EL PROCESO CONTRA EL CADÁVER DEL PAPA FORMOSO. Por Verónica López Subirats.

05.09.2015 11:25

                Tras ocupar la sede romana cuatro años y medio, falleció el Papa Formoso en mayo del 896. Había intervenido en los agrios combates de la Italia postcarolingia y había coronado rey a Arnolfo de Carintia con la hostilidad de sus adversarios, especialmente los señores de Espoleto.

                Estos señores elevaron al solio pontificio al hijo de un sacerdote romano, Esteban VI, que se prestó a emprender un lúgubre proceso contra su antecesor. Se le acusó de haber llamado al de Carintia a Italia contra Guido de Espoleto.

                            

                El tribunal de un sínodo comenzó sus sesiones en febrero del 897. Se abrió la tumba de Formoso y se puso en un asiento su cadáver ante el tribunal. Se le acusó de usurpación. Su abogado defensor, un anciano diácono, fue denostado cada vez que trataba de ejercer su función.

                Todos los obispos nombrados por Formoso tuvieron que invocar una nueva consagración.

                Se declaró al difunto Papa culpable y se le depuso. Un sacerdote le arrancó los paramentos sagrados. Le amputaron los tres dedos de la mano derecha con la que daba la bendición y le cortaron la cabeza.

                Sus restos fueron arrojados a una fosa común, de donde fueron arrancados por la plebe para lanzarlos entre insultos al Tíber, donde según el Libro Pontifical unos pescadores lo recuperaron y lo trasladaron a la tumba de San Pedro entre las inclinaciones de reverencia de las estatuas de los santos.

                 A finales del siglo IX, por consiguiente, el Pontificado había descendido a uno de sus períodos más bajos, agitado por la lucha política sin contemplaciones. Una dura tarea aguardaba a sus restauradores.