FEDERICO BARBARROJA VENCIDO EN LEGNANO (1176). Por Gian Franco Bertoldi.

04.11.2017 08:24

                

                En el siglo XII, cuando los cruzados ya se habían hecho con el dominio de Jerusalén, la vida urbana adquiría vigor en muchas partes de Europa Occidental, como en la península Itálica. A decir verdad, el legado de la civilización romana nunca se había diluido del todo y no era infrecuente encontrar allí nobles guerreros que disponían de palacios en ciudades, desde donde controlaban unos dominios de extensión variable. No desdeñaron tales señores intervenir en la vida mercantil y en el siglo XI las expediciones mercantiles también lo fueron de piratería, de corso cuando se autorizaban por los gobiernos de las nacientes comunas urbanas. Pisa, Génova y Venecia se convirtieron en activos protagonistas de la política y la economía del Mediterráneo de las Cruzadas. Los pisanos combatieron con los catalanes de Ramón Berenguer III en la toma de la Ciudad de Mallorca a los musulmanes en el 1114, y otras ciudades italianas no le fueron a la zaga.

                Milán, erguida en la llanura del Po, había sido disputada por bizantinos, lombardos y carolingios en la Alta Edad Media. Bajo su arzobispado, la aristocracia local logró fortalecerse y la ciudad se benefició de sus recursos agrarios y de encontrarse en la ruta entre los pasos alpinos y Roma, siempre atrayente para los hombres de su tiempo por razones de fe y de interés más profano. Tal fue el caso de los emperadores germanos, sucesores de los monarcas carolingios de la Francia Oriental. Aquellos émulos de Carlomagno nunca abandonaron la pretensión de dominar la variopinta Italia y de dictar su ley en la prestigiosa Roma con la excusa de poner orden en los asuntos del Papado.

                En el 1152 accedió al trono del Imperio Romano Germano un hombre con un prestigio militar bien reconocido, Federico Barbarroja, que no tuvo problemas a la hora de suceder a Conrado III. La expedición a Italia era obligada para hacer reconocer su autoridad por parte de las díscolas aristocracias urbanas, y en el 1154 comenzó su ansiada campaña. Milán no le puso las cosas fáciles a Federico, que escogió la ciudad de Monza para coronarse rey de Italia. La indignación milanesa subió de tono cuando aquél rechazo la gracia de 4.000 marcos de plata. Entonces se coaligó con Tortona, la adversaria de Pavía que terminaría siendo tomada. A mediados del 1155, Federico se coronó con boato emperador en la Ciudad Eterna.

                Sin embargo, la posición de Federico I era frágil más allá de Italia, donde el sajón Enrique el León se sublevó contra él. También tuvo que someter Baviera en 1156. Con Alemania más tranquila y Enrique el León de su lado, el emperador consiguió hacerse con Milán en septiembre de 1158, pero a la muerte del Papa Adriano IV la situación volvió a ser conflictiva. En 1162 logró nuevamente conquistar Milán, pero su dominio era muy precario.

                Al año siguiente, las ciudades de Verona, Vicenza y Padua unieron sus fuerzas en la Liga Lombarda, que más tarde ganaría otros aliados. El emperador tuvo que emprender nuevas campañas, que a veces terminaron en desastre, como la de 1166, en la que las fiebres estivales aniquilaron a muchos de sus soldados.

                Los combates fueron forjando un verdadero partido contrario a la autoridad imperial en Italia, con apoyo de aristocráticos disidentes alemanes, el de los güelfos por la casa bávara de los Welfen. En 1174 la Liga Lombarda concertó una alianza con el Papa Alejandro III, deseoso de manifestar la superioridad del poder espiritual del Pontificado sobre el meramente político del Imperio. Milán pudo ponerse del lado güelfo y el 29 de mayo de 1176 se libró la batalla de Legnano, cercana a aquélla.

                Consciente del peligro, el emperador pidió ayuda a sus vasallos alemanes. Desde Suabia y Renania llegaron fuerzas a caballo mandadas por figuras como el arzobispo de Colonia. Muchos historiadores militares deploran la falta de fuerzas de infantería que se observarían en las filas imperiales.

                Tras varios movimientos, la vanguardia de la caballería milanesa, de unos setecientos combatientes, se topó con la de los trescientos de la alemana, que fueron sorprendidos. Al campo de batalla había llegado el simbólico carroccio, el carro de cuatro ruedas que servía de punto de referencia de la hueste de la ciudad, el ejemplo del coraje ciudadano dispuesto al sacrificio más allá de la hazaña caballeresca.

                Los milaneses y sus coaligados habían formado sus tropas con precaución, al abrigo de los bosques cercanos. Sus fuerzas de infantería se dispusieron con cuidado. Imbuido de espíritu caballeresco, Federico I Barbarroja arremetió con vigor al atravesar el campo para dirigirse contra las líneas enemigas. Parecía dispuesto a aniquilar de un golpe a su molesto adversario.

                Cuando los alemanes se acercaban, la caballería milanesa escapó y dejó a la infantería la responsabilidad de aguantar el embate, algo que hizo con gran entereza. No se trató de una huida, sino de una añagaza, pues los caballeros milaneses hicieron en el momento oportuno una maniobra de retorno para atacar a los imperiales por su flanco izquierdo.

                Las tropas de Federico I fueron vencidas por una combinación de resistencia de la infantería y arrojo de la caballería digna de los antiguos macedonios. Milán logró un resonante triunfo y Legnano se convirtió en un referente mítico del patriotismo italiano del Risorgimento.