LA CIVILIZACIÓN URBANA DEL VALLE DEL INDO. Por Verónica López Subirats.

01.05.2015 00:03

                Los primeros agricultores encontraron en el valle del caudaloso Indo una tierra de promisión en la que hicieron florecer hacia el 2250 antes de Jesucristo una notable civilización, la de Harappa.

                Durante unos cuatrocientos años sus gentes erigieron notables comunidades urbanas que todavía causan la admiración de los modernos arqueólogos. Tuvieron el acierto sus hacedores de emplear el ladrillo cocido, de tanta utilidad.

                Entre sus principales ciudades, bien capaces de ordenar el territorio, descollaron la de Harappa, que da nombre a esta cultura, y la de Mohenjo-Daro. Su perímetro alcanzó de tres a cuatro kilómetros, conteniendo aglomeraciones humanas de 30.000 habitantes para la época.

                

                Estas ciudades se ordenaron con minuciosidad. Presididas por una ciudadela, donde residiría el poder en todas sus manifestaciones, sus calles siguieron una cuadrícula cuidadosa, pues sus gentes no fueron personas desordenadas precisamente. También contaron con un valioso sistema de alcantarillado, bien capaz de beneficiar a varias residencias urbanas. Algunos historiadores lo han contemplado como el origen de la preocupación india por la higiene y sus ritos asociados, sancionados por las creencias religiosas.

                                    

                Además de diestros labradores y excelentes urbanistas, sus gentes también resultaron ser notables artesanos y osados comerciantes que alcanzaron las costas del golfo Pérsico, desde donde emprendieron las rutas hacia Mesopotamia, otro hogar de civilización refinada. Sus telas de algodón nutrieron importantes cantidades de fardos, cuyos cordajes fueron marcados por elaborados sellos. Su número de ejemplares descubiertos alcanza los 2.500 y nos transmiten importantes ideas acerca de su universo religioso y de su idioma, inserto en el grupo de las lenguas dravídicas.

                                        

                El influjo de Harappa llegó hasta el litoral occidental de la gran península índica, pero al final acusó como otras tantas civilizaciones la decadencia.

                                           

                El mantenimiento de sus hornos de producción y sus necesidades urbanas condujeron, en opinión de algunos, a una gran tala de árboles de sus bosques y a la deforestación, lo que se volvió inevitablemente en contra de su prosperidad agrícola. En tal estado de precariedad se produjo hacia el 1750 antes de Jesucristo un hecho violento que cambiaría la vida índica, la llegada de los conquistadores arios.