GIOLITTI O LOS RIESGOS DEL PACTO. Por Gian Franco Bertoldi.

01.02.2016 07:33

 

                La política ha sido definida a veces como el arte de lo posible, capaz de ser alcanzado a través de pactos entre fuerzas dispares. La capacidad para la transacción, para el pacto, tan alabada en el régimen parlamentario británico, se ha contemplado como una garantía para el diálogo político y un antídoto contra la guerra civil.

                Cuando el pacto encubre acuerdos poco éticos entre partidos cuyo único interés es el suyo, sin matices y desnudados de toda propaganda, los españoles hablan de pasteleo. Bien mirado no es privativo de ellos, pues en otras naciones se prestan también a semejantes conciertos.

                Los italianos hemos gozado (o bien mirado padecido) fama de maquiavélicos, cuando precisamente Maquiavelo nunca fue un ejemplo de su censurado pensamiento político por tantos moralistas más maquiavélicos que él mismo. La nuestra es una nación de antigua y floreciente cultura y de Estado unificado reciente, de una emprendedora sociedad civil y de unos servidores públicos poco edificantes. No somos una anomalía histórica, sino fruto de nuestra Historia. Curiosamente hemos reverenciado a una Roma que ya se quejaba a sí misma de su declive moral.

                El reino de Italia que fundaron los cabildeos de Cavour y la épica garibaldina adoleció de muchos problemas, bien conocidos, de cohesión y de eficiencia. Giovanni Giolitti fue la clase de político que rigió el nuevo Estado. Burócrata experto, implicado en casos de corrupción financiera y defensor del orden público contra la agitación social, tuvo la capacidad de pactar con fuerzas tan dispares como los socialistas y los católicos. Su transformismo arrinconó principios y tendió la mano a oligarcas mafiosos y sindicatos con igual soltura en nombre del bien supremo del país.

                

                En 1913 impulsó el sufragio universal, pero en 1915 no logró impedir la entrada en la Gran Guerra de una Italia que con razón juzgaba mal preparada para tan dolorosa prueba. Los sufrimientos bélicos echaron leña al fuego a una nación que llegó a un estado de ebullición muy preocupante en 1918.

                

                La Rusia de los zares había saltado por los aires, la España de Alfonso XIII se situaba a las puertas de la revolución, se deshacía Austria-Hungría, Alemania alzaba la bandera republicana y Turquía se deshacía de los vestigios del sistema otomano. Ni los eufóricos Estados Unidos, donde tan temidos eran los ácratas italianos, parecían a salvo de la protesta radical.

                Entre los italianos asomaba ya las orejas el lobo fascista en forma de agresiones, disturbios y baladronadas. Hartos de la vieja casta política, las empobrecidas gentes de Italia buscaron sus mesías. En las elecciones de noviembre de 1919 las fuerzas de la nueva política (la de los socialistas y de los populares católicos) consiguieron 256 de los 508 escaños del parlamento. Todo parecía entonces posible, aunque aquéllas se mostraron más irresolutas de lo que se había pensado.

                

                Consiguió una vez más el viejo león Giolitti retornar al poder, pero su miedo a una revolución bolchevique a la italiana le llevó a no frenar seriamente a los fascistas. Creyó el encantador de serpientes que llevaría a los zorros al redil, pero fueron éstos los que terminarían convirtiendo la parlamentaria Italia, con todos sus defectos y corruptelas, en una barraca fascista. Tarde se daría cuenta que los principios, aunque sea a veces, son irrenunciables. Tras la marcha sobre Roma de 1922 los enemigos de la libertad desgarraron con constancia todo parlamentarismo. De poco, de nada, sirvió la oposición tan tardía como testimonial de Giolitti al monstruo. El viejo liberal murió apartado al tiempo que fenecía la Italia liberal de sus años mozos.