decir que la ciudad albergaría 55.000 personas en 1533 y en 1571 unas 100.000 al compás de la expansión comercial en Indias. No en vano, Sevilla se convertiría en una de las capitales del imperio almohade y superaría a la mayor ciudad de la cristiandad latina coetánea, París, que alcanzaría los 80.000 habitantes en el XIII.

                Dentro del área de influencia de Sevilla, encontramos otras urbes destacadas. Écija llegaría a los 18.000 habitantes en el XII, muy próximos a los cerca de 20.000 del siglo XVI. Jerez de la Frontera alcanzaría en el XII los 16.000 habitantes, inferiores a los 20.700 de mediados del siglo XVI. Las dimensiones de ambas en el siglo XII eran parejas a las de Burgos en el siglo XI, habitado por unas 18.000 personas, bastante más que los 1.500 habitantes del León coetáneo.

                Otra ciudad que floreció bajo los almohades fue Jaén, que llegaría a contar con más de 23.500 habitantes, una población muy similar a las de los 25.000 de fines del siglo XVI.

                Las grandes conquistas hispano-cristianas del siglo XIII redujeron Al-Ándalus al emirato nazarí de Granada, encastillado en una orografía intrincada. Hasta allí acudieron muchos andalusíes, que no pasaron al África del Norte y que no quisieron convertirse en mudéjares. Junto a la citada Almería, que Jaime II intentó conquistar en 1309, Málaga pasaría de los 10.000 del siglo X a los 20.000 del XII. La última cifra de población se trataría quizá de un máximo, pues en vísperas de la conquista de los Reyes Católicos albergaría unos 15.000 habitantes, de todos modos más que los 10.600 de finales del siglo XVI.

                Con todo, la ciudad nazarí más poblada fue la misma Granada. De los 20.000 del siglo X pasó a los 26.000 del XI. Los 60.000 habitantes de fines del XIII se convertirían en cerca de 150.000 en el siglo XIV y en más de 200.000 antes de su dificultosa conquista en 1492. Era una cifra claramente superior a los 62.500 de su ciudad y partido a finales del XVI. Las dimensiones de la Granada nazarí fueron dignas de las principales ciudades de Italia antes de la peste de 1348, cuando Génova estuvo habitada por 47.500 personas, Milán por 100.000, Venecia por 110.000, Florencia por 80.000, Nápoles por 40.000 y Palermo por 50.000. No cabe la menor duda que las ciudades andalusíes concentraron bastantes vidas y energías.

                Para saber más.

                Leopoldo Torres Balbás, Ciudades hispanomusulmanas, dos volúmenes, Madrid, 1985.

                Los andalusíes y el enojoso fisco.

                Ningún Estado ha sido capaz de sobrevivir en la Historia sin el cobro de impuestos, por muy onerosos que resultaran a las gentes. Su exigencia, coincidiendo con tiempos de vacas magras, provocó rebeliones y cambios políticos. Durante demasiados siglos, sirvieron para mantener el fasto de las autoridades y la fuerza de los ejércitos, pero no para mejorar la vida de las personas del común. Los sufridos contribuyentes de entonces no conocieron nada similar al Estado del Bienestar. Sin embargo, hubo intentos de implantar un régimen fiscal justo. Los poderes musulmanes de los primeros tiempos del Islam así lo pretendieron, aunque muy pronto las realidades del poder lo quebrantaron.

                En teoría, los musulmanes solamente debían satisfacer el diezmo de sus ingresos, y los cristianos y judíos (las gentes del Libro) impuestos sobre sus personas y sus riquezas en concepto de protección. Con ello se trataba de forzar su conversión al Islam.

              A veces, se ha presentado la conquista islámica de la península Ibérica como una verdadera liberación de los campesinos más humildes de las condiciones onerosas visigodas. Lo cierto es que los conquistadores nunca tuvieron en mente nada parecido a una revolución social, y concertaron acuerdos con algunas aristocracias locales. En el tratado de Teodomiro (713) se acordó la imposición de un montante individual genérico: una moneda de oro, cuatro medidas de trigo, cuatro de cebada, cuatro de vinagre, dos de miel y una de aceite por persona libre, pagando la mitad los siervos. En la fiscalidad de finales del imperio romano, heredada por los visigodos, se diferenciaba entre capitatio y iugum, y la musulmana la conservó aquí asociándola a una población sometida. No sabemos si los tributos impuestos a los judíos por los últimos reyes visigodos sirvieron de precedente. Se pueden comparar estas detracciones con la Epístola barcelonense del 592, que trata la recaudación de los tributos sobre la tierra y las personas.  Se estipuló de partida una punción del 9´5%, que con los recargos de daños y de actualización de los precios ascendía al 13%. Considerando que una persona consumía un mínimo diario de 0´15 litros de trigo en la España del siglo XVII, una familia de cuatro personas necesitaría 219. La medida o modio contenía 8´75 litros, y cuando a un hombre libre de fortuna media se le exigían cuatro medidas la carga ascendería al 16% de la manutención familiar. En relación a la Epístola la exigencia era alta, aunque se rebajó al 8% a los siervos para rendir un margen de ganancia a sus señores, encargados de la recaudación, que intervinieron en la negociación del tratado.

                    Del siglo IX, según algunos autores, dataría la información dispensada por Al-Udri sobre la organización fiscal y los impuestos de la kura o demarcación de Córdoba, dividida en doce distritos o iqlim, que comprendían a su vez distintas aldeas o alquerías. Las autoridades elaboraban un registro fiscal (magram) de la riqueza de las tierras y las personas de las alquerías. A continuación, asignaban a cada una el cupo a pagar según su riqueza, un procedimiento ya practicado en el pasado por varios Estados y que se continuaría empleando en el futuro. Entre los impuestos pagados por los musulmanes cabe destacar el usr o la décima parte de lo cosechado en las tierras cultivadas, además de la redención en metálico por la prestación militar. Poco a poco, el tributo que los protegidos pagaban por sus tierras pasó a gravar las mismas, por mucho que fueran adquiridas por un musulmán.

                Los emires de Córdoba no lo tuvieron fácil para recaudar los tributos más allá del área de su populosa capital. No sólo se les opusieron algunas enriscadas comunidades mozárabes, sino también más de un poder local musulmán, especialmente en las fronteras con los cristianos. El gobernador de la Frontera Superior en el 850, Ubayd Allah ibn Yahyá, disponía de amplios poderes, como se desprende de lo relatado por Ibn Hayyan:

                “Aquel año llegó una carta para el emir de Ubayd Allah ibn Yahyá de la Frontera Superior, en la que refería que había prescindido del contingente que tenía que mantener junto a él y que pertenecía a la guardia personal del emir en Córdoba, y que se bastaba con ciento treinta hombres jóvenes a su servicio. Decía que eran de sus clientes y servidores, con quienes estaba contento por su coraje, alababa su proceder, en quienes confiaba y de los que se sentía satisfecho por sus servicios. Cuando la paz y la tranquilidad llegaron, gracias a Dios, a la Frontera, y el enemigo estaba devorado por las guerras, el emir le escribió manifestándole la satisfacción por lo que había hecho y alabando su visión. Posteriormente llegó por orden del emir un destacamento de jinetes del contingente de su guardia personal y ocupó las guarniciones a la orilla del río. Ubayd Allah asignó los ingresos por tributación a tal destacamento, resultando suficiente para cubrir sus sueldos, sus gastos en metálico y su suministro de provisiones. Ello lo hizo por medio del dinero de la autoridad (mal al-sultan) que estaba en sus manos. Después de pagar las retribuciones, dedicó toda la recaudación de las gentes del Libro y de los tributos por la parte proporcional de las cosechas, a rescatar prisioneros, a reparar fortalezas y a proveer todo lo que fuera útil a las fronteras. Todo lo hizo para reforzar el país ante el enemigo y podía entregar cada mes a sus agentes fiscales cien dinares de lo recaudado. Lo que él ingresaba como emolumentos propios al año alcanzaba los mil dinares, que obtenía de la recaudación de sus demarcaciones.”

                Los impuestos cobrados por Ubayd Allah se ajustaban a la legalidad coránica (zakawat sadaqat), y recaudados en nombre de la autoridad del emir Abd al-Rahmán II. Los esfuerzos de los emires de Córdoba fueron considerables y temporalmente coronados por el éxito. Sus 600.000 dinares anuales del 796-822 se convirtieron en el millón del 822-52. La crisis del emirato quebrantó la recaudación, en medio de una contestación política notable, pero a mediados del siglo X el nuevo califato dio la vuelta a la situación. Se arrancaron hasta seis millones de dinares al año, a la par que los poderes locales eran sometidos a un control más estricto. La prosperidad económica andalusí contribuyó igualmente al resultado. En ocasiones puntuales, los califas otorgaron exenciones de impuestos, como la dispensada en el 941 por Abd al-Rahmán III a las gentes de Tortosa por su cercanía a territorio enemigo.

                El hundimiento del califato y la aparición de las taifas han sido consideradas perjudiciales para los contribuyentes, que se vieron asediados por una gran variedad de impuestos, algunos considerados nuevos y tachados de ilegales (qabalat). Cabe discutir si el paso fue tan abrupto, aunque testimonios como el de Ibn Hazm han alcanzado no poco predicamento:

                “Y si establezco distinción entre este tiempo nuestro y los anteriores, es tan sólo porque antes las algaras no eran, en los períodos de tregua, violentas y públicas, como lo son hoy, y además porque los magarims (tributos) que cobraban los sultanes cargaban exclusivamente sobre las tierras, y eran por ello muy parecidos a los que 'Umar impuso sobre la tierra también. En cambio, hoy, esos tributos son los siguientes: uno de capitación, impuesto sobre las cabezas de los musulmanes, que llaman al-qati' y que se recauda mensualmente; otro dariba, impuesto sobre los bienes, es decir, sobre el ganado lanar y el vacuno, las bestias de carga y las abejas, que consiste en un tanto fijo por cabeza; y, además, ciertas alcabalas (al-qabala) que se pagan por todo lo que se vende en los mercados y por el permiso o licencia que en ciertos lugares se concede a los musulmanes para vender vino. Todo esto es lo que hoy recaudan los tiranos, y ello es un escándalo infame, contrario a todas las leyes del Islam, que desata uno a uno todos los nudos que el Islam ata y que forja una religión nueva, cuando sólo a Dios compete tal atribución.”

                Tales extremos no parece que rigieran en la Mallorca sometida a la taifa de Denia. Sin embargo, Ibn Hayyan denunció la misma situación, cuando refirió cómo unas cuantas alquerías valencianas pasaron a manos de los gobernantes Mubarak y Al-Muzaffar, obligándose a sus anteriores cultivadores a pagar cargas acrecentadas. Al parecer, recaudaban hasta 70.000 dinares en la demarcación de Valencia y 50.000 en la de Játiva, unas sumas que no todo el mundo acepta como reales.

                Pronto los contribuyentes andalusíes del siglo XI tuvieron que hacer frente a una nueva boca que alimentar, la de los poderes hispano-cristianos, que amenazaban militarmente a las taifas y las extorsionaban haciéndoles pagar las parias, palabra derivada de baria o predominar. De hecho, los compromisos de obediencia de los gobernadores de las fronteras al califa de Córdoba ya incluyeron el pago de parias cada año, junto a la prestación de servicios militares. De tales fórmulas obtuvieron buen provecho reyes y nobles hispano-cristianos, que tomaron parte en las luchas que desgarraron el califato. En el 1058, la taifa de Badajoz fue obligada a desprenderse de 5.000 dinares anuales, la de Zaragoza de 12.000 al año en 1069, y la más pequeña de Granada de 10.000 antes de la conquista de Toledo en el 1085, un pago que se quedó menudo pasado poco tiempo. Las cantidades se expresaban en prestigiosa moneda de oro, aunque a veces se tuvieran que pagar en piezas de plata o incluso en géneros cotizados.

                El aumento de la presión fiscal para atender tanto pago ocasionó mucho descontento y no pocas censuras de los alfaquíes a los emires de las taifas, un malestar que fue aprovechado por los almorávides para extender su imperio a Al-Ándalus. No obstante, el Cid pudo hacer de las suyas y llegó a conseguir hasta 149.200 dinares en 1090 de las gentes del oriente andalusí.

                El surgimiento de las segundas taifas al calor del fracaso almorávide, como la de Ibn Mardanísh (el célebre Rey Lobo que rigió gran parte del Sharq Al-Ándalus), no alteró tal situación. Los genoveses pensaron arrancarle 22.406 dinares en 1149. En 1157 tuvo que dar al rey de Aragón 222.972 dinares por los atrasos de casi diez años de impagos, en 1168 unos 55.743 durante dos años, y en 1170 otros 89.079 por cinco años más. Los impuestos aumentaron. A finales de su gobierno, proliferaron las críticas, como las contenidas en este interesante texto recogido por el historiador granadino del siglo XIV Ibn al-Jatib:

                “Dice uno de los historiadores dignos de crédito: Estaba yo en Jaén con el ministro Abu Yafar al-Waqqashi y llegó un hombre de Murcia al que conocía y le preguntó cómo iban los asuntos de Ibn Mardanísh, y el hombre dijo: "Te informaré de la opresión e injusticia de sus gobernadores" y contó la historia siguiente:

                “Un subdito (de Ibn Mardanísh), que era de Játiva y se llamaba Muhámmad Ibn Abd Allah, tenía en los alrededores de esta ciudad una pequeña finca de la que vivía, pero los impuestos superaron sus ganancias y huyó a Murcia, aunque Ibn Mardanísh tenía establecido que quien huyese ante el enemigo, se le confiscarían los bienes para el tesoro. El hombre de Játiva contaba: “Cuando llegué a Murcia, huido de mi patria, me coloqué en la construcción y llegué a reunir dos meticales de oro (equivalentes a dos dinares áureos); un día, al pasar por el zoco, me encontré con unos parientes míos de Játiva y les pregunté por mis hijos y por mi mujer; me dijeron que estaban bien y me llené de alegría; también les pregunté por mi finquita y me dijeron que estaba en poder de mis hijos, por lo que les invité a celebrarlo aquella noche en mi casa. Compré carne y bebidas, y pasamos la noche tocando el adufe. Al amanecer llamaron con fuerza a la puerta y cuando pregunté quién era, me contestaron: "Soy el recaudador encargado de las aleábalas de las fiestas: debes pagar, porque ayer tocasteis el adufe; dame el canon de las bodas que habéis celebrado". Yo le dije que no habíamos celebrado ninguna boda, pero no me hizo caso y me llevó a la cárcel, de donde no me soltó hasta que hube pagado un metical de los que había ganado.

                 “Al volver a mi casa me dijeron que había llegado Fulano, de Játiva, en aquel momento; fui a preguntarle por mis hijos y me dijo que estaban en la cárcel y que mi finquita se encontraba en el registro de las tierras montaraces. Volví a mi casa con mis parientes y les conté lo que había pasado, y pasamos la noche llorando. A la mañana siguiente llamaron a la puerta. Salí a ver quién era y me encontré con el encargado de las herencias, que me dijo que le habían informado de que habíamos pasado la noche llorando, y que por tanto alguien se nos había muerto y que heredaríamos. Yo le dije que no lloraba sino por mí mismo, pero no me hizo caso y me llevó a la cárcel; le entregué el metical que me quedaba y volví a mi casa.

                 “Después me dirigí al río, a la Puerta del Puente, para lavarme la ropa que estaba sucia de la cárcel; crucé el río y se la di a una mujer que lavaba la ropa, despojándome de ella; la mujer me dio una capa rústica para que me cubriera. Y he aquí que en ese momento pasaba el eunuco del alcaide de Ibn Mardanísh, que conducía a setenta montañeses, vestidos con capas rústicas, y al  verme de la misma forma vestido, ordenó que me llevasen al trabajo forzado y al servicio en el castillo de Monteagudo, durante diez días, y allí estuve sirviendo y presente durante los diez días, aunque lloraba y me quejaba al alcaide, hasta que tuvo compasión de mí y me soltó.

              “Volví en dirección a Murcia y en la puerta de la ciudad, me preguntaron cuál era mi nombre y contesté que Muhámmad ibn Abd Allah de Játiva; el policía me cogió y me llevó al recaudador de la Puerta del Puente, y le dijeron: "Éste es uno de los inscritos como dueño de tales joyas y tales dinares". Yo dije: "Soy sólo un hombre de Játiva; mi nombre debe coincidir con ese otro nombre”, y le conté lo que me había pasado; se compadeció de mí entre risas y me soltó. Entonces hui y me vine aquí.”

                La sangría hacia la Hispania cristiana se detuvo temporalmente bajo los almohades. Los tributos que impusieron se han podido conocer, en parte, por los posteriormente pagados por los mudéjares: la alfatra sobre las personas adultas, el almagram sobre las cosechas, la alfarda por el regadío, la sofra por el trabajo de los montañeses, el zaque sobre los ganados y las colmenas, y el quirat y el almojarifazgo sobre el comercio, fundamentalmente. Estas figuras tributarias, como ya hemos visto, no eran precisamente nuevas en Al-Ándalus. Al final, también los almohades fueron víctimas de una concatenación de fracasos militares, descontento social y luchas internas.

                Durante aquel nuevo período de crisis, más de una comunidad musulmana negoció las condiciones de rendición con los conquistadores hispano-cristianos, que volvieron a ofrecer respeto a la religión islámica y moderación fiscal. Fernando III consiguió someter a vasallaje a Granada, cuyo emirato tuvo que enfrentarse en lo sucesivo a las engorrosas parias. Tras unos azarosos comienzos quedaron estabilizadas desde inicios del siglo XIV en unas 12.000 doblas, una suma más valiosa para Castilla en lo político que en lo económico, al entrañar sumisión. Paralelamente, los gobernantes nazaríes no dejaron de cobrar impuestos sobre las personas, las tierras, la seda, los ganados, el pescado, el comercio, las hipotecas, las obras públicas, las confiscaciones y las mismas diversiones. La riqueza y el carácter emprendedor de los granadinos hicieron posible el milagro. En el siglo XIV, Ibn al-Jatib sostuvo que sus emires cobraban 560.000 dinares de plata de sus súbditos.

                La situación como contribuyentes de los musulmanes bajo dominio cristiano, llamados significativamente mudéjares o tributarios, tampoco fue ciertamente halagüeña. Sintomáticamente, crónicas como la de Bernat Desclot los designaba como sarraïns paliers o sometidos al pago de parias. La comunidad de Novelda, en un área mudéjar del sur del reino de Valencia, tuvo que enfrentarse a importantes exigencias en 1379, cuando su nueva señora (la reina de Aragón) decidió pasar página al tiempo de la “benignidad” inducida por las epidemias y la guerra contra los castellanos. La mitad de lo pagado (más de 22.300 sueldos barceloneses) correspondía al producto de sus tierras, pero casi el treinta por ciento de la recaudación fue arrancado por impuestos de carácter señorial, nada coránicos, dignos sucesores de las parias del pasado. Aun a riesgo de perder sus bienes, más de uno huyó entonces a Granada, donde tampoco le aguardaba una vida fácil.

                La conquista del emirato nazarí entre 1482 y 1492 fue muy gravosa, y los mudéjares de la Corona de Castilla fueron obligados a contribuir con el pago de los castellanos de oro, que en el conquistado territorio granadino se continuó cobrando hasta 1502, junto a un servicio extraordinario, desde 1495, que levantó no poco malestar. Tras la conversión forzosa de los mudéjares de la Corona de Castilla (1502), los moriscos granadinos pagaron los servicios reales, de los que fueron exonerados los cristianos viejos en 1511. De esta manera apareció el servicio ordinario de los nuevamente convertidos del reino de Granada, también llamado la farda mayor, distinta de la menor o de la mar para costear la vigilancia costera. Los lugares de moriscos dependientes de cabeceras municipales de cristianos viejos eran perjudicados en los repartimientos del montante de las alcabalas. Además, varios autores han considerado que las fardas sobrecargaron fiscalmente a los moriscos granadinos, alzados en armas de 1568 a 1571 y finalmente expulsados de sus tierras hacia otros puntos de la Corona de Castilla.

                Tras el estallido social de las germanías, llegó el turno de la conversión forzosa de los mudéjares de la Corona de Aragón entre 1525 y 1526. Aquí tampoco mejoró su suerte fiscal, cayendo en saco roto las peticiones de las comunidades valencianas:

              “Ítem por quanto es cierto que los moros del reyno, por ser sostenidos como moros, eran contentos de sufrir muchas servidumbres y açofrar y pagar muchos pechos a su Magestad, los que eran sus vasallos immediatos a sus señores, los quales no es razón que oy los paguen siendo christianos, ni los podían pagar no pudiendo trabajar en los días de fiesta mandados por la Iglesia christiana; ni es razón que sean forçados d’estar en los lugares a donde oy están, antes bien que tengan libertad de mudar sus domicilios de un lugar de señorío a otro, o en el realengo, como tienen los christianos, y que en esto sean bien favorecidos por officiales de su Magestad. Suplican por ende que por su Cathólica Magestad sean igualados en pagar los pechos y servidumbres y otras rentas como los christianos viejos, cada uno con su lugar, así que no sean apremiados de pagar más ni menos que los christianos, y en los lugares donde no uviere christianos sea reglado como en los lugares de christianos más cerca.”

                La situación empeoró en algunas tierras de señorío, hasta tal extremo que a inicios del siglo XVII el inquisidor Jaime Bleda, hostil a los moriscos, llegó a sostener que “las rentas accidentales que pagavan los moriscos a sus señores en servicios, sofras y particiones avían crecido poco a poco a mucho excesso, y los miserables no podían ya llevar la carga dellas y por sacudirla estavan continuamente tratando de su rebelión”.

                James Casey ha sostenido que el catolicismo resultó más costoso de mantener que el Islam, pues los bienes de las antiguas mezquitas (habices) resultaron insuficientes para sufragar los gastos de los nuevos templos parroquiales. Unas cosas y otras condujeron a las expulsiones de 1609 a 1613, el punto final de una larga historia.

                Para saber más.

                Rachel Arié, España musulmana (siglos VIII-XV), Tomo III de la Historia de España dirigida por Manuel Tuñón de Lara, Barcelona, 1991.

                Miquel Barceló, “Un estudio sobre la estructura fiscal y procedimientos contables del Emirato Omeya de Córdoba (138-300/755-912) y del Califato (300-366/912-976)”, Acta historica et archaeologica mediaevalia, 5-6, 1984-5, pp. 45-72.

                Miquel Barceló (coordinador), Musulmans i Catalunya, Barcelona, 1999.

                James Casey, “Las causas económicas de la expulsión de los moriscos”, Revista de Historia Moderna, 27, 2009, pp. 135-150.

                Javier Castillo, “Administración y recaudación de los impuestos para la defensa del Reino de Granada: la farda de la mar y el servicio oridnario (1501-1615)”, Área. Revista internacional de ciencias sociales, 14, 1992, pp. 65-90.

                Mikel de Epalza y María Jesús Rubiera, “La sofra (sujra) en el Sharq Al-Andalus antes de la conquista catalano-aragonesa”, Sharq Al-Andalus. Estudios mudéjares y moriscos, 3, 1986, pp. 33-37.

                Pierre Guichard, “La societé rurale valencienne à l´époque musulmane”, Estudis d´història agraria, 3, 1979, pp. 41-52.

                Joan Negre y Josep Suñé, “Territorio, fiscalidad y actividad militar en la formación de un espacio fronterizo. La consolidación de Tortosa como límite extremo del Al-Andalus fronterizo”, Anuario de Estudios Medievales, 49/2, 2019, pp. 705-740.

                Adrián E. Negro, “Las parias abonadas por el reino de Granada (1246-1464). Aproximación a su estudio”, Roda da Fortuna. Revista Electrônica sobre Antiguidade e Medievo, 2, 2013, pp. 382-396.

                Josep Torró, “Vivir como cristianos y pagar como moros. Genealogía medieval de la servidumbre morisca en el reino de Valencia”, Revista de Historia Moderna, 27, 2009, pp. 11-40.

                Una repoblación almohade.

                La repoblación o reorganización de un territorio no solo fue cosa de los cristianos hispanos de la Plena Edad Media, pues también la ejercitaron los musulmanes para fortalecer su poder. Los califas almohades aplicaron medidas repobladoras en la Andalucía bética y en el Levante peninsular. Así ordenó el califa Abd al-Mumin la edificación de Gibraltar en el 1159, según un texto dado a conocer por Lévi-Provençal:

                “El soberano hace saber a sus corresponsales que, aunque ocupado en hacer el yihad en la parte oriental del África del Norte, no ha perdido de vista los asuntos de Al-Andalus y ha resuelto la construcción de una ciudad en el Yabal Tariq, lugar en que se unen el Mediterráneo y el Atlántico y que constituye el eje de las regiones situadas a un lado y otro del Estrecho; se propone dotar a la fundación de adelantos de todas clases y hacerle inexpugnable. Ha enviado a tal propósito al jeque Abu Ishaq Barraz ibn Muhammad y al Hachch Yais.

                “Prescribe a los destinatarios de ir ellos mismos a Yabal Tariq acompañados de los jeques de los territorios de ellos dependientes. Encontrarán allí a los talibs (estudiosos) de Sevilla y a los dos delegados del soberano. Y unos y otros determinarán el emplazamiento que les parezca más oportuno para la fundación urbana en proyecto.

                “El soberano añade que ha escrito al jeque eminente Abu Hafs para que acudiera si le fuera posible a la reunión en el solar de la nueva ciudad; y también al jeque, el caid Abu Allah ibn Qiyar. El jeque Abu Ishaq Barraz y Al Hachch Yais tiene las instrucciones necesarias.”

                Fronteras presionadas y territorios menguantes.

                No podemos dar cifras sobre la población total andalusí de los siglos XI al XIII, aunque sí podemos considerar cómo le afectaron las condiciones políticas y militares. El poderoso califato de Córdoba terminó derrumbándose, y Al-Ándalus se fragmentó en una serie de Estados, que no siempre han gozado de buena prensa: las taifas. Pese a su riqueza y a su sofisticación cultural, se mostraron incapaces de frenar la expansión hispano-cristiana. En medio de tal zozobra, los almorávides impusieron su dominio, pero al final tampoco fueron capaces de imponerse a los hispano-cristianos ni de frenar el particularismo de los andalusíes, que dio pie a una segunda etapa de taifas. Otro poder norteafricano, el de los almohades, consiguió dominar Al-Ándalus temporalmente, pero al final corrió una suerte muy pareja a la de los almorávides.

                Los hispano-cristianos avanzaron decididamente. Cayeron en sus manos ciudades de enorme relevancia, desde Toledo a Sevilla, entre otras muchas. La organización administrativa y militar de la frontera andalusí de tiempos del califato quedó desmantelada. Los límites territoriales con el mundo cristiano y feudal padecieron un notable retroceso. Si en 1040 se extendía del Atlántico al Mediterráneo por tierras del Duero, sierra de Cameros, Calahorra, norte de la ribera de Navarra, sierra de la Peña, Guara, Montsec, valle del Cardoner y costas del Garraf; en 1264 había sido desplazada muy hacia el sur, de la desembocadura del Barbate, norte de la sierra de Grazalema y límites septentrionales de las actuales provincias de Málaga, Granada y Almería.

                La conquista cristiana fue un drama para muchas familias, que perdieron su hogar y sus propiedades. Un número indeterminado de personas fueron esclavizadas y vendidas. Aunque a veces algunas comunidades musulmanas aceptaron someterse a la autoridad cristiana como mudéjares, otros muchos prefirieron marchar a tierras islámicas. Julio González sostuvo que la mayoría de los de la taifa toledana huyeron de las ataques de los conquistadores o marcharon tras la capitulación, lo que posibilitó la adscripción de las mezquitas principales al sur de los puertos de Balatomer a la sede toledana en 1089. Alfonso I de Aragón animó la marcha de los musulmanes del reino de Zaragoza hacia tierras del Sharq Al-Ándalus. La conquista de Mallorca fue un duro golpe para la población islámica, no tanto por una matanza como por el desplazamiento de los pobladores de Madina Mayurqa a Menorca, el Sharq Al-Ándalus y el Magreb. Otro descenso notable también se produjo en la Andalucía bética y en tierras murcianas tras el levantamiento de 1264-66.

                Sin embargo, no sólo la conquista provocó el desplazamiento de las gentes. El acrecentamiento de la presión fiscal, tanto para satisfacer las parias a los hispano-cristianos como por razones de poder de las autoridades musulmanas, amargaron la vida de más de uno, hasta tal punto que unos cuantos conquistadores cristianos intentaron persuadir a los musulmanes a que no abandonaran su territorio con la promesa de la moderación fiscal, según los usos islámicos. El Rey Lobo, Muhammad ibn Mardanísh (1147-72), fue tachado de inmisericorde al respecto. En sus tiempos llegó a correr el relato de un labrador de Játiva agobiado por el fisco. Huyó a Murcia en busca de salvación, pero allí encontró otra pesadilla tributaria.

                Conquistas e imposiciones tributarias, más allá de los golpes de las enfermedades y de las hambrunas, redistribuyeron la población andalusí, que también asistiría a la llegada de varios grupos procedentes del África del Norte de la mano de los almorávides y los almohades. En Mallorca la toponimia lo acredita. Un ejemplo sería el de la alquería de Xocara, identificada con el grupo de los Haskura, cuya área de partida se situaba entre Siyilmasa y Agmat. Apoyaron el régimen almohade y sus fuerzas tomaron parte en la campaña de Cuenca y Huete (1172).

                Los almorávides otorgaron inicialmente a las gentes recién llegadas concesiones territoriales, procedentes del quinto de las tierras del Estado, según atestiguan los topónimos Rábida, Monastir o Almonacid. Los almohades también lo hicieron, asociándose su acción a los topónimos Ceheguín, La Jineta o El Jinete. Tales concesiones no hereditarias tuvieron paralelismos con las de la Siria del siglo XII, en liza con los cruzados. Tenían carácter público y revocable por la autoridad estatal, careciendo de carácter feudal para la mayor parte de los estudiosos.

                La identificación étnica de estos grupos ha interesado a la investigación en los últimos cien años. Además de gentes nómadas procedentes del Sahara y de grupos bereberes, en tiempos almohades llegaron otros considerados árabes. Bajo Abd al-Mumin se establecieron en Córdoba, Sevilla, Jerez y otros puntos árabes descendientes de Hilal ibn Amir, que habitaron áreas de Yahya ibn al-Aziz de Bugía. Abu Yaqub dirigió una epístola en 1181 a los notables cordobeses en la que refería el envío de algunos Banu Riyah, árabes nómadas de Ifriqiya, para combatir en la yihad. Algunos autores han defendido que también se dio una repoblación musulmana en Al-Ándalus, paralela a la de los cristianos.

                Para saber más.

                Pierre Guichard, Al-Ándalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en occidente, Barcelona, 1976.

                Un guerrero de la frontera andalusí.

                “Una vez Muqtadir ben Hud salió de Zaragoza, que se encuentra en las fronteras de Al-Ándalus, para combatir al tirano Ramiro, príncipe de los cristianos. Uno y otro rey habían reunido todas las tropas que pudieron y, cuando los dos ejércitos se hallaron frente a frente, se colocaron en orden de batalla. El combate duró gran parte de la jornada, pero con gran dolor de Muqtadir los musulmanes fueron vencidos y dispersados. Muqtadir llamó entonces a un musulmán que sobrepasaba a la sazón todos los guerreros de la frontera en conocimientos militares y que se llamaba Sadada “-¿Qué piensas de esta jornada?”, le preguntó. “-Ha sido desdichada. Respondió, pero queda un recurso”. Y dicho esto se fue. Iba vestido como los cristianos, y como vivía en sus vecindades y tenía mucho trato con ellos, hablaba muy bien su lengua. Pudo, pues, penetrar en el ejército de los infieles y aproximarse a Ramiro que armado de pies a cabeza tenía la visera bajada, de suerte que sólo dejaba ver sus ojos. Sadada esperó la ocasión de golpearle. Cuando la encontró se precipitó sobre él y le hirió en un ojo, de una lanzada. Ramiro cayó de bruces a tierra; Sadada se puso a gritar en romano: “¡El rey está muerto!”. El rumor de la muerte de Ramiro se difundió entre sus soldados y éstos se dieron a la fuga y se dispersaron.”

                    Fuentes.

                    Al Turtushi, Sirach al-Muluk, citado por Claudio Sánchez Albornoz en La España musulmana según los autores islamitas y cristianos medievales, Madrid, 1973, Tomo II, p. 106.

                  Soria islámica.

                    Vencido don Rodrigo en Guadalete, los musulmanes procedieron a la conquista de Hispania, favorecidos por las disputas entre las facciones visigodas. En el 712 el bereber Tariq alcanzó la Peña de Amaya. Receloso de él, su superior Musa se trasladó a la Península, ascendiendo en el 713 por la cuenca del Ebro. El comes territorii Casius pactó con el invasor y abrazó el Islam. Fundó un linaje llamado a señorear en tierras del Ebro (con fuerte proyección en las de Soria): los Banu Qasi, a menudo infieles a los emires de Córdoba. Su bisnieto Musa fue conocido como el Tercer rey de Hispania. Señor de Tudela y de Tarazona, obtuvo el gobierno de la codiciada Zaragoza y ocupó Huesca. Recibió peticiones de los rebeldes toledanos y pactó con el valí o gobernador de Guadalajara contra Córdoba. Sin embargo, Ordoño de Asturias lo derrotó en Albelda y Clavijo (859), declinando su poder. El colapso de sus dominios tras su muerte, permitió a los cordobeses atacar Bardulia. Los graves problemas internos del Emirato (la primera fitna) a partir del 870 salvaron al Asturorum Regnum de la acometida cordobesa. Alfonso III el Magno pudo impulsar la repoblación de la cuenca del Duero. 

                Tras la fitna del Emirato, los estrategas del Califato cordobés se propusieron recuperar posiciones en la región, disciplinando las disidencias de Toledo y Zaragoza, y frenando el auge de castellanos y pamploneses. Los primeros habían avanzado hacia Osma y San Esteban. En el trono de Pamplona (núcleo de la futura Navarra) se había impuesto a comienzos del X la familia de los Jimeno, cancelando precedentes colaboracionismos de los Arizta. Su expansionismo abrazó desde la dominación de valles del Pirineo, como el de Aragón, a la más descarada intromisión en la vida pública del debilitado imperio leonés, atrayendo a los disidentes castellanos y alentando coaliciones contra el musulmán acaudilladas por la formidable reina doña Toda. Las defensas islámicas necesitaron ser renovadas ante la porfía cristiana. 

                Sometida Toledo a las condiciones de paz de los Omeyas en el 932, el sistema de defensa vial de la Frontera Próxima (tagr al-adnà) o Media (al-awsat) fue revisado en profundidad. Medinaceli (la ciudad de Selim o de Cilim, en honor de su fundador Cilim ibn Waramal) se erigió en su capital en el 946 tras reforzar sus precedentes murallas y acoger nuevos pobladores, desplazando a la siempre difícil Toledo. Frente a San Esteban se edificó el punto fuerte de Gormaz. En el 968 los musulmanes controlaban Gormaz, Sepúlveda, Dueñas y Simancas en la frontera. El linaje bereber de los Banu Zirwal sirvió, según Pierre Guichard, los intereses omeyas en las tierras sorianas.

                Todavía se debate sobre si el Califato se propuso conquistar completamente la orla cristiana septentrional o simplemente imponerle su superioridad a través de expediciones estacionales (las célebres aceifas) que intentaron la imposición de tributo y de acatamiento político-religioso. Algunos han mantenido que los califas eran demasiado poderosos y cultos como para perder el tiempo con unos cabreros salvajes, aseveración que entra en directa contradicción con el estudio de las comunidades cristianas del Norte peninsular y con las fuentes cronísticas, arqueológicas y toponímicas andalusíes. Tanto Abd al-Rahmán III como Al-Hakan II revitalizaron el sistema de comunicaciones y de puntos fortificados de las calzadas, organizando notables campañas militares como la de la Omnipotencia (ghazwat al-qudra) en el 939, cuando un cuerpo de ejército salido de Córdoba fue acrecentándose a medida que se aproximaba a la frontera o tagr, con el propósito de colapsar el poder de la monarquía leonesa: objetivo que concluyó en una más que notable derrota. El intrépido Al-Mansur prosiguió con más acierto tales intentos, haciendo buen uso de la crisis de gestación del feudalismo de Barcelona a Galicia. En el 989 destruyó Osma, Alcubilla, Valeránica (Berlanga) y Atienza. No obstante en la soriana Calatañazor encajó una discutida y magnificada derrota.

                Ibn al-Kardabus (segunda mitad del siglo XII) mencionó el establecimiento de pobladores musulmanes al Norte del Sistema Central en tiempos de Al-Mansur. En una literaria (y supuesta) conversación con su hayib o camarlengo, muy del gusto de los historiadores antiguos, le hizo confesar sus más secretos temores:

                “Cuando conquisté las tierras de los cristianos y sus fortalezas las repoblé con los medios de subsistencia de cada lugar y las sujeté con ellas hasta que resultaron favorables completamente. Las uní al país de los musulmanes y fortifiqué poderosamente y fue continua la prosperidad. Mas he aquí que yo estoy moribundo y no hay entre mis hijos quien me reemplace; mientras ellos se dan a la diversión, al goce y a la bebida, el enemigo vendrá y encontrará unas regiones pobladas y medios de existencia preparados, entonces se fortalecerá con ellos para asediarlas, y se ayudará, al encontrarse con ellos, para sitiarlas, y seguirá apoderándose de ellas poco a poco, pues las recorrerá rápidamente, hasta que se haga con la mayor parte de esta península, no quedando en ella sino unas pocas plazas fuertes. Si Dios me hubiese inspirado devastar lo que conquisté y vaciar de habitantes lo que dominé, y yo hubiese puesto entre el país de los musulmanes y el país de los cristianos diez días de marcha por parajes desolados y desiertos, aunque ansiasen hollarlos, no dejarían de perderse. Como consecuencia, no llegarían al país del Islam sino en jirones, por la cantidad de provisiones de ruta y la dificultad del objetivo.”

                En otras palabras, pese al presentismo de un autor inquieto ante el avance hispano-cristiano, se puede mantener que además de una repoblación o reordenación territorial cristiana se verificó paralelamente otra musulmana, también estrechamente ligada a factores militares.

                La alcazaba soriana no permanecería al margen de tales movimientos. Los topónimos de Almazán, Almarza, Almajano, Almenar o Calatañazor son algo más que una mera curiosidad, pues encierran un programa de estudio completo. Medinaceli comandaba un complejo sistema defensivo, protegiendo Almazán (el fortín) y Velamazán las orillas del Duero. Más allá se alzaba la avanzada de Calatañazor (el castillo del polvo). La atalaya de Almenar de Soria avisaría de los peligros enemigos a otros puntos de la red. Quizá Borjabad y Barahona tuvieran funciones de enlace de comunicaciones (bad significa puerta en árabe). De Soria no disponemos de noticias precisas, pero estudiando la toponimia registrada en el Padrón de 1270 podemos deducir algunas cuestiones de interés.

                El nombre de la collación del Açoch presenta una clara resonancia arábiga, derivada de suq o mercado. Puede que tal denominación fuera adoptada por los propios colonizadores cristianos, ya familiarizados en el siglo XII con los azogues de raigambre islámica, si bien también podría tratarse de una supervivencia de la dominación musulmana. Llama la atención con fuerza que se emplazara en la falda de la elevación del castillo (un hisn de categoría inferior a la gran fortaleza de Gormaz, dotada de una gran explanada), y en las proximidades del paso del Duero. En tal caso el primigenio azogue sería una especie de mercadillo rural (al estilo de una suwayga o sueca) que abastecería a los defensores de la altura y facilitaría los intercambios entre las gentes de esta zona fronteriza.

                 Dependerían de tal núcleo tres tipos de asentamientos, los militares, los agrarios más o menos a su servicio, y los de carácter viario. Entre los primeros emergería el burj o torre cuadrangular de Noviercas (futura gran aldea soriana), Alfaragem (de Al-far o la atalaya), Almanar, y quizá las torres serranas de La Torre y Torretardataio, si aplicásemos los planteamientos de Ángel Barrios, que identificaba las turra fronterizas con emplazamientos islámicos, discrepando de Julio González que los consideraba obra de mozárabes o de repobladores cristianos. Si así fuera la Soria musulmana contaría con un sistema de protección similar al leridano, jalonado de torres.

                    Los topónimos Almahary, Almarça, Algarve, Alheza, Almaiano, Ayllón y Ayllonciello se relacionaban con la explotación del medio en el valle agropastoril de Almarza o de los prados (cercano a la gran área pinariega), en la vega de Almajano del río Merdancho, en el área de fuentes (Ayllonciello de ayn o manantial) ubicada entre las dos precedentes, y al Sureste de la futura Tierra, caso de los sauces de Algarve. Poco podemos decir del régimen de dependencia de sus hipotéticos pobladores musulmanes, si conformaban comunidades autosuficientes como se ha postulado para otros puntos de Al-Andalus (cosa que estimamos muy improbable dada la ordenación califal) o al servicio del castillo o hisn soriano.

                Entre los topónimos viarios localizamos los de Masegoso, Mazratoron y Mazalvet, compuestos con el elemento manzil o posada en el camino. En suma, Soria constituiría un distrito castral avanzado en la Frontera Media, al que podría aplicarse el análisis que Bazzana hiciera de un valle levantino en época musulmana. Se caracterizaba por la disposición de un territorio amplio, naturalmente variado (con bosques, pasturas, y áreas de secano y regadío) y delimitado, con un hábitat disperso y un castillo de refugio en uno de sus extremos geográficos, y dotado de redes de caminos. Sobre la propiedad y el uso colectiva de las aguas durienses, de sus afluentes y de sus manantiales poco podemos decir.

                El sistema defensivo andalusí acusaría un severo golpe a raíz de la división taifal, ya que mientras Medinaceli fue una plaza de los musulmanes toledanos, la Cabecera del Duero pasó a manos de Zaragoza. La conquista y repoblación cristianas terminaron de anularlo al obedecer a una lógica espacial y social distinta: la de los serranos de los Picos de Urbión y de la Serranía de la Demanda, unas comunidades agropecuarias dotadas de libertad de acción, que no obedecían los mandatos de una distante capital imperial.

                La fitna del Califato resquebrajó la unidad de los andalusíes en taifas de extensión y predominio etnopolítico variable (diferenciándose entre árabes, bereberes y eslavas). El área numantina quedó bajo el dominio de una de las grandes taifas de Al-Andalus, la de la Zaragoza de los hudíes, con gran peso en la mitad septentrional de la Península en el siglo XI. Fue fundada por Sulayman ibn Hud, de distinguido linaje árabe, aprovechándose de las potentes energías localistas anticordobesas en acción. Tras apoderarse de Lleida, derrotó a los Tuyibíes partidarios de los Omeyas y ocupó Zaragoza en el 1039, gobernando hasta el 1046. Dividió sus dominios entre sus hijos.

                Le sucedió el gran Al-Muqtadir (1046-81), el representante más notable de su dinastía. Sojuzgó la taifa eslava de Tortosa en el 1059 (que se extendía al Norte de la actual provincia de Castellón), derrotó a los aragoneses en la batalla de Graus con la estimable ayuda castellana (1063), hizo frente con presteza a la pérdida pasajera de Barbastro (1064), acordó con Sancho IV de Navarra una alianza militar contra Aragón a cambio del pago de parias o tributos por valor de 12.000 mancusos anuales en el 1069 y en el 1073, sometió nuevamente Lérida y conquistó la zona continental de la taifa eslava de Denia (que se extendía a las Baleares y amenazaba Cerdeña) en el 1076, adquirió de Alfonso VI de Castilla-León ese mismo año los derechos de protección sobre Valencia (subordinando a Abu Bakr y desplazando la hegemonía toledana en la plaza), y aprovechó el fallecimiento del toledano Al-Mamun (dominador temporal de Córdoba) para conquistar Molina y Santaver con la cooperación del aragonés Sancho Ramírez, que alcanzó Cuenca, una vez muerto su antiguo aliado Sancho IV. De él escribió, entre el reconocimiento y la envidia disfrazada de moralidad, el emir granadino Abd Allah en sus célebres Memorias:

                “Una vez que Ibn Hud se apoderó de Denia, se echó a perder su natural carácter, porque le entró la ambición de aumentar aún más sus dominios, y dejó de hacer contra los cristianos la guerra santa, como antes solía.”

                La preocupación de Al-Muqtadir por la seguridad de sus fronteras se plasmó en el tratado de 1069 con Sancho de Navarra:

                “Y para que todas sus extremaduras se conserven como están y sus tierras permanezcan bien custodiadas, cada uno vigilará con igual celo para que ningún malhechor de entre sus respectivos hombres no sea osado de poner su mano sobre el territorio de los aquí asociados, ni en secreto ni de modo manifiesto.”

                En el 1073 fue aún más lejos:

                “Se comprometió el rey don Sancho respecto a Al-Muqtadir que si este respeta fielmente el preinserto tratado sin ningún engaño, se preocupará de enviar sus nuncios a Sancho Ramírez para que se aparte de él y haga retirarse a todos los suyos de la tierra de Huesca y se vuelva a su tierra, y para que no haga ningún daño al territorio de Zaragoza.”

                Al-Muqtadir dispuso en el extremo occidental de sus dominios dos líneas de defensa. El núcleo de la primera y más avanzada se encontraba en Almazán, pues Medinaceli formaba parte de la taifa toledana. La segunda seguía el trazado Ágreda-Borobia-Ciria-Peñalcázar-Serón de Nágima-Monteaguda de las Vicarías, a las faldas de las serranías del Moncayo y de la Virgen, guardando el curso del Jalón.

                A su muerte sus territorios se dividieron entre Al-Mutamin de Zaragoza y Mundir de Lleida, Tortosa y Denia. Sus enfrentamientos dieron alas a los cristianos. Mientras el primero gozó del victorioso apoyo del Cid, el segundo lo tuvo de Sancho Ramírez de Aragón y de Berenguer Ramón II de Barcelona. La dinastía hudí mantuvo el gobierno de Zaragoza hasta la muerte de Al-Mustain en el 1110, que ya en el 1104 había recibido la interesada ayuda de una fuerza de mil caballeros almorávides al mando de Ibn Fatima contra los cristianos. Fue la última gran taifa que cayó en manos de los almorávides. Los días de la Soria musulmana estaban contados.

                Para saber más.

                Enrique Díez y Víctor Manuel Galán, Historia de los despoblados de la Castilla Oriental (Tierra de Soria, siglos XII al XIX), Soria, 2013.

                Al-Ándalus vaciado.

                A la memoria de don Enrique Díez Sanz, gran historiador del despoblado soriano.

                Hoy en día ha cobrado carta de naturaleza académica, social y política la España vacía y su más reivindicativa versión de la España vaciada, la que responsabiliza a unas políticas y a unos responsables públicos de la despoblación de la mitad del territorio español. El problema tiene hondas raíces, y ya encontramos testimonios de ello en el siglo XVII, en coincidencia con las circunstancias críticas padecidas por varias comarcas de la Corona de Castilla.

                Si retrocedemos más en el tiempo, vemos que los despoblados no fueron una novedad del XVII. Los historiadores de nuestra Edad Media, con Claudio Sánchez-Albornoz a la cabeza, han escrito bastante sobre del desierto de la cuenca del Duero entre los siglos VIII y IX, causado por circunstancias climáticas adversas y la marcha de los descontentos contingentes bereberes, nada satisfechos con el reparto de bienes que les había caído en suerte. Se ha destacado que sirvió para proteger al reino de Asturias de las incursiones militares del emirato de Córdoba, y que tuvo por ello un carácter estratégico. Si Alfonso I trasladó hacia el norte a las comunidades no musulmanas de la cuenca del Duero, Alfonso III impulsaría su repoblación o reordenación demográfica y social, según sus propios cánones.

                En este caso, las comarcas del Duero no han sido llamadas Al-Ándalus vaciado o Hispania vaciada, sino tierra de nadie, a la espera de que algún poder se la apropiara.

                Dentro de Al-Ándalus, las zonas que hoy en día consideraríamos despobladas también existieron. Eran las soledades sin habitantes, distintos de los terrenos agrarios de una comunidad. En el atribulado siglo XI, el alfaquí Abu Ishaq de Elvira las asoció con la presencia de manadas de lobos, peligrosas para los viajeros. Sería una percepción que sería compartida por los pueblos cristianos, que en la castellana Requena de la Baja Edad Media consagrarían al protector contra los lobos San Antonio un espeso carrascal, apto para ser aprovechado por sus vecinos como dispensador de hierbas y maderas y de pasto de los ganados.

                No obstante, Al-Ándalus no pasaba por ser un país carente de población a ojos de muchos. El erudito Al-Himayarí recopiló en el siglo XV una notable cantidad de informaciones de distintas épocas. Su conclusión era muy clara: “Al-Ándalus comprende un número considerable de distritos y regiones agrícolas. En cada uno de estos distritos hay numerosas poblaciones.” El distrito o amal de un núcleo urbano, con su jurisdicción o wilaya, se dividía en regiones agrícolas o ahwaz, los campos. Bajo los almohades se reforzó este sistema de ordenación territorial, que también favoreció la generalización de los husun o castillos, controladores de una serie de aqalim o demarcaciones rurales. Así lo expresó Ibn Sahib al-Salat acerca del califa almohade Abu Yaqub Yusuf, que “tranquilizó las fronteras desiertas, contra los ataques de los cristianos y reconstruyó todos sus muros, y las devolvió al Islam después de que estaban desiertas.”

                Repoblar o fortalecer la población de un territorio era una de las tareas más prestigiosas de los gobernantes andalusíes desde hacía mucho tiempo, al afianzar el Dar al-Islam ante el amenazador Dar al-yihad. En el siglo XII, Ibn al-Kardabus puso en boca del poderoso Al-Mansur estas palabras en sus horas finales:

                “Cuando conquisté las tierras de los cristianos y sus fortalezas las repoblé y avituallé con los medios de subsistencia de cada lugar, y las sujeté con ellas hasta que resultaron favorables completamente. Las uní al país de los musulmanes y fortifiqué poderosamente y fue continua la prosperidad.”

                Tal red de poblamiento opuso no pocas dificultades a los conquistadores hispano-cristianos, y Jaime I afirmó que para coger a los polluelos (los pequeños núcleos de población) se tenía que atrapar primero a la gallina, la urbe principal. Algunas ciudades andalusíes acumularon en la Plena Edad Media una gran cantidad de habitantes. Además, las gentes de las áreas fronterizas con los cristianos (reforzadas a finales del califato) se encontraban preparadas para encajar los golpes enemigos. Las alquerías de Lérida disponían de torres o de refugios subterráneos para seguridad de sus colonos, que se sufragaban con el dinero de los testamentos y de las limosnas

                La solidez y la fragilidad de las defensas andalusíes, con fuertes ciudades y espacios rurales intercalados, fue comprobada por Alfonso I el Batallador en su campaña del 1125-6. Marchó de Zaragoza, ya conquistada, a Granada, pasando por las cercanías de Valencia, Alcira, Denia, Murcia, Vera, Almanzora, Purchena, Baza y Guadix. A su retorno, trajo a grupos mozárabes, pero no rindió ninguna urbe. En el siglo XV, el granadino Ibn al-Jatib escribió con satisfacción:

                “Y a la postre regresó a su patria, donde se vanaglorió de haber derrotado a los musulmanes, de haber recorrido su país de un cabo a otro, y de haber hecho muchos prisioneros y botín. Sin embargo, no había tomado ninguna ciudad amurallada, ni grande ni pequeña, había destruido solamente en el campo las casas que sus habitantes habían dejado abandonadas a su llegada.”

                Los grandes perjudicados de las incursiones militares eran los campesinos, fueran andalusíes o hispano-cristianos, ya que una de las maneras más eficaces de tomar una plaza era rendirla por hambre, asolando sus campos. Para ocasionar mayores daños al adversario y proveerse sobre el terreno, las campañas se emprendían en la primavera y el verano, coincidiendo con la estación del regadío, cuando los andalusíes plantaban el panizo y la alcandia y se cuidaban los olivos. Según la Crónica del emperador Alfonso:

              “Los sarracenos (los almorávides en su campaña contra Toledo) fueron después a Azeca (lugar labrado), donde nada lograron, y empezaron a destruir las viñas y los árboles.”

                En el 1172, de Huete a Cuenca, el califa almohade actuó de la misma forma:

                “Recorridas cerca de diez millas, hizo alto en un poblado de abundantes cosechas, pero abandonado, y después de apoderarse de cuanto trigo y cebada pudieron llevar, destruyeron el poblado, borraron sus huellas y talaron sus árboles frutales.”

                En su incursión del 1175, las huestes de Ávila se apoderaron al sur de Córdoba de 50.000 ovejas y 200 cabezas de vacuno, además de apresar a 150 musulmanes. Cuando las fuerzas almohades partieron de Córdoba, encontraron el castillo de Patruch desierto, sin un alma, según Ibn Sahib al-Salat.

                El califa almohade asedió Santarem, ya en manos portuguesas, en el 1185. Cortó los árboles de los alrededores, devastó los campos e hizo incursiones en las vecindades.

                Campañas y conquistas desplazaron a muchos andalusíes, que buscaron acogida en otros territorios musulmanes. No pocos lugares de Toledo a Calatrava quedaron vacíos de población islámica en el siglo XII. Ante tales circunstancias, Al-Himyarí recordaba orgullosamente que “después de la derrota sufrida por los musulmanes en las Navas de Tolosa, las tropas cristianas se volvieron contra Úbeda: la población se negaba a evacuar la ciudad, ante el ejemplo de sus vecinos de Baeza, que habían abandonado la suya.”

                En la conquista de la ciudad de Córdoba, los habitantes de los arrabales de Al-Sarquiyya escaparon de sus casas y huyeron al interior de la medina con todo lo que tenían. En los campos de Ruzafa, según Jaime I, se congregaron hasta 50.000 personas en 1238, tras la caída de Valencia. Se les dio salvoconducto hasta Cullera. 

                Si la caída en menos cristianas de Zaragoza y Cuenca ocasionó la marcha de gentes que no se convirtieron en mudéjares hacia Valencia y Murcia, la de éstas y la de la Andalucía bética encaminaron también a unos cuantos hacia Granada, el último reducto andalusí. Tierras antes escasamente pobladas o despobladas experimentaron una nueva vida. A veces, los vaivenes eran muy llamativos. Arkus (Arcos de la Frontera), según Al-Himyarí, “ha sido destruida varias veces, después repoblada.” El aniquilado Al-Ándalus vaciado ayudaba a cubrir los vacíos del Al-Ándalus superviviente, a pesar de que impuestos excesivos, enfermedades e inclemencias meteorológicas tuvieran su parte de responsabilidad. En el llamado Código del emir nazarí Yusuf I, datado en la década de 1330, se consignó:

               “Los habitantes en despoblado acudirán a la oración de los días festivos saliendo de sus caseríos cuando alumbre el sol, y regresando antes de la noche.”

                “Se prohíbe a todo creyente establecer su morada en tierras ásperas, o en soledades tan apartadas que no le permitan asistir con puntualidad a la mezquita: la población más cercana podrá distar dos leguas.”

                “Para evitar los perjuicios que puedan resultar a la gente agricultora con las anteriores prohibiciones, se edificarán oratorios en las alquerías que tengan doce casas.”

                Las mezquitas, dotadas de bienes propios, eran esenciales en la fijación de población, ya que además de cumplir con sus funciones religiosas también atendían las de cariz educativo, asistencial y de cohesión social. Los andalusíes, al menos desde el siglo XII, habían desarrollado una interesante jurisprudencia al respecto. El cadí de Córdoba Ibn Rusd, abuelo del célebre Averroes, defendió que las gentes de una alquería de doce casas, de un punto indeterminado del Sharq Al-Ándalus (quizá afectado por las acciones del Cid), pudieran rehabilitar su antigua y maltrecha mezquita, y dejar de orar en la del castillo que les había brindado protección durante tiempo, por mucho que albergara treinta casas. Lugar de oración y de residencia, en suma, debían coincidir. No deja de ser significativo que posteriormente, en tiempos de los Reyes Católicos, una iglesia derruida equivaliera a un despoblado.

                ¿Se pueden considerar despoblados todos los espacios andalusíes no cultivados? En absoluto. Todas las alquerías disfrutaban de unos territorios comunales o harim, cuyo régimen de aprovechamiento ha sido dilucidado por la respuesta del alfaquí de la de Cortes Muhámmad ibn al-Qutiyya al bachiller Juan Alfonso Serrano, en marzo de 1491. La comunidad musulmana de la alquería disfrutaba de sus terrazgos, dehesas y alcornocales, pero los musulmanes de otras comunidades (como la de Ronda) también podían acceder a su aprovechamiento.

                Los terrenos de montes también podían formar parte de este género de bienes, como indica un pasaje de Al-Himyarí:

               “Sobre el territorio de Jaén hay una montaña, cuya población, cuando procede a alguna venta inmobiliaria, estipula que esta venta concierne a un terreno situado en el camino de las nubes; esta montaña se eleva en un lugar donde, efectivamente, siempre hay nubes, cualquiera que sea la dirección del viento. Esta particularidad permite al vendedor pedir un precio muy alto sobre el terreno que cede.”

                En caso de abandono de una alquería por sus habitantes, recordaba Ibn al-Qutiyya su mezquita pasaba a la del lugar poblado más cercano (al hilo de lo argumentado por Ibn Rusd) y sus tierras correspondían al sultán o al majzén, a la autoridad, que disponía de registros como el de la imposición de la sofra o imposición en trabajo de las tierras montaraces (rasmu i-yabala), al menos desde el siglo XII. La escuela jurídica hanifí, con predicamento en Al-Ándalus, reconoció que el majzén ratificaba el vivificar las tierras muertas o mawat (en el sentido de inanimado), donde ya no se escuchaba ni el grito de una persona. Para dar pie a una nueva vida, los sultanes concedían tierras a cambio de ciertos servicios (iqta), como se ve en este formulario del siglo XII:

                “Acta de concesión: El príncipe de los Creyentes –Alá lo sostenga con su ayuda y le conserve la vida con su asistencia- concede a… hijo de… todas las tierras yermas situadas en tal lugar, con los límites citados, con sus derechos, utilidades y dependencias, en plena y auténtica concesión, libre de toda condición, carga u opción. El concesionario… toma posesión con estas condiciones porque el príncipe de los Creyentes ha juzgado bien, de acuerdo con su excelente benevolencia, su admirable juicio y su esfuerzo, de buscar con ello el interés de los musulmanes, de otorgar una concesión a…, citado en este documento, en interés del Islam y de su guerra santa. El concesionario lo recibe dando fe de la disposición adoptada por el príncipe de los Creyentes –Alá lo ayude- como es mencionado en este documento. Dado en el mes de… del año... de la hégira.”

                La concesión también se podía hacer a grupos cristianos, como consignó Ibn Sahib al-Salat en su relato de la campaña califal del 1172 por tierras conquenses:

               “Hicieron éstos una salida por los sembrados que los cristianos tenían allí (a dos millas de Cuenca, por su montaña occidental) por concesión otorgada por Muhámmad ibn Mardanísh (el famoso Rey Lobo) de usufructuar la tierra de los musulmanes y el convenio con ellos celebrado, por el cual venían obligados a pagar a aquéllos el impuesto territorial correspondiente.”

                Semejantes usos fueron mantenidos por los señores cristianos de algunas comunidades mudéjares, como las del reino de Valencia. En 1328, los musulmanes del valle de Ayora pudieron labrar o hacer labrar las tierras de los almatçems, a cambio del tercio de lo cosechado. Lo mismo se practicó en los terrazgos gilis, carentes de dueño, de Crevillente, donde también los arrendatarios pagaban la tercera parte de lo cosechado entre los siglos XIV y XV.

                Los hispano-cristianos se aprovecharon, pues, de fórmulas islámicas para imponerse. Consciente de ello, Ibn al-Kardabus hizo decir a Al-Mansur:

                “Mas he aquí que yo estoy moribundo y no hay entre mis hijos quien me reemplace; mientras ellos se dan a la diversión, al goce y a la bebida, el enemigo vendrá y encontrará unas regiones pobladas y medios de existencia preparados, entonces se fortalecerá con ellos para asediarlas, y se ayudará, al encontrarse con ellos, para sitiarlas, y seguirá apoderándose de ellas poco a poco, pues las recorrerá rápidamente, hasta que se haga con la mayor parte de esta Península, no quedando en ella sino unas pocas plazas fuertes. Si Dios me hubiese inspirado devastar lo que conquisté y vaciar de habitantes lo que dominé, y yo hubiese puesto entre el país de los musulmanes y el país de los cristianos diez días de marcha por los parajes desolados y desiertos, aunque éstos ansiasen hollarlos, no dejarían de perderse. Como consecuencia, no llegarían al país del Islam sino en jirones, por la cantidad necesaria de provisiones de ruta y la dificultad del objetivo.”

                La consulta a Muhámmad ibn al-Qutiyya iba en el mismo sentido, el de aprovecharse de los conocimientos y de los medios legales de los musulmanes. La justicia y la jurisdicción del término de una alquería abandonada iban a parar a su comprador. Si alguien no denunciara en diez años una coacción, sólo podía exigirse al nuevo amo un simple juramento. La asunción por los poderes hispano-cristianos de la autoridad del majzén facilitó el quebrantamiento de las comunidades islámicas que habían negociado su entrega a aquéllos, conservando su fe, sus usos y sus bienes (la pleitesía distinta a la capitulación tras una conquista que obligaba a marchar). La carta de población de Requena (1257) puso el alcázar, las casas de la villa y las heredades del majzén a disposición de los nuevos pobladores cristianos, que también pudieron comprar los bienes de los musulmanes que desearan vender, cada uno de los treinta caballeros por valor de 150 maravedíes, cada uno de los treinta caballeros villanos por 100 y cada peón por 50. En Lorca, se adoptaron similares medidas, pues desde 1254 Alfonso X había favorecido las compras y las donaciones de terrazgos en el reino de Murcia y en la Andalucía bética.

                En 1264 estalló la insurrección mudéjar, favorecida por el emir de Granada. Tras no pocos problemas, Jaime I de Aragón intervino en Murcia a favor de su yerno, pues temía que el levantamiento se extendiera al reino de Valencia. Tras su entrada en la ciudad de Murcia (1266), dio a unos 30.000 musulmanes, según Bernat Desclot, salvoconducto para marchar a Granada, pero a dos jornadas los aguardaba su hijo el infante don Pedro con fuerzas almogávares. Así describió la acción Ibn Idari: “los traicionaron a todos en el camino, en el lugar conocido como Warcal (Huercal-Overa), robaron los cristianos a las mujeres y los niños, y mataron a todos los hombres después de sacarlos por capitulación y sin armas, disponiendo de ellos como quisieron con las espadas y las lanzas.”

                Antes de la insurrección se contaban hasta ocho grandes aljamas mudéjares en el reino de Jaén, quince en el de Córdoba y veinte en el de Sevilla, pero después sólo sobrevivieron las principales de Córdoba, Sevilla y Écija junto a unas pocas de menor entidad. En 1304, durante la tregua castellano-granadina, se consignó que los musulmanes “son ydos a tierra de moros pieça de los moros que y moravan en Córdoba”. El abandono también afectó a muchas tierras murcianas, aunque en el reino de Valencia los mudéjares aguantaron mejor.

                Tales áreas despobladas formaron parte del legado andalusí tomado por la Hispania cristiana. Las tierras de las alquerías nutrieron los nuevos bienes de propios de muchos concejos, con un sentido social distinto. Las de Cortes, antes accesibles a todo musulmán, se arrendaron en beneficio de unos pocos. Con mucha población a sustituir y no pocas extensiones que tentaron la codicia de los poderosos locales, los hispano-cristianos se vieron enfrentados a la amarga realidad del despoblado, en parte fruto del Al-Ándalus vaciado.

                Para saber más.

                Al-Himyarí, Kitab ar-Rawd al-Mitar. Edición de María Pilar Maestro, Valencia, 1965.

                Pere Balañà, L´Islam a Catalunya (segles VIII-XII), Barcelona, 1997.

                Maria Teresa Ferrer, La frontera amb l´Islam en el segle XIV. Cristians i sarraïns al País Valencià, Barcelona, 1988.

                Víctor Manuel Galán, “¿Qué guardó el almazén de Requena?”, Oleana, 27, 2013, pp. 35-56.

                Manuel González e Isabel Montes, “Los mudéjares andaluces (siglos XIII-XV). Aproximación al estado de la cuestión y propuesta de un modelo teórico”, Revista d´història Medieval, 12, 2001-2, pp. 47-78.

                Enric Guinot, Cartes de poblament medievals valencianes, Valencia, 1991.

                Ibn al-Kardabus, Historia de Al-Ándalus. Edición de Felipe Maillo, Madrid, 2008.

                Pedro López Elum, “Crevillent: 1399-1414”. Datos de su demografía y economía”, Saitabi, 41, 1991, pp. 231-241.

                Antonio Peláez, Dinamismo social en el reino nazarí (1454-1501): de la Granada islámica a la Granada mudéjar, Granada, 2006.

                Juan Francisco Rivera, “Reconquista y pobladores del antiguo reino de Toledo”, Anales toledanos, 1, 1967, pp. 1-56.

                Juan Torres, “Los mudéjares murcianos en el siglo XIII”, Murgetana, XVII, 1961, pp. 57-90.

                Carmen Trillo, Agua, tierra y hombres en Al-Andalus. La dimensión agrícola del mundo nazarí, Motril, 2004.

                El combativo poder nazarí.

                A finales del siglo XIV, las espadas se mantenían en alto entre los reinos de la península Ibérica. Aragón no se resignaba a verse relegada por Castilla de la hegemonía hispánica y Granada a ser reducida a la mera condición de tributaria, a la espera de su conquista. En la suerte peninsular también se mostraban muy interesados otros poderes, como los benimerines del Norte de África y los franceses. En aquellos días nada hacía presagiar el resultado de 1492 y en medio de tal disputa política se llevó a cabo la ampliación hacia el Sur del reino de Valencia. La incorporación final del mediodía de la actual provincia de Alicante a tal reino siguió un camino tortuoso, muy determinado por la presión de la Granada nazarí.

                En 1295 los granadinos de Muhammad II, emir que no se resignaba a ser un segundón de la política ibérica, se encontraban en guerra con Castilla, que entonces no pasaba por su mejor momento. La minoría de edad de Fernando IV coincidió con una notable efervescencia nobiliaria, que venía del reinado de Alfonso X, lo que tentó las ambiciones de Jaime II de Aragón, que se lanzó contra las tierras del entonces reino de Murcia, que comprendía los municipios de Alicante, Elche y Orihuela, entre otras entidades locales. En 1296 aragoneses y granadinos se aliaron contra su común enemigo castellano.

                El acercamiento era más aparente que real. Jaime II conocía bien las conexiones granadinas con la corte del benimerín Abu Yaqub, que pretendía el dominio del Estrecho. La presencia en territorio valenciano y murciano de importantes comunidades mudéjares también le daba mayores razones de preocupación. Con parte importante del territorio murciano conquistado, el monarca aragonés destacó a inicios de 1300 a su enviado Pere Desprat ante Alonso Pérez de Guzmán, el reconocido defensor de Tarifa. Los rumores de acercamiento diplomático de la corte de Fernando IV a los benimerines y a los granadinos eran muy fuertes, cuando los recursos de tierras catalanas y aragonesas no pasaban por su mejor momento tras los esfuerzos de campañas anteriores.

                Cuando los castellanos realizaron su ofensiva en Murcia, Jaime II no dudó ni un momento a comienzos de 1301 en invocar a ayuda de los mudéjares del valle de Elda, todavía en el reino de Murcia, y del reino de Valencia. La suerte de ambos territorios se encontraba entrelazada.

                El 7 de abril de 1302 falleció el valeroso Muhammad II y su hijo, el tercer emir del mismo nombre, prosiguió su política. Aunque a inicios de 1302 se volvió a concertar un nuevo tratado entre Aragón y Granada, que reconocía la posibilidad de comerciar mutuamente con garantías, la confianza mutua no pasaba por sus mejores momentos. Jaime II se aseguró que la guarnición de cuarenta hombres del castillo de Alicante fuera dotada anualmente con 5.000 sueldos, la de veinticinco de la Calahorra de Elche con 3.500 y la de cien de la fronteriza Lorca con 12.000.

                La toma de Bedmar en 1303 por los granadinos a los castellanos no evitó el pacto final entre Muhammad III y la corte de Fernando IV de Castilla. Se temió que los nazaríes descargarían una ofensiva contra el mismo reino de Valencia y Jaime II mandó a su enviado Francesc Despí a lograr la ayuda del mismísimo Abu Yaqub para neutralizar al granadino. En junio de aquel mismo año el procurador general de Valencia Bertrán de Canelles y el baile general Bernat de Llibia armaron galeras contra los granadinos.

                El 21 de agosto de 1304 se firmó la Sentencia Arbitral de Torrellas, que reconoció el dominio de las ahora tierras alicantinas a Jaime II, que no pudo quedarse con la ciudad de Murcia y el resto de su reino. Sin embargo, la paz no llegó a nuestra área. En septiembre los granadinos atacaron con fuerza Denia, Jávea, Alcoy, Alicante y Elche, en un verdadero alarde de poder militar. Los cristianos locales, todavía poco numerosos en comparación con otros territorios, contaban con medios defensivos limitados y muy agotados por los años de requerimientos.  En 1305 preocupó la actitud de los mudéjares valencianos, además del mal estado del estratégico castillo de Játiva y de otros puntos, a despecho de las asignaciones reales. Con todo, el almirante Roger de Lauria, señor de Alcoy y Cocentaina, había conseguido el retorno de grupos mudéjares que habían marchado con los jinetes granadinos.

                Muhammad III se encontraba en el cénit de su poder y en 1306 intervino en las luchas dinásticas de los benimerines. Tomó Ceuta, lo que le animó la alianza de todos sus rivales contra él. En 1307 Jaime II proyectó la guerra contra Granada, de gran coste económico, y solicitó al Papa Clemente V el diezmo eclesiástico. Entonces, el procurador general de Valencia Gombau de Entenza le avisó de la concentración de cuatrocientos jinetes granadinos en Vera para atacar sus dominios. Algunos cristianos, como el traidor Bertomeu Belsa, habían informado al emir nazarí del plan de formar una armada para descargar contra Almería, uno de los grandes puertos granadinos. El arráez de Crevillente lo confirmó.

                Con  todo, a Muhammad III se le intentó tranquilizar diciéndole que la armada iba contra Cerdeña, otro de los objetivos de la política mediterránea de Jaime II. No sirvió de nada, pues dispuso en Vélez 2.000 jinetes y 8.000 infantes en junio de 1308. Se previno a los alcaides de fortalezas como las de Orihuela y se animó a los alicantinos a abandonar su vila nova por razones de defensa. Claramente necesitaban la ayuda de otros.

                El 25 de junio de 1308 se incorporaron oficialmente Alicante, Elche y Orihuela al reino de Valencia, con una serie de particularidades legales. Aunque la empresa almeriense de Jaime II fracasó, el ambicioso Muhammad III fue depuesto en 1309 por su hermano Nasr. Su política no rindió los frutos esperados, pero condicionó fuertemente la ampliación meridional del reino de Valencia.

                Bibliografía.

                Àngels Masià, Jaume II: Aragó, Granada i Marroc. Aportació documental, Barcelona, 1989.

                La presión granadina en la frontera con los cristianos.

                El emirato de Granada fue un duro oponente de Castilla y de Aragón. No solamente encajó con reciedumbre sus asaltos, sino que también lanzó importantes incursiones desde el reino de Sevilla al de Valencia.

                Jaime II de Aragón había intentado dominar todo el reino castellano de Murcia, pero al final sólo retuvo Alicante, Elche, Orihuela y otras tierras del valle medio del Vinalopó, que pasarían a formar parte del reino de Valencia el 25 de junio de 1308. Aquellas tierras se encontraban por aquel entonces amenazadas por los granadinos.

                Precisamente el 9 de aquel mismo mes el consejo de Alicante se dirigió alarmado al mismo rey, y no precisamente por los granadinos, sino por una orden suya.

                Jaime II había ordenado directamente al alcaide del castillo de Alicante, don Pons de Mataró, desamparar el arrabal de la entonces villa, lo que significaría quemarlo y destruirlo. Se trataba de la vila nova que estaba creciendo alrededor del templo de San Nicolás, un activo espacio que Jaime II juzgaba indefendible ante los granadinos.

                La medida era en extremo severa, y don Pons se la comunicó al lugarteniente del procurador y alcaide de la Calahorra de Elche, don Pero López Rufes, que tuvo el penoso deber de decírselo a los alicantinos, reunidos en consejo general.

                Se negaron a seguir tal proceder. Su arrabal era una auténtica villa amurallada y con foso en parte, adujeron. Destruirla sería un golpe contra la riqueza y el honor, la de los alicantinos y la de Jaime II.

                La angustia del rey era clara ante la acometida granadina, pero peores guerras habían aguantado los de Alicante, sostenían con claro orgullo. Su compromiso militar era firme, don Pero acudiría en caso necesario a la brecha y pidieron al temeroso rey alguna compañía de ballesteros de refuerzo.

                Nada se quemó al final, el león no fue tan fiero como lo pintaban y en 1309 el mismo Jaime II lanzaría su cruzada contra la Almería nazarí, en la que Alicante sería una de sus bases.

                Fuentes.

                ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN.

                Cancillería, Caja 28, nº 3546.

                Editado por Àngels Masià, Jaume II: Aragó, Granada i Marroc. Aportació documental a l´estudi de les relacions internacionals de la Corona d´Aragó amb Granada i Marroc en el regnat de Jaume II, Barcelona, 1989, pp. 309-310.

                Las huestes nazaríes.

                Las tropas del emirato de Granada desempeñaron un duro cometido entre 1238 y 1492, el de defender el reducido territorio andalusí de la potencia militar de Castilla, a veces coaligada con la de Aragón y Portugal. Lejos de permanecer expectante a la defensiva, lanzaron importantes incursiones a lo largo de la frontera en muchas ocasiones. En los combates fronterizos los zegríes sobresalieron.

                La rapidez era esencial en este tipo de operaciones, en las que la motivación política y religiosa se unía a la de la consecución de botín y prisioneros. Las tropas montadas, pese a todo, no excedieron ni de lejos los efectivos de infantería. A finales del siglo XV por cada jinete se alinearon unos dieciséis soldados de infantería.

                Los combatientes montados iban más pesadamente armados que los norteafricanos, con un robusto casco, pero menos que sus oponentes castellanos. Célebre se hizo su pequeño escudo de cuero, la adarga. Dotados de pequeñas lanzas y de ballestas, eran capaces de maniobrar para envolver a sus adversarios por los flancos y de retirarse en situaciones comprometidas.

                La población del emirato suministró importantes contingentes de infantería, que se han cifrado en 50.000 dada la densidad alcanzada en algunas de sus comarcas. Diestros en el manejo de la ballesta, los habitantes de las Alpujarras alcanzaron justa fama.

                Aunque el núcleo de las huestes granadinas era andalusí, las aportaciones de las fuerzas norteafricanas, los caballeros cenetes, tuvieron singular relevancia entre los siglos XIII y XIV. Llegaron a influir en la política interior del emirato. En la guardia del emir figuraron también mamelucos o guerreros de origen esclavo y procedencia oriental, egipcia en particular, que prosiguieron una tendencia andalusí anterior.

                Esta heterogeneidad no fue fácil de controlar. Con independencia de las obligaciones militares de los naturales, las tropas profesionales estuvieron retribuidas por el mismo Estado a través del diwan al-jaysh u oficina encargada de tal cometido. Los granadinos prosiguieron los usos de los almohades. Para imponer disciplina y orden, las tropas andalusíes se sometieron a la autoridad de un valí de confianza del emir y las norteafricanas a las de un jeque, que no siempre observó la misma conducta hacia aquél. El sultán de Fez a veces intentó influir en la vida granadina a través de él.

                De todos modos, unos y otros se enfrentaron a la muerte acompañados de religiosos, a veces de tendencia sufí, en el campo de batalla. En sus ropas llevaban cosido un trozo de cuero con su nombre, elemento de identificación si cayeran en el combate. En la refinada Granada la espada tuvo tanta importancia como la pluma.

              Fuentes.

                Al-Qalqasandi (inicios del siglo XV), Subh al-acsa fi Kitabat al-insa. Traducción de Luis Seco de Lucena, Valencia, 1975, p. 93.

                La armada de la Granada nazarí.             

                “En la región marítima disponen de una flota de barcos ligeros armados en corso y distribuidos por el mar Mediterráneo.

                “Los tripulan valerosos arqueros y capitanes esforzados que combaten al enemigo en el mar, resultando vencedores generalmente.

                “También hacen incursiones por el litoral de los países cristianos y en los lugares próximos a aquél, apresando a sus habitantes, hombres y mujeres.

                “Luego vuelven con estos cautivos a tierra musulmana, los ponen delante de sí y los conducen a Granada, presentándolos al sultán, que se queda con los que quiere y regala o vende otros.”

                Fuentes.

                Al-Qalqasandi (inicios del siglo XV), Subh al-acsa fi Kitabat al-insa. Traducción de Luis Seco de Lucena, Valencia, 1975, p. 93.

                La Granada nazarí, ¿un Estado fallido?

                ¿Un destino manifiesto?

                El 2 de enero de 1492 los representantes de Abu Abd Allah az Zughbi, el Boabdil el Chico de las crónicas cristianas, entregaron las llaves de la Alhambra a los de don Fernando y doña Isabel. Muhammad XII, el nombre dinástico de aquel último nazarí que rigió Granada, partió hacia su señorío de las Alpujarras. En 1493 lo vendió a los Reyes y se dirigió a Fez, en cuyas tierras falleció en 1533, cuando Carlos V había ordenado erigir en la emblemática Alhambra su célebre palacio. Su supuesto llanto y la réplica de su brava madre han pasado a la historia sentimental de generaciones de españoles, dando idea del dolor de la pérdida de una tierra querida. En esta misma versión de nuestro pasado, se culminaba desde el lado cristiano la obra iniciada en Covadonga muchos siglos atrás, la Reconquista.

                Actualmente, la historiografía ya no contempla este hecho con el mismo prisma, pero todavía subyace la idea del inevitable destino de la Granada nazarí, el de su conquista por los cristianos. Se diría que tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212) Al-Ándalus se encontraba irremediablemente perdido y el final de Granada solo era cuestión de tiempo.

                Un emirato de casi dos siglos y medio.

                Si admitimos su fundación de 1232 a 1238 por Muhammad ibn-Nazar, hemos de reconocer que su duración no fue poca, por mucho que a veces se le haya relegado en la historia general de la Hispania bajomedieval en comparación con Castilla y Aragón. Recordemos que nuestra Historia constitucional, que se remonta al menos a 1812, no ha alcanzado todavía igual extensión histórica. Es más, en comparación con experiencias políticas contemporáneas, como las de la URSS o Yugoslavia, su permanencia a lo largo de las décadas no fue baladí precisamente.

                Dentro del mundo islámico medieval, otros Estados no pueden presumir de tal duración, por mucho que la historiografía los haya presentado con todos los emblemas de la fuerza. El califato de Córdoba apenas duró un siglo y el imperio almohade no llegó al siglo y medio. Granada no fue una anécdota intrascendente, una simple taifa a punto de perecer.

                Difícil de abatir.

                Atacar el emirato nazarí no se redujo a incursionar la vega granadina, sino que requirió cuantiosos medios económicos para conquistar territorios. El intento aragonés de tomar Almería en 1309 se saldó con un fracaso militar y una considerable deuda económica. El asedio de Algeciras se alargó pesadamente de 1342 a 1344 e hizo imperativo el cobro de la alcabala en Castilla. La conquista final de Antequera, que tanta fama diera al que terminaría convirtiéndose en Fernando I de Aragón, se consumó tras considerables servicios económicos acordados en Cortes de Castilla. La conquista final entrañó la cooperación de Castilla y Aragón, con un más que notable despliegue de recursos. Fue más aconsejable durante años percibir el tributo de los nazaríes que domeñarlos.

                Guerreros esforzados.

                El Romancero Viejo rindió un cumplido homenaje a los campeadores granadinos que cruzaron armas con los castellanos. Eran caballeros al modo occidental del otoño de la Edad media. Sin embargo, las cartas y relaciones de la época nos los presentan de un modo más descarnado, como veloces jinetes que sabían aprovechar las oportunidades de ataque, desde el reino de Sevilla al de Valencia. Buenos conocedores de los caminos que llevaban a los dominios cristianos, sus expediciones cruzaron territorios con grandes espacios apenas poblados, como el reino de Murcia, y se adentraron en territorio valenciano, donde las comunidades mudéjares a veces les prestaron ayuda. Su guerra al modo almogávar resultó bastante efectiva, hasta tal punto que algunos le han atribuido el débil poblamiento de la Frontera cristiana.

                Las fuerzas granadinas se anotaron a veces victorias importantes. En 1304 saquearon y quemaron la valenciana Cocentaina, dominio del almirante Roger de Lauria. En 1295 conquistaron a los castellanos Quesada y Alcaudete en 1300. Saquearon Jaén en 1367 y al año siguiente estuvieron a punto de entrar en Córdoba. En cooperación con los benimerines representaron una seria amenaza en el tránsito del siglo XIII al XIV.

                Políticos astutos.

                Sus emires o sultanes se las tuvieron que ver muy a menudo con el descontento de sus súbditos, la censura de los alfaquíes (guardianes de la ortodoxia religiosa) y la enemiga de una facción contraria. Cualquiera de sus tropiezos servía para justificar su destronamiento. El exilio para evitar lo peor era uno de sus riesgos y los enfrentamientos internos desgarraron en numerosas ocasiones los dominios nazaríes, ciertamente variopintos y complejos. Tales problemas contribuyeron notablemente a la desaparición del emirato.

                En el fondo, la Historia de la Granada nazarí no es muy distinta de la de otros Estados coetáneos, en los que sus monarcas se las tuvieron que ver con toda clase de opositores. La guerra civil ensangrentó a menudo la Castilla bajomedieval, desde Alfonso X a Isabel I. En la Corona de Aragón se libraron conflictos tan enconados como los que asolaron Cataluña en tiempos de Juan II. Navarra, Portugal, Francia o Inglaterra no escaparon de ello.

                En una situación tan compleja, algunos emires demostraron su astucia, digna de Maquiavelo. Muhammad I, el fundador del emirato, supo sobrevivir a la marea castellana. Muhammad V recuperó el trono, sacó partido de las guerras civiles castellanas y embelleció la emblemática Alhambra con el Patio de los Leones.

                Ciertamente la guerra de facciones, como la de los Zegríes con los Abencerrajes, debilitó la resistencia granadina, pero también tuvo sus ventajas. Como cada parcialidad tenía empeño en mandar, se esforzó en seguir la política más adecuada para sobrevivir y ganar ventaja. A su modo, no dejó de ser una competición partidista, que dejó de mantenerse dentro de unos límites muy al final. Asimismo, el derrocamiento de una facción especialmente beligerante daba pie a concertar por la contraria un nuevo pacto con los cristianos. Este peculiar pluralismo combinado con la efectividad de sus incursiones le resultó de gran ayuda.

                Territorio de acogida del Islam andalusí.

                Los jinetes granadinos capturaron a no pocos cristianos en sus incursiones e incluso a musulmanes procedentes de otros rincones de la Península, que más tarde lograron regresar a sus puntos de origen. Sin embargo, llevaron también consigo a muchos mudéjares descontentos con su situación. La gran tentativa islámica de 1264-66, que puso en armas a los mudéjares de la Baja Andalucía a Murcia, fue seguida de un importante éxodo a Granada, que hasta el siglo XV asistió a la llegada de mudéjares del reino de Valencia.

                Esta afluencia de gentes en un tiempo de dificultades demográficas, marcadas por la peste, fortaleció la Granada nazarí, sobre todo cuando las Cortes de Castilla se quejaban de despoblación. Los recién llegados no tendrían siempre las costumbres del gusto de los más estrictos alfaquíes y tras las prescripciones religiosas del llamado Código de Yusuf descubrimos el deseo de emplear la religión como un instrumento de encuadramiento social, especialmente desde las esenciales mezquitas, verdaderos centros de control del territorio. Aunque las costumbres de las gentes de Granada no fueron a veces del gusto de los más integristas, no dejaron de ser firmes musulmanes, según atestigua con creces la posterior experiencia morisca.

                Su viabilidad económica.

                El emirato nazarí controló una gran variedad de paisajes, a despecho de sus apenas 30.000 kilómetros cuadrados en su mayor extensión. Sus gentes supieron aprovechar a conciencia sus posibilidades agrarias, mucho más allá de la simple actividad de subsistencia, y sus productos despertaron el interés de los hombres de negocios genoveses o de otros puntos de la Cristiandad.

                Este modelo ha sido caracterizado de dependencia colonial, según los cánones de la economía de los países subdesarrollados tras la II Guerra Mundial, un planteamiento sugerente que cabría aquilatar mejor, que también se ha aplicado a otros territorios hispánicos como el reino de Valencia, donde los mercaderes de origen italiano negociaron con los productos locales con ventaja. Quizá se puedan establecer concomitancias entre las comunidades rurales nazaríes y las mudéjares valencianas al respecto, más allá del encuadramiento de las segundas en las redes señoriales. Los tributos pagados por ambas acusaron la impronta de la fiscalidad almohade, con destacadas variaciones locales. Sin los pagos anuales de campesinos, ganaderos, pescadores, artesanos y mercaderes los emires de Granada no hubieran podido afrontar la construcción de la Alhambra o el pago de las parias.

                ¿Cuestión de tiempo?

                ¿Podía haber sobrevivido la Granada nazarí? Es probable, a nuestro juicio, por mucho que el poderoso ejército de los Reyes Católicos desarrollara su arma de artillería y otros servicios militares. Las circunstancias de 1482-92 le fueron adversas, pero en décadas posteriores no lo hubieran sido en igual medida. En 1516 Jeireddín Barbarroja se hizo con el dominio de Argel y los otomanos tuvieron al final un importante punto de presión en el Mediterráneo Occidental, desde donde golpearon la costa española con insistencia. Quizá sin la constancia de don Fernando y doña Isabel el emirato nazarí hubiera contemplado el siglo XVI y hubiera entrado en el Gran Juego del Islam de Occidente, al modo del tiempo de los benimerines.

                La conquista se consiguió con un notable despliegue militar y diplomático, que buscó la capitulación pactada. Varias de las comunidades antes sometidas a los emires adoptaron el estatuto mudéjar al comienzo, pero sus gentes no dejaron de mostrar su combatividad en las dos guerras de las Alpujarras, ahora oficialmente como moriscos. Solo se pudo acabar con ellos con la expulsión.

                Con semejantes gentes los emires nazaríes pudieron ser señores de un Estado menos fallido que otros coetáneos, la siempre fascinante Granada.

                Para saber más.

                LADERO, M. A., Granada. Historia de un país islámico (1232-1571), Madrid, 1989.

                MALPICA, A., Las últimas tierras de Al-Ándalus: paisaje y poblamiento del reino nazarí de Granada, Granada, 2014.

                Los atractivos comerciales de los espacios saharianos y sahelianos.    

                El Sahara dista de ser un espacio ayuno de Historia, pues ha sido habitado desde tiempos remotos por gentes inquietas y ha sido cruzado por notables rutas de comercio, que alcanzaron hasta Al-Ándalus. La introducción del camello en el siglo III resultó de notable importancia al respecto. Uno de sus viajeros más famosos fue el tangerino Ibn Battuta, que nos ha dejado una singularísima obra sobre sus andanzas desde el Extremo Oriente al interior de África.

                Viajar a través del Sahara no era algo al alcance de cualquiera en el siglo XIV, ya que se requerían medios, contactos sociales y la autorización del sultán meriní. No en vano, Ibn Battuta marchó en su comitiva de Marrakech a Fez, convertida en la capital de la dinastía. Allí logró la licencia para viajar al Sudán, el país de los negros, en el otoño de 1351. Reconstruida a voluntad de los meriníes, Fez era el punto de enlace entre las rutas que procedían de Túnez y el interior africano. Se ha sugerido que llevaba la misión de concertar una alianza entre el sultán y el emperador de Malí.

                Desde Fez, viajó a Siyilmasa, en la que ponderó sus dátiles por encima de los de Basora. Siguiendo los usos de cortesía del mundo islámico, se hospedó en la casa de un comerciante, cuyo hermano había conocido en la lejana China. Compró camellos y el 18 de febrero de 1352 se puso en camino en una caravana en la que participaban muchos mercaderes de la dinámica ciudad.

                Tras veinticinco días de viaje, llegó la caravana a la aldea de Tagazá, próxima a una mina de sal y habitada por esclavos de los bereberes massufa. Los esclavos se alimentaban con dátiles del Draa y Siyilmasa, con carne de camello y con mijo del Sudán. Los mismos sudaneses cambiaban el mijo por la valiosa sal. Ibn Battuta ponderó el valor de la sal en aquellos parajes. Si en la mauritana Iwalatan una carga de sal valía dieciocho meticales, en Malí alcanzaba hasta los cuarenta. En el Sudán, la sal cortada en pedazos servía de moneda, con una valoración similar a la plata y al oro.

                El aspecto modesto de Tagazá era aparente, pues allí se cerraban tratos por sumas de muchos quintales de oro en polvo.

                El viaje prosiguió hasta Tasarahla, con la guía experta de los massufíes, auténticos especialistas caravaneros que disponían de consumados exploradores para adentrarse en el desierto. Finalmente, la caravana llegó a Iwalatan en abril de 1352, donde se les vendía agua a los viajeros. Era el primer dominio del señor del Sudán, el emperador de Malí, cuyo delegado supervisaba los tratos comerciales.

                El más temido interior del desierto, con peligrosas serpientes y dunas que cambiaban de posición, había sido cruzado. En Iwalatan, Ibn Battuta contactó con los comerciantes de Salé, con residencias en el lugar. Nuestro viajero, no obstante, no se mostró nada satisfecho del comportamiento de los massufíes allí, pues permitían a sus mujeres ir desveladas a sus mujeres y que mantuvieran contacto con sus amistades de forma apacible. A su modo, el Sahara separaba sociedades distintas, unidas por los hilos del comercio y del interés.

                Fuentes.

                Ibn Battuta, A través del Islam. Edición de Serafín Fanjul y Federico Arbós, Madrid, 2005.

                Acerca del colaboracionismo mudéjar.

                El hundimiento del imperio almohade obligó a muchos poderes locales andalusíes a alcanzar algún tipo de acuerdo con los conquistadores hispano-cristianos. En la primavera de 1244 Jaime I todavía asediaba Játiva. Alcanzaría con el infante don Alfonso de Castilla un acuerdo, el del tratado de Almizra. Es probable que poco después del tratado y de la toma de Játiva, Cocentaina pasara a manos de Jaime I, antes del estallido del enconado enfrentamiento con Al-Azraq (1245-58). Sus nuevos tiempos distaron de ser fáciles: los 2.000 sueldos de la pecha de 1255 cayeron a 1.000 en 1262. Sin embargo, a diferencia de la vecina Alcoy, en la Cocentaina de la Baja Edad Media se consolidaría una importante comunidad mudéjar, quizá porque se entregara por pleitesía o con condiciones. Los musulmanes conservaron su fe, sus leyes, sus autoridades judiciales y aceptarían pagar al rey los impuestos de época almohade, como el almagram o la sofra, todavía tributados en el siglo XV.

                No obstante, en la conquistada Cocentaina se organizó un importante municipio cristiano, con su justicia, cuyos registros se conservan desde 1269. Entre 1244 y 1249 unos sesenta y dos cristianos recibieron donaciones en sus términos. Las relaciones entre la comunidad cristiana y la musulmana no siempre fueron cordiales, precisamente. En 1269 Abd ar-Rahmán fue acusado de maleficio y se le aprehendieron cinco alfombras de paja, un cobertor viejo, dos colchones, cinco almohadas de pluma y otros elementos del escueto mobiliario andalusí, además de una ballesta, un arma muy difundida entre los musulmanes coetáneos. La paz del rey no aseguró la tranquilidad de muchos islamitas: Ibrahim ibn Ubaid ibn Faray denunció a Miguel de Moya por intentarlo degollar en la mezquita de Callosa.

                Sin la colaboración interesada entre musulmanes y cristianos nada hubiera funcionado. El justicia respaldaba las sentencias del cadí, los prohombres cristianos arrendaban las rentas de origen islámico, algunos musulmanes trasladaban el dinero de las rentas del baile y a veces los cristianos representaban ante la justicia a islamitas. La marcha de los musulmanes hubiera sido dramática para la viabilidad económica del nuevo municipio. En 1275 el derecho de molienda de los musulmanes del arrabal de Cocentaina se arrendó por cincuenta fanegas, un poco menos que las sesenta y seis de la villa cristiana. Además, el horno de la morería se arrendó a Pons Guillem por 210 sueldos, la carnicería a Pascual de Calatayud por 105, el derecho de prostitución de las musulmanas del arrabal al mismo Pons Guillem por 200, la alcaidía de los musulmanes al judío Salomón Alazarán por 80, el obrador de la tintorería a Ahmet Al-Qayna por 50, la almazara de la cera del arrabal también a Pons Guillem por 80, la almazara del aceite del arrabal a Miguel Pérez de Moriones por 40, y el obrador del jabón a García López por 10.

                Aquella Cocentaina mudéjar tenía su epicentro en el arrabal y se extendía por una serie de alquerías como Muro, Turballos, Gayanes o La Alcudia. El núcleo artesanal musulmán se consolidó en los siguientes cien años, a despecho de los problemas políticos, de escasez y epidémicos. En 1381, el horno de la morería devengó unos 204 sueldos, la carnicería del arrabal unos 632, la tintorería unos 90, la gabela del aceite unos 429 en 1385, y los veinte obradores unos 387 en 1385. Su arrendamiento por cristianos, junto a musulmanes, contribuyó a tal resultado.

                La sociedad mudéjar no era uniforme, distando mucho de ser un bloque homogéneo. La presencia de prostitutas en el arrabal resulta elocuente de la existencia de grupos marginados. Algunos musulmanes caían en situaciones de cautividad: una tal doña María reclamó en nombre de su marido Guillem Pons a Bernat de Valls dos moros blancos, tejedores, de treinta años. Joan Alegre fue acusado en 1275 de apresar a un musulmán y a una musulmana de Seta. Los grupos dirigentes, los que encabezaban la aljama, disponían de mayores recursos y de otros resortes. Cuando el alamín y su hijo fueron investigados por la muerte del musulmán negro Cordomen, ofrecieron fianzas por ellos hasta seis islamitas. Las redes clientelares y familiares fueron esenciales para ejercer el poder y evitar serios problemas.

                Entre la minoría dirigente y los grupos marginados se situarían los artesanos y los labradores, algunos con terrazgos y bueyes propios. Ahmet ibn Yahya recibió en herencia de su familiar Alí ibn Yahya de Turballos un buey y tres besantes en 1269. Sin embargo, al no quedar claro si vivía otro familiar más próximo a Alí, Ahmet tuvo que recurrir a la protección de Roí Martínez de Azagra. Los labradores mudéjares, al igual que los cristianos, no debían introducir sus yuntas de bueyes en la huerta ni en las acequias. Los de uno y otro credo estuvieron pendientes de las inclemencias meteorológicas y de los problemas de crédito, pero los musulmanes a veces se convirtieron en aparceros o exaricos de propietarios cristianos.

                Uno que lo lamentó amargamente fue Alí Al-Badi, que pleiteó en 1275 con Ramón de Canet. Había arrendado una labor de secano y de regadío en La Alcudia, con gran importancia de los olivos, y el propietario le reclamó importantes pagos. La representación de Pere de Tudela no le sirvió de mucho. Ramón de Canet presentó en el juicio testigos musulmanes, le acusó de dañar sus olivos y se le reprochó que bebiera vino en la taberna. El cadí lo condenó y se le embargó su ballesta ante la falta de dinero. Poco más tarde, se le acusó de robar abejas, saliendo como fiador su hermano Muhámmad. El colaboracionismo mudéjar resultó útil a los propietarios cristianos.

                Las disputas entre propietarios cristianos y aparceros musulmanes no fueron infrecuentes. Abd al-Malik denunció a Joan de Vitoria por un cahíz y dos barchillas valencianas, correspondientes a la tercera parte de la labranza, junto a otros pagos. También recurrió a la justicia Emeric Ferrer, más tarde acusado de agresión, contra dos musulmanes por la quema de su heredad de Alfarrasí. Aquéllos se la habían arrendado por tres años, y disponía de 140 árboles, 70 pies de higueras y 3 olivos, todo por valor de 213 sueldos.

                La carencia de medios también golpeó a los mudéjares de Cocentaina, y los de la cercana Fraga tuvieron que contraer deudas con cristianos. Entre 1276 y 1277 varias comunidades mudéjares del reino de Valencia se levantaron en armas, pero la de Cocentaina no se sumó a la rebelión. Los acuerdos y los intereses mutuos entre prohombres mudéjares y cristianos contribuyeron a mantener el statu quo.

                Fuentes.

                Joan J. Ponsoda, El català i l´aragonés en els inicis del Regne de València segons el Llibre de Cort de Justícia de Cocentaina (1269-1295), Alcoy, 1996.

                Los réditos señoriales arrancados de una comunidad mudéjar.

                Entre finales del siglo XIV y comienzos del XV, el reino de Valencia todavía no se había restablecido de los estragos causados por la epidemia de peste y por la guerra con Castilla, pero ya se estaban poniendo las bases de su posterior desarrollo económico. Sus comunidades mudéjares aportaron productos y servicios de gran valor comercial, atrayendo a mercaderes de distintos puntos de Europa a sus puertos.

                La baronía de Cocentaina dispuso por aquel entonces de una importante morería en su Arrabal, cuyas gentes pagaron un buen número de impuestos. En los mejores años, tal aportación equivalió a un poco más de la quinta parte de todos los ingresos señoriales de la baronía. Tales fueron las cantidades, en sueldos, recaudadas:

Año.

Baronía.

Arrabal.

Porcentaje de las rentas del Arrabal.

1379

21.130

4.302

20´3%

1380

25.850

7.262

28%

1381

25.039

3.966

15´8%

1382

23.061

4.079

17´7%

1385

25.737

2.657

10´3%

1386

17.934

200

1´1%

1421

21.544

4.311

20%

1425

20.916

4.026

19´2

1426

16.018

4.148

25´9%

1428

14.851

4.182

28´1%

 

                En estos resultados debe tenerse presente que en 1381 se incluyeron los  3.794 sueldos del morabatí, que empezó a recaudarse en 1379. Además, la recaudación de la aljama de 1385 solo incluyó la parte pagada antes del relevo del alamín en el mes de noviembre.

                Los ingresos de la baronía entre 1379 y 1385, coincidiendo en líneas generales con el señorío de la reina Sibila de Fortià (esposa de Pedro el Ceremonioso), se mantuvieron en unos niveles aceptables. La revisión de la administración de las rentas y el emprender ciertas obras públicas resultó provechoso. Estos buenos resultados también se dieron en el Arrabal.

                Sin embargo, las cosas se torcieron para los mudéjares en 1385, y sus aportaciones se hundieron al año siguiente. Las incursiones granadinas en el Sur del reino de Valencia provocaron una gran inseguridad, además de desatar la violencia contra aquéllos. Los de Cocentaina la padecieron a manos de cristianos de otras localidades vecinas.

                De 1421 a 1428, bajo el señorío de la reina Yolanda (la última esposa de Juan I), volvemos a disponer de datos. La aportación mudéjar se mantuvo firme, pues fundamentalmente pagaron cantidades fijas anuales. Mientras tanto, las circunstancias adversas mermaron las aportaciones generales de la baronía al tesoro señorial. En suma, una comunidad mudéjar fue una verdadera garantía de renta para una señora de entonces, bien dispuesta a concertar préstamos para mantener su nivel de vida.

               Fuentes.

                ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN.

                Real Patrimonio, Maestre Racional, nº. 2647, 2648 y 2649.

              La prostitución entre los mudéjares.

                El ejercicio de la prostitución tiene una larga Historia. En las sociedades medievales, llegó a estar autorizada como un mal menor, y el pago de derechos a las autoridades por la misma se legitimó en la Europa cristiana como una forma de expiación.

                En la Valencia bajomedieval, su regulación también se extendió a las comunidades mudéjares, como la de la ciudad de Valencia, antes del asalto de su morería del 29 de mayo de 1453.

                Precisamente el 8 de febrero de aquel año, el síndico de su aljama Alí Xupió y sus adelantados Abdalá Ripoll y Abdalá Çaforí arrendaron el derecho a ejercer la prostitución en su morería, el derecho de bailía.

                El arrendatario fue el carpintero de la ciudad de Valencia Joan Calderer, cuyos fiadores fueron el notario Joan Rull y el comerciante Joan Pallà, ambos ciudadanos de Valencia. El negocio de la prostitución en la morería interesaba a quienes querían hacer fortuna. Calderer debía pagar en cuatro plazos cuarenta libras anuales.

                El derecho incluía el uso de la casa para las prostitutas, sin lugar a dudas las menos consideradas a todos los efectos en este particular trato.

                Fuentes.

                Manuel V. Febrer, Les aljames mudèjars valencianes en el segle XV, Valencia, 2006, D. 67, pp. 228-229.

                La movilidad de los mudéjares y los poderes cristianos.            

                La población musulmana del reino de Valencia suscitó temor entre las autoridades y la población cristiana en más de una ocasión, pues se consideró que tomarían las armas en rebelión o marcharían a países islámicos, que se verían favorecidos con su llegada.

                Sin embargo, la movilidad de los mudéjares era muy necesaria si se quería conseguir mayores rentas de ellos. En 1337, Pedro IV de Aragón se dirigió a sus oficiales y súbditos, tanto a los presentes como a los venideros, para que respetaran el salvoconducto de los de Eslida hacia el lugar de Artana, que se trataba de vigorizar. Precisamente, el castillo de Artana había formado parte de los dominios de Guillem Romeu, que tuvo dificultades para pagar sus deudas a Jaime I.

                Consciente de la importancia de tolerar ciertos movimientos, el infante don Martín (hijo de Pedro IV) autorizó en 1379 a los de Eslida a poder peregrinar a la meridional Adzeneta a venerar la tumba de un renombrado santón.

                No en vano, los mudéjares de Eslida pagaban cuantiosas sumas de dinero a sus señores, como los 6.971 sueldos de censal asumidos por su aljama, alquerías y lugares, que entrañaba un desembolso anual de 348 sueldos. Las gracias no eran precisamente gratuitas.

                Fuentes.

                ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN.

                Cartas reales, Pedro IV, 0013.

                Los mudéjares de Castilla la Nueva.

                La conquista cristiana de Al-Ándalus no terminó con toda la población musulmana, pues a las nuevas autoridades les convino disponer de trabajadores y contribuyentes. Por ello, los reyes de Castilla atrajeron a sus dominios más alejados de la frontera con Granada a mudéjares, que conformaron comunidades organizadas.

                En el territorio de Castilla la Nueva, tenemos constancia de su presencia de los libros de contabilidad de Juan Mateo de Luna de fines del siglo XIII. De hecho, intervinieron en 1345 maestros mudéjares en la construcción de Nuestra Señora de Uclés.

                La presencia mudéjar aquí llegó hasta inicios del XVI. Con motivo del pago del servicio y medio servicio en 1463, la comunidad de Toledo pagó 8.500 maravedíes; la de Escalona, 4.000; El Aldeuela, 3.500 maravedíes; las de Montalbán, Montalbanejo, Alconchel, El Congosto, Zafra, San Clemente, Santa María del Campo y Valverde, 1.400 cada una; y la de Castillo de Garci Muñoz, 1.000.

                En las pechas de 1495 se hizo expresa mención a las aljamas de Cuenca, Huete, Castillo de Garci Muñoz, San Clemente y El Congosto. En las de 1501, al filo de la conversión forzosa, Huete, Salmerón y Valdolivas aportaron 2.000 maravedíes cada una; Cuenca y Castillo de Garci Muñoz, 600; El Congosto, 400; y San Clemente, 200. El paisaje de la Castilla la Nueva de la Baja Edad Media, con núcleos de población concentrados, no hubiera sido el mismo sin ellos.

                Para saber más.

                Miguel Ángel Ladero, Los mudéjares de Castilla y otros estudios de historia medieval andaluza, Granada, 1989.

                De mudéjares a moriscos, Aragón.

                Alfonso VI pretende ganarse a los musulmanes de Zaragoza (1086).

                “Mientras, Alfonso estaba asediando Zaragoza, pues había jurado que no la dejaría hasta que entrase en ella –el destino, empero, se empeñaría en lo contrario. Al-Mustain, señor de Zaragoza, le había ofrecido grandes riquezas por su cese y retirada de ella, pero él rechazó todo lo rechazable.

                “Él daría, a todo aquel que del Islam se le sometiese, justicia y protección, y bondad en lo privado y en lo público –pues se tomaría a pecho la equidad y la seguridad al frente de ellos. Les prometió que no estarían obligados a otras cosas que lo que la tradición islámica hacía obligatorio, y que en lo demás los dejaba en libertad. Era cosa bien sabida que él había distribuido a las gentes pobres de Toledo cien mil dinares, para que se ayudaran con ellos en la siembra y el cultivo. Entonces la gente de Zaragoza pedía aclaraciones sobre la veracidad de sus palabras y la certeza de sus hechos.”

                Ibn Al-Kardabus, Historia de Al-Andalus. Edición de Felipe Maíllo, Madrid, 1986, p. 114.

                La morería de Zaragoza, según Jerónimo Münzer (1495).

                “Los sarracenos (viven) más abajo del monasterio de los frailes menores, tienen un espacio reservado y una ciudad donde habitan en bellas y limpias casas, con tiendas para vender y una hermosa mezquita…”

                Citado por María Isabel Álvaro, “Las casas de los mudéjares y de los moriscos en Aragón. Localización, espacios, funcionalidad y ajuar”, La (s) casa (s) en la Edad Moderna, Zaragoza, 2017, pp. 193-230.

                La conversión de los mudéjares de Teruel (1504).

                “Después de ser convertidos a nuestra santa fe católica, los dichos moros de la dicha ciudad y como la aljama a gloria y alabanza de nuestro Señor Jesucristo es deshecha y disuelta, y son todos cristianos no han pagado censal alguno”

                Citado por Vidal Muñoz, “Morería medieval”, Diario de Teruel (11 de enero de 2015).

                Número de moriscos aragoneses en vísperas de la expulsión.

Población del reino de Aragón en 1603 (censo de Tomás González)

66.547 vecinos o casas

Población morisca en 1609 (censo del virrey, el marqués de Aytona)

14.109 vecinos o casas

 

                Citado por Joan Reglà, Estudios sobre los moriscos, Barcelona, 1974, pp.78-79.

                El inquisidor Miguel Santos de San Pedro advierte del peligro morisco al vicecanciller de Aragón (16 de abril de 1610).

                “Los moriscos de este reino, con la expulsión de los de Valencia y Castilla, juzgando sería lo mismo de ellos, han dejado sus tratos y de labrar las heredades y han vendido cuanto tenían, hasta camas, platos y escudillas, y muestran mucho regocijo y llega su desvergüenza a decir que han de resistir su salida, y están en tal estado que por la conservación del reino conviene hacer la expulsión con toda brevedad, porque como no hay quien fie de ellos ni les preste como hasta aquí para sus necesidades, hallándose sin ningún mantenimiento y el dinero que han sacado de sus haciendas, se entiende que la mayor parte lo han pasado a Francia, y lo poco que les ha quedado lo han de consumir en pocos días y ha de ser fuerza que perezcan de hambre, y que de haber mortandad y peste entre ellos y seguir contagio al reino, y viéndose afligidos con el hambre han de robar y hacer muertes en cristianos y delitos atroces, y si tuviesen algún aliento del turco o alguna ayuda de los que se han pasado a Francia, se puede temer que se levanten y aun sin tener ayuda, pues lo dicen, y se apoderen de algunos lugares y puestos fuertes adonde hay indicios tienen bastimentos y armas.”

                Citado por Joan Reglà, Estudios sobre los moriscos, Barcelona, 1974, pp. 172-173.