EL SANTO MORO, UN YIHADISTA DEL SIGLO XV. Por María Berenguer Planas.

17.12.2014 06:57

 

                El emirato de Granada era el último vestigio de Al-Andalus a comienzos del siglo XV, en precario equilibrio diplomático e interior.

                El declive del imperio benimerín le había dado un respiro en el Estrecho, pero también le privaba de un contrapeso eficaz contra el expansionismo cristiano. La Corona de Castilla se mostraba amenazadora, aplacándola pagándole tributo. Los granadinos intentaron fortalecer sus relaciones con la Corona de Aragón y con Génova para refrenar a los castellanos, aunque a veces sólo consiguieron fortalecer a tales poderes cristianos.

                En el interior los grandes linajes se disputaban la autoridad efectiva, mermando el poder del sultán. Muhammad IX el Zurdo conoció un reinado pleno de altibajos políticos muy importantes, dejando de ejercer el gobierno durante no escasos años.

                La inestabilidad granadina y la cercanía de la frontera con los cristianos animaron poderosamente un género de vida guerrero, cantado en términos caballerescos en el Romancero. Las expediciones contra los cristianos fueron fuente de botín y de prestigio social, aureolándose a sus campeones como paladines del Islam que no se arrodillaban ante el aborrecido adversario. Ellos no pagaban el humillante tributo.

                En las animadas aguas mediterráneas, surcadas por naves de pabellones tan distintos, los piratas prosiguieron esta forma de guerra. Cuando disfrutaban del permiso de su monarca se convertían en corsarios con patente. En las treguas se contemplaba el cese de sus acciones.

                Muhammad IX, sin embargo, no era a la altura de 1421 la clase de sultán prestigiado por su buen gobierno o por su conducción de la guerra santa. Muchos lo cuestionaron, especialmente en el área de Almería, el gran puerto de los nazaríes antes que Málaga le arrebatara su primacía.

                Navegantes y mercaderes de allí mantenían activas relaciones con los castellanos de Cartagena, remozada en el Cuatrocientos como base de piratas, y con el reino de Valencia, cuyas comunidades mudéjares todavía ofrecían serios problemas de seguridad para los cristianos. En Almería cundió el descontento con Muhammad IX.

                La protesta fue capitalizada por una figura carismática que se apoyó en el mensaje religioso, llamado por los cristianos el Santo Moro. Se ignora su nombre exacto, pero su actuación dejó un rastro de saqueos.

                Al igual que algunos modernos dirigentes islamistas atizaría el mensaje yihadista para conseguir adeptos, botín y reconocimiento. Su mensaje no sólo caló entre la marinería almeriense, sino también entre el de las localidades comprendidas entre Bugía y Túnez, afectadas también por graves problemas sociales y por la amenaza de las armadas cristianas.

                El Santo Moro llegó a movilizar fuerzas cercanas a los 2.000 combatientes, y escuadras de 9 galeras y galeotas, castigando las costas de Murcia, Alicante e Ibiza, cuyas salinas acometió. Las autoridades cristianas del reino de Valencia se mostraron muy inquietas, e intentaron desplegar importantes fuerzas navales contra él.

                Muhammad IX también lo combatió, consciente de que cuestionaba muy seriamente su poder, pero nada logró, pues Almería le cerró sus puertas en defensa del carismático pirata.

                En 1426 el temible Santo Moro llegó a su final si seguimos la documentación conservada. Podía haberse convertido en el Barbarroja del siglo XV o incluso en un nuevo Ibn Tumart. ¿Qué le faltó? Su mensaje religioso estaría dentro de los cánones malikíes granadinos, sin grandes sobresaltos que pusieran en pie un nuevo movimiento islámico. Tampoco disfrutó del apoyo de una gran potencia como fueron los otomanos del XVI, ni quizá de ningún gran linaje de los que se disputaban Granada, dado el carácter popular y urbano de sus seguidores. Su aventura, más allá de lo anecdótico, acredita unos problemas que nos resultan comunes en esta hora del siglo XXI: la formación de poderes islamistas por grupos que cuestionan abiertamente Estados consolidados, su ligazón con las rutas comerciales y el intenso temor que despiertan.

                Apéndice documental. Los jurados de la ciudad de Valencia informan el 18 de septiembre de 1423 al comendador de Monzón don Rodrigo de Luna de las andanzas del Santo Moro.

                “Y comenzando con una, más tarde con dos y tres galeotas, ha aumentado tanto que ha venido a armar siete u ocho naves de remos, es decir, una galera y una galeota de veinticuatro bancos, y otras galeotas y naves menores con las que arribó a la isla de Ibiza, irrumpiendo en las salinas con quinientos o seiscientos moros combatientes que puso en tierra, cautivando de treinta a cuarenta cristianos y tomando ciento cincuenta cautivos moros que acarreaban la sal, y después, forzados los habitantes de la isla a refugiarse para su defensa en la villa, fue con todo el gentío de moros por toda la isla saqueando y destruyendo todas sus alquerías y masías, y cometidos diversos males, sin ninguna oposición ni resistencia, manifestó que no marcharía hasta que no lo hubiera arruinado todo. Y desde aquí, donde estuvo algunos días, partió con sus naves hacia la costa de Denia y Alicante, en cuyos mares tomó tres barcas cargadas de trigo, irrumpiendo después en la huerta de Alicante, que saqueó a su placer, haciendo tanto daño como pudo. En consecuencia creemos que retorne para atacar otra vez, y pensamos que llevado de su audacia volverá rápidamente a esta costa o a las islas de Mallorca o Menorca para continuar su mal propósito.”

                Epistolari de la València medieval (II). Introducción y edición de Agustín Rubio Vela, Valencia/Barcelona, 1998.

                Selección, traducción y adaptación de María Berenguer Planas.