EL ORIGEN DEL MUNDO SEGÚN LOS VIKINGOS. Por Carmen Pastor Sirvent.

10.10.2014 12:52

    Quizá la palabra vikingos no sea muy adecuada para designar a los pueblos escandinavos de cultura germana que entre los siglos VI y X protagonizaron una sonada expansión, no siempre guerrera, desde el interior de Asia a la costa atlántica norteamericana. Artistas de la palabra además de maestros de la navegación y en el hacha expertos, sus relatos cumplieron la función explicativa del mito, interesando a literatos, historiadores y antropólogos de sucesivas generaciones. Ellos también se preguntaron por el comienzo del mundo, y ofrecieron su particular explicación.

    Al comienzo de todo sólo existía un insondable y grandioso abismo, a cuyo Septentrión se extendía hasta el infinito un país de nubes, ubicándose en su centro una fuente de la que manaban doce ríos glaciares. En cambio el fuego todo lo invadía al Meridión, surcado por ríos de ponzoñoso veneno, que con el correr del tiempo se fue derramando sobre el abismo. Cuando la ponzoña ganó solidez, una nórdica escarcha lo cubrió con su característico manto. De repente, un buen día, empezó a soplar un viento cálido del Sur, que convirtió la escarcha en derretidas gotitas, de gran singularidad.

    De aquéllas surgió el primer habitante, el gigante Ymir, cabeza de la progenie de todos los gigantes, como el gran Bor, padre a su vez de los dioses Odín, Vili y Ve. La cordialidad no imperó en la familia precisamente, y los divinos descendientes declararon una feroz guerra a muerte a los gigantes, finalmente aniquilados.

    Ymir cayó en el fragor de los combates, y de su carne los vencedores elaboraron el suelo terrestre, los mares de su sangre, las montañas de sus huesos y los árboles de sus cabellos. Con su craneo se dispuso la bóveda celeste, de la que prendieron las veloces chispas del fuego  meridional, origen del sol, de la luna y de todos los astros del fimamento, a los que los dioses impusieron el orden de la regularidad, pues de ellos procedía toda ley.

    De la tierra comenzaron a emerger unas larvas que adquirieron la fisonomía de enanos, incapaces de reproducirse, pero que consiguieron perpetuarse gracias al favor divino. Aquel joven mundo se encontraba todavía vacío a la espera de una criatura de especial valor...

    Y fue entonces cuando los dioses crearon de los troncos de los árboles a los humanos, cuya primera pareja estuvo formada por Ask y su compañera Embla, a los que Odín otorgó el primer aliento, Henir el alma y la razón, y Lodur la sensación del calor y el placer de los colores. La entrada del infierno se confió a la diosa Hel, ayudada en la custodia por un terrible perro.

    Tales tradiciones fueron ensamblándose progresivamente hasta conformar un relato coherente, transmitido oralmente por los elementos sacerdotales, que fue compartido por otros pueblos germanos, como los antepasados de los visigodos, cuyo origen Jordanes estableció en la misma Escandinavia. Es fácil ver el influjo de la grandiosa naturaleza nórdica y de las trifulcas familiares de aquellas sociedades en estos relatos, en los que la observación de la realidad cotidiana escala hasta las alturas de lo universal. No en vano de los sinuosos árboles procedemos las personas, con nuestro misterioso halo divino. Entre los vikingos ya latía el pálpito del origen trágico de las cosas, similar a los terribles dolores del parto.

    No hemos de contemplar a aquella Escandinavia como una isla, apartada de todo contacto con el resto del mundo. Elementos de la mitología griega, como la lucha a muerte contra los titanes, se descubren con facilidad, pues no en vano la ruta del ámbar enlazó los mares Negro y Báltico desde el primer milenio antes de Jesucristo. Griegos y romanos también fueron inquietos exploradores, y desde su limes el Imperio extendió su comercio y encantos hacia el Norte y el Oriente. Los mitos vikingos demuestran que la globalización no se improvisa, y que emana en el fondo del común deseo de todos nosotros de explicarnos nuestro propio ser y las circunstancias de nuestro estar.