HERACLIO, EL SAN JORGE BIZANTINO QUE ABATIÓ AL DRAGÓN PERSA. Por José Hernández Zúñiga.

12.11.2014 16:12

                En el alba del siglo VII los romanos de Oriente, los bizantinos, se batían en retirada desde la Península Ibérica a Mesopotamia. El gran sueño de Justiniano había naufragado, y Constantinopla podía caer bajo el dominio de nuevos bárbaros. En los Balcanes se abrían paso con fuerza las oleadas eslavas  y los guerreros del jefe supremo de los ávaros.

                La peor amenaza se cernía por el Oriente, donde el imperio persa henchido de orgullo y fuerza se aprestaba a recuperar los días de gloria de los Aqueménidas. Desde el siglo III los romanos habían encajado sensibles golpes por aquellos límites.

                En el 610 el nuevo emperador bizantino, Heraclio, ascendió al trono. Parecía destinado a contemplar la ruina de la Segunda Roma. La evacuación persa de Cesárea en el 611 no fue seguida de la reconquista de gran parte de Asia Menor. Es más, los bizantinos retrocedieron en Armenia y Siria.

                Envalentonados, los persas del rey de reyes Cosroes II los derrotaron en Antioquía, avanzando hacia el Sur y el Norte hasta tomar Damasco y Tarso en el 613. Su arrojo creció en el 614, cuando expugnaron la Ciudad Santa, Jerusalén, tras tres semanas de porfiado asedio. Quemaron edificios como el Santo Sepulcro erigido por mandato de Constantino el Grande. No contentos, infligieron otra mortificante humillación a los bizantinos, la de llevarse a Ctesifonte como botín de guerra la Santa Cruz. Los días de la Segunda Roma parecían a punto de fenecer, y los de la nueva Persia de florecer con gloria: unidades persas alcanzaron el Bósforo en el 615. El granero del imperio, Egipto, retornó a sus manos en el 619. Todo parecía perdido. Cosroes menospreciaba a Heraclio como su siervo.

                Se equivocaba. El bizantino era un hombre correoso y aguerrido. Con decisión alentó una nueva ordenación administrativa y militar, capaz de sustituir a la carcomida de tiempos de Diocleciano. En las tierras todavía bizantinas del Asia Menor se implantaron grupos de militares agraciados con lotes de tierra, las themas dirigidas por estrategas. Aquellos soldados pegados al terreno serían tanto el antemural de la defensa como la punta de lanza ofensiva contra los persas.

                Consciente de sus límites, Heraclio se avino a pagar tributo al señor de los ávaros en el 619, y escogió al enemigo más peligroso. Seleccionó tropas de arqueros montados, y en el 622 se adentró en el Asia Menor con determinación, alcanzando Armenia.

                Cosroes II, altanero, rechazó su oferta de paz en términos blasfemos. Heraclio libró una verdadera guerra de religión contra los enemigos de Jesucristo, con el entusiasta apoyo de la Iglesia. En el 623 sus huestes tomaron Ganzak, y no vacilaron en quemar el templo dedicado a Zoroastro como represalia por la profanación de Jerusalén.

                Heraclio se hizo fuerte en Armenia y procuró alcanzar el corazón del imperio persa envolviéndolo por su extremo septentrional. Los de Cosroes II no se amilanaron.

                Haciendo realidad la pesadilla de Heraclio, en el 626 persas y ávaros se dieron la mano ante Constantinopla, cuya supervivencia dependía de sus murallas y de las plegarias alzadas a los cielos. La salvación providencial llegó en forma de armada que aniquiló a las embarcaciones ávaras. Los persas abandonaron sus posiciones. La Segunda Roma celebró con júbilo su salvación.

            

                Era hora de devolver el golpe. Afirmado con su alianza con los jázaros, Heraclio atacó contundentemente. Triunfó en la sangrienta batalla de Nínive en diciembre del 627, y en enero del 628 entró triunfalmente en Dastagerd, centro palaciego de primerísima relevancia persa.

                Entonces el bravo Cosroes II cayó ante sus disidentes, que se no perdieron tiempo en elevar a su hijo Siroe. Se firmó la paz, y los bizantinos recuperaron todo lo perdido ante los persas.

                                                

                El milagro político se produjo. Heraclio fue con toda justicia recibido como el Mesías, entre ramas de olivo y cánticos de júbilo, en Constantinopla. Su apoteosis vino cuando restituyó en la primavera del 630 la Santa Cruz a Jerusalén. En el 641 pasó a mejor vida. Unos nuevos bárbaros irrumpían entonces en el imperio bizantino, los árabes adalides del Islam, bien dispuestos a aprovechar el agotamiento entre San Jorge y el dragón persa.