JAPÓN AMENAZA LAS FILIPINAS EN 1592. Por María Berenguer Planas.

15.09.2014 13:45

 

                En la primavera de 1592 saltaron las alarmas en Manila. El rey de España fue informado por Gómez Pérez del peligro que se cernía sobre las posiciones españoles en el archipiélago filipino. Los jesuitas estaban al tanto de las interioridades de la política japonesa, que las comunicaron cumplidamente a los teatinos para que informaran a las autoridades españolas en Filipinas. Grandes empresas se preparaban en el Japón.

                Allí había tomado el poder de facto Toyotomi Hideyoshi, el Convacondono de los documentos españoles, que ofrecen de él una imagen peyorativa. De baja cuna y cortador de leña en sus años mozos, había ascendido al shogunato tras duros combates. Persiguió con saña a las personas de linajes de alta alcurnia, y gobernó a través de gentes de baja condición. Los jesuitas insinuaron con claridad su condición de tirano, susceptible de eliminación pública.

                En su atrevimiento había enviado espías a Corea bajo el vestido de peregrinos cristianos con el rosario al cuello, pretextando visitar otros establecimientos cristianos. En Filipinas había actuado de igual modo para conocer de primera mano la posición militar y política de los españoles. Sabía emplear la fe de Cristo en su beneficio, al servicio de una ambición que abarcaba no sólo Filipinas y Corea, sino el mismo imperio chino.

                En las aguas pacíficas las naves japonesas se dedicaban por igual al comercio y a la piratería, al igual que en otros mares y océanos, pero a la vista de lo expuesto sus movimientos adquirían mayor gravedad, recordando los de Inglaterra en el Atlántico. Sus corsarios atacaban no solamente a los naturales de aquellos países, sino también a las fragatas y naves ligeras españolas con la excusa que eran chinas. Eran los prolegómenos de una invasión.

                Que se esperaba para abril de 1593, ante la pasividad de las autoridades españolas y la carencia de medios militares suficientes para frenar al nipón, que había alistado tres ejércitos de cincuenta mil soldados cada uno. Si hubieran desembarcado en Filipinas, el poder hispánico hubiera fenecido. Su objetivo, sin embargo, fue la más cercana península coreana, bajo el protectorado chino, en la que se libró una agotadora guerra.

                ¿Un aviso sin más? El temor de 1592 no remedió la fragilidad militar española en el Extremo Oriente, pero sí puso las bases de una política de defensa más decidida. Se reclamó la llegada a Manila y a otros puntos de Filipinas de unidades procedentes directamente de Castilla, de profesionalidad militar acreditada. Desde la Nueva España se enviarían socorros que contribuyeran a su protección, dada la importancia del galeón de Manila para la economía del Pacífico hispánico.

                En cierta manera el año de 1592 resultó crucial para la Historia de Asia y del Pacífico. Al decantarse los japoneses por la invasión de Corea sufrirían un amargo revés que determinaría su posterior aislamiento. Era mejor consolidar el régimen shogunal en el interior que arriesgarlo en el voraz exterior, donde luchaban con denuedo potencias como los imperios chino o español. El cristianismo acreditó su carácter político por encima de razones de fe, y más tarde sería ferozmente perseguido por las autoridades niponas. Los españoles se consolidaron en Filipinas, y fueron capaces de aguantar hasta 1898 pese a todas las amenazas y deseos de abandono. En 1592 nació el Extremo Oriente de grandes Estados asiáticos continentales y de predominio oceánico europeo, llamado a perdurar hasta bien entrado el siglo XIX.