JOVELLANOS. GRACIAS. Por Pedro Montoya García.

09.04.2017 13:13

                                    Los mejores pasajes de nuestra literatura.

                                               Jovellanos. ¡Gracias!

“No  ha mucho tiempo” me encontré por casualidad con el siguiente artículo:

http://www.lne.es/gijon/2017/01/17/jovellanos-posa-congreso/2042800.html

Una agradable sorpresa. Aparte de la figura del polígrafo pintada en la bóveda del hemiciclo junto a otros grandes personajes como Cervantes, Velázquez, Lope, el Cid… un busto, como reconocimiento a un personaje, para el que cualquier homenaje es merecido:

Sigo la santa y justa causa que sigue mi patria y que todos hemos jurado defender.

Así escribía, y así se comportó toda su vida. Dicen los ingleses, con orgullo, que su Isabel I (de actualidad, por ser la protagonista de la horrorosa seria Reinas de TVE) no pasó nunca por el altar porque nació casada a Inglaterra; de igual forma, tampoco lo hizo don Gaspar, porque la esposa a la que quiso y dedicó su vida fue bautizada de nombre España; aunque tuviese otras enamoradas, de carne y hueso aparte de alma, a las que dedicó versos. Esposa a la que se dedicó de forma abnegada y trató de “Ilustrarla”; por lo que no dudó en enfrentarse a cara de perro contra el Antiguo Régimen, contra la monarquía absoluta y el clero más reaccionario. Estos fueron sus principios: honradez, trabajo, lealtad, integridad, patriotismo y si a aquéllos no les gustaban, no tenía otros, aunque  le supusieran su propia desgracia.

Puedo yo haber sido desgraciado en amigos; puede haberme privado la desgracia de los que tuve en prosperidad ; pero yo no emanciparé a ninguno a quien no vea de espalda vuelta; y cuando todos me abandonaran, más gozaría mi corazón en el sentimiento de haberles sido fiel, que sufriría en el de su infidelidad.

Y así ocurrió, lo de menos fueron las traiciones, los vilipendios (que fueron muchos y muy viles), con saña intentaron acabar con él: trataron de  envenenarlo, lo encarcelaron y  todo lo necesario sin reparar en tanta crueldad, tanta cuanta fuese necesaria y más: fue condenado sin proceso alguno y sin cargos. Su delito: nada menos que quiso legislar para, si no suprimir la Inquisición (la que le condenó), sí limitar su poder y abolir la tortura; legislar por medio de un Informe en expediente de ley agraria, gran estudioso y escritor sobre la economía apostaba por un liberalismo económico que, para ser eficaz, precisaba de un cambio radical de la estructura agraria basado en dos pilares: supresión de  las rentas y privilegios feudales y la modernización de las redes de transporte…, en definitiva, una reforma agraria que aún tardaría años en llegar…; y con un considerable número de escritos jurídicos, cuyo fin se podría resumir de esa forma tan “simple” que afirmaba Montesquieu: “Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa.”. Como buen Ilustrado dedicó esfuerzos ingentes a la prosperidad de la cultura, imprescindible para prosperidad del país… Su obra intelectual fue enorme.

Para el hombre laborioso, el tiempo es elástico y da para todo. Sólo falta el tiempo a quien no sabe aprovecharlo.

La Guerra de la Independencia, ya en los años finales de su vida, le conllevaría de nuevo indecibles sufrimientos que podría haberse evitado formando parte del gobierno afrancesado. Como siempre, sus principios eran los de siempre: rechazó la invitación del rey impuesto José I, hermano de Napoleón. Jovellanos era un apasionado de los grandes maestros de la ilustración y no dudaba de los cambios de progreso que los franceses podían traernos, pero su respuesta:

Yo no pertenezco a ningún partido, sino a la santa causa de la Independencia de nuestra Patria. 

Desde luego, el retrato que vemos en la parte inferior, también merecería estar en el Congreso de los Diputados. Decía su presidenta en una respuesta: “Que no dejemos que una foto valga más que una palabra”. Cierto. Ahora, si el pintor es Goya y quien refleja esa desazón, esa melancolía, esa desgracia es Jovellanos…, en esta imagen vemos explicada la España del Siglo XVIII mejor que en mil libros. Aunque, tal vez, mejor dejemos el cuadro en el Prado y no lo llevemos al Congreso; si don Gaspar Melchor “contemplara” la calidad de nuestros políticos de derecha a izquierda, o al revés, y de arriba abajo, o al revés, se llevaría esa mano diestra de desconsuelo que sujeta su cabeza a taparse los ojos… se repetiría:

El verdadero honor es el que resulta del ejercicio de la virtud y del cumplimiento de los propios deberes.

Esa virtud, ese deber por la libertad y el bien de sus paisanos los llevó hasta su tumba, en su Asturias, en la tierra donde también nació su esposa. Allí en la bóveda del congreso, tal vez, el Cid le recuerde aquella leyenda: “¡Qué buen vasallo si tuviese buen señor!”; pero, desde luego, el resto le deberíamos aclamarle por su escritura y por su legado: ¡Gracias!