HUNGRÍA VENCIDA POR LOS OTOMANOS. Por María Berenguer Planas.

12.02.2015 06:51

                

                La húngara había sido una de las grandes monarquías de la Europa Oriental en el siglo XV. Sus reyes, como Matías Corvino, golpearon con enorme fuerza a los turcos otomanos. A pesar de garantizar importantes prebendas a los grandes nobles, no se dejaron dominar por ellos generalmente y crearon un importante ejército de caballería con las aportaciones de sus feudatarios.

                La corona de Hungría se vinculó a otras casas reinantes, como las de Polonia y el Sacro Imperio Romano Germánico. Precisamente el renacentista Luis II era cuñado de Carlos V. Bajo su reinado los magnates ganaron poder. La desunión de los barones resultaría fatal ante un rival formidable, el sultán otomano Solimán el Magnífico, empeñado en expandir su imperio.

                En 1525 los turcos emprendieron una aparatosa campaña hacia la cuenca danubiana, conocedores de los problemas internos húngaros. En julio de 1526 los de Solimán alcanzaron la estratégica Belgrado, por la que tanto habían combatido húngaros y turcos en el pasado.

                Desde allí los ejércitos de la media luna atacaron distintas fortalezas, defendidas por aguerridas pero insuficientes guarniciones. Una a una cayeron en sus manos. Luis II no había preparado debidamente la frontera de sus estados.

                Los historiadores húngaros disculpan en cierta medida al desdichado monarca aduciendo que no recibió la pertinente ayuda de Polonia y del emperador Carlos, demasiado enfrascados en sus propios asuntos. Los bohemios no comparecieron debidamente. Lo cierto es que en unas condiciones mejorables Luis II ofreció batalla a Solimán.

                Corría el 29 de agosto de 1526 en la llanura de Mohács, apta para las evoluciones de caballería tan características del territorio. Unos 70.000 turcos formaron en profundidad calculada, disponiéndose al frente dos líneas de caballería. Los competentes jenízaros ocuparon el centro de la formación y se dispuso en retaguardia la artillería, presta a actuar en el momento más oportuno.

                Frente a tan compacta disposición, los 35.000 húngaros se desplegaron en dos largas líneas de combate, simultaneando los infantes y los caballeros para lanzarse con rapidez contra sus adversarios.

                La primera línea húngara picó espuelas con bravura, impactando con energía contra los turcos, que parecieron desconcertados ante la acometida. Era una impresión superficial. Sin embargo, Luis II ordenó cargar a todas sus unidades, seguro de haber desarbolado a los de Solimán. Los húngaros quedaron enredados entre la profundidad de las líneas turcas, capaces de imponer su superioridad numérica y su estratégica artillería.

                La flor de la caballería húngara y su rey cayeron aquel día en el campo de batalla. El descabezado reino sería finalmente dividido entre el hermano de Carlos V, don Fernando, futuro emperador del Sacro Imperio, y los otomanos. Los dos se verían las caras en más de una ocasión. El resultado de Mohács impulsaría a Solimán a nuevas empresas, como la que le llevó ante Viena en 1529.