EL PRÍNCIPE NEGRO CONTRA ENRIQUE DE TRASTÁMARA EN NÁJERA. Por Verónica López Subirats.

02.11.2017 15:39

                

                En 1366 aragoneses y castellanos combatían porfiadamente. Los primeros habían sufrido duras pérdidas, pero el enfrentamiento entre Pedro I y su hermanastro Enrique de Trastámara rebrotó con fuerza en Castilla. Con la inestimable ayuda de Pedro IV de Aragón, Enrique pudo alzar un ejército con importantes contingentes mercenarios, que erraban por una Francia donde ya se habían librado las primeras fases de la guerra de los Cien Años. Se aventuraron las huestes de Enrique en Castilla y en 1366 Pedro I tuvo que escapar en busca de ayuda. Desde los estudios de Carmelo Viñas y Mey, se ha sostenido que Pedro contó con el apoyo de muchos mercaderes ciudadanos y comunidades judías, y Enrique con el de gran parte de la nobleza y de los contrarios a los judíos.

                La consolidación de una alianza entre un nuevo monarca castellano y el rey de Francia, con el consentimiento del de Aragón, preocupaba sobremanera al veleidoso Carlos el Malo, importante actor en la política francesa y monarca de Navarra, y a los hasta ahora triunfantes ingleses. En una acrecentada Aquitania gobernaba Eduardo de Woodstock, el heredero del trono inglés que ha pasado a la Historia con el sobrenombre del Príncipe Negro por su bruñida armadura.

                Pedro I consiguió su interesada ayuda, al igual que la del espectral rey de Mallorca y del calculador de Navarra. Le prometió el señorío de Vizcaya y Castro Urdiales. La ocasión para pasar a la acción resultaba propicia, pues importantes contingentes de mercenarios no habían sido convenientemente retribuidos por Enrique de Trastámara. El Príncipe asoldó unidades mercenarias y convocó a sus feudatarios aquitanos para una campaña que prometía extender la lucha de la guerra de los Cien Años a la península Ibérica.

                En esta situación, Carlos de Navarra actuó con maquiavelismo, pues no deseaba verse expuesto a un golpe fatal. Por una parte pidió a Enrique que cerrara los pasos pirenaicos y que los abriera el Príncipe por otra. Mientras, él simuló quedar preso de un capitán mercenario en uno de sus castillos.

                Los dos oponentes se movieron hacia el combate. Al frente de un ejército que algunos han cifrado en cerca de 20.000 hombres, entre mercenarios y fieles de distintas procedencias, Enrique tomó posiciones en la estratégica Santo Domingo de la Calzada. Como las huestes del Príncipe tomaron otra vía de acceso a Castilla, marchó hasta Vitoria y después a Anastro, en el camino entre aquélla y Burgos.

                Los ejércitos enemigos se encontraban cerca uno del otro. El Príncipe envió una fuerza de reconocimiento de cien hombres de armas reciamente armados, al modo de las cabalgadas de los ingleses en tierras francesas. A su vuelta, se toparon con la numerosa caballería ligera de Enrique, que había hostigado. Plantaron cara en una elevación, en formación compacta y descabalgados, hasta ser vencidos.

                No fue, sin embargo, el prolegómeno de una gran batalla allí y durante una semana ninguno de los ejércitos hizo ningún movimiento hasta que el Príncipe emprendió ruta hacia Logroño, partidaria de Pedro I. Enrique lo siguió y atravesó el Ebro por Haro hasta alcanzar Nájera, a nueve kilómetros de Navarrete, donde se encontraba el Príncipe con el camino de Pamplona cortado. Se avecinaba una gran batalla, la que al final se libró un 3 de abril de 1367 y que ha pasado a la Historia como la de Nájera.

                En el terreno plano un arroyo cruzaba de Norte a Sur. Enrique lo pasó al frente de sus fuerzas dispuesto a dar batalla en un escenario propicio a su caballería y donde demostrar su valor como nuevo rey de Castilla. Tenía el asesoramiento del comandante Du Guesclin, experto conocedor del modo de guerrear de los ingleses, bien capaces de quebrantar las cargas de caballería enemigas. Recomendó que las tropas avanzaran contra el enemigo precedidas de una vanguardia, a pie, formada por caballeros, escuderos, hombres de armas y ballesteros tanto franceses como castellanos. Sería el mordiente que abriría cuña.

                Enrique no quiso perderse la batalla y se dispuso al frente de unos 1.500 caballeros en el centro de su ejército. A sus flancos ubicó formaciones de mil jinetes ligeros y de otros mil de hombres de armas o de caballería pesada. En la tercera línea desplegó su infantería, en una táctica claramente ofensiva.

                Fiel a formaciones que tan buen resultado habían deparado a los ingleses en batallas anteriores, el Príncipe ubicó en primera línea a 3.000 hombres de armas junto a un número similar de arqueros para repeler y abatir a los atacantes. Al igual que Enrique, el inglés ocupó el centro de su ejército con 4.000 lanceros de Pedro I, pero en los flancos adoptó la misma formación de arqueros y hombres de armas, a la espera de la acometida de los corceles enemigos. En la tercera línea, el rey de Mallorca acaudillaría a las unidades de mercenarios gascones.

                Los dos ejércitos chocaron con estrépito y los del Príncipe no tuvieron más remedio que retroceder para no romperse. Animados, los caballeros de las alas castellanas se lanzaron contra las formaciones contrarias, al modo de las tácticas envolventes de las batallas contra los musulmanes. No se hizo caso del consejo de Du Guesclin, de permanecer alejados de las flechas inglesas y los arqueros hicieron una carnicería. Entonces, las tropas de los flancos avanzaron para reforzar al centro del Príncipe, que pudo ofrecer una fuerza más compacta.

                Enrique no se amilanó y ordenó atacar a su caballería, que chocó con los hombres de armas desmontados, capaces de descabalgar al rival en un apretado combate, con poco espacio para los movimientos cortos. Los ingleses prosiguieron disparando sus flechas y los del rey de Mallorca entraron en acción, contra el flanco izquierdo del ejército de Enrique.

                No pocos nobles castellanos cayeron capturados y por ellos se pidió un acrecentado rescate. Enrique pudo escapar y el Príncipe alzarse con la victoria. Las tácticas de combate de los ingleses habían vuelto a revalidar su eficacia, pero Pedro I no le pagó todo lo prometido. La campaña había sido costosa no solo en dinero sino también en hombres, ya que la disentería mató a uno de cada cinco soldados. El mismo Príncipe contrajo el mal, a resultas del que moriría en 1376. El elevado coste de la campaña determinó una subida de las cargas en Aquitania y el descontento contra el gobierno de los ingleses. Con no escaso esfuerzo, Enrique se fue rehaciendo. El 23 de marzo de 1369 logró acabar con su hermanastro Pedro en Montiel, y alineó a Castilla junto a la Francia de Carlos V, lo que puso en peligro la seguridad marítima de los dominios ingleses. La batalla de Nájera no fue al final provechosa para sus vencedores.