LA CREENCIA EN LAS IMPRESIONES MATERNAS. Por Víctor Hernández Ochando.

05.07.2015 11:04

    Las impresiones maternas son rarezas de la naturaleza que dotan a la descendencia de alguna característica física debido a un ser o suceso ocurrido durante la gestación. Esta primitiva ingeniería genética surgió como una explicación sencilla y obvia a hechos que estaban más allá del sentido común y la razón. La medicina antigua defendía que un estímulo externo afectaba de una manera más profunda a las mujeres, ya que son seres delicados y frágiles. Sus nervios se estremecían más rápidamente y el estímulo llegaba a cualquier rincón de su anatomía.

    La invención de las impresiones maternas ha estado presente en varias culturas de todos los continentes a lo largo del tiempo. Ningún erudito rebatía ese razonamiento, incluso personas como Hipócrates, Descartes o Krause lo veían como algo obvio.

    En el Génesis encontramos un capítulo en el que Jacob, un joven pastor, utiliza a su favor las impresiones para enriquecerse. Su suegro Labar le recompensaba su trabajo entregándole las cabras moteadas, muy escasas en su rebaño. Jacob alimentó al rebaño con hojas de álamo y almendro con estrías blancas para lograr un mayor porcentaje de los carneros moteados.

    La sociedad griega también era creyente de las impresiones maternas. El tirano Dionisio de Siracusa obligaba a su esposa embarazada a contemplar la estatua del héroe Jasón, para que su descendiente fuese un varón que adquiriese su aspecto y valentía y no el del propio progenitor. Mientras, las mujeres espartanas embarazadas tenían que mirar fijamente las estatuas de Cástor y Pólux para alcanzar el mismo objetivo. Platón defendía que en su república ideal se tenían que esconder a la gente deforme de la vista de las embarazadas.

    Los romanos denominaban en latín a las marcas de nacimiento naevi materni o manchas de la madre. El escritor Plinio defiende esta teoría ya que la imaginación, cualidad exclusiva de los humanos, es la que da lugar a una mayor diversidad en el aspecto físico. Se cuenta que una mujer de alta alcurnia trajo al mundo a un niño con piel y garras de oso. Esto se asoció a una pintura de un oso que había en su dormitorio. El papa Martin IV se quedó atónito y decidió que se destruyera cualquier representación artística donde apareciese el animal. Muchos intelectuales opinaban que la mujer se había liberado muy rápidamente y aconsejaron al papa que se interrogase a todos los cuidadores de osos en Roma para saber qué había ocurrido nueve meses antes y se torturara a la mujer para hacerle confesar su extraña afición.

    Fueron muchas las mujeres que con las impresiones maternas pudieron librarse de los castigos que imponía la Inquisición, como ser torturada y acabar en la hoguera por haber mantenido relaciones con el demonio y engendrar un hijo monstruoso.

    Con la llegada del Renacimiento, se aviva el debate sobre la veracidad de las impresiones maternas. Las teorías como el odio divino o el apareamiento con el demonio o animales son las primeras en ser rechazas.

    En 1608 aparece el primer libro dedicado a las impresiones maternas “De viribus imaginationibus tractatus” de Fieno. Uno de los casos que se comenta es el de un niño recubierto de escamas en Nápoles. La explicación se relacionaba con un susto que le había dado un monstruo marino en la bahía a la madre durante el embarazo. El joven se hizo muy famoso y fue exhibido por toda Europa, mostrando lo que en realidad sería un caso grave de ictiosis, una enfermedad cutánea.

    Sin duda alguna, el caso de Mary Todt a principio del siglo XVIII fue el que provocó un cambio de perspectiva hacia esta teoría. Esta campesina paría conejos, aunque troceados y despellejados. Decidió escribir a la corte del príncipe de Gales, que envió a dos caballeros a investigar el suceso. Según ellos, era lógico que diese a luz conejos por un susto que le dio un conejo y que salieran troceados debido a la fuerza de las contracciones. La observación en vivo de los hechos no podía contradecir que en la vida hay hechos de difícil explicación.

    Se decidió llevar a Mary Todt a Londres para que exhibiese sus “poderes” ante la gente más poderosa del reino. La mentira se destapó una vez que la joven no podía obtener piezas de conejo con las que realizar el fraude para poder obtener una pensión real. Esto refleja como en un país avanzado que estaba en plena revolución cultural y científica se deja engañar por una falsa creencia de una campesina.

Cunicularii, o Los Hombres Sabios de Godliman en consulta de William HogarthGrabado que satiriza el caso de Mary Todt.

    Posteriormente, durante la Revolución Francesa, una mujer dio a luz a un niño con un lunar en la frente que tenía la forma de gorro frigio. Indudablemente, los férreos pensamientos patrióticos de la dama habían grabado ese símbolo en su hijo, por lo que fue indemnizada con una pensión.

    En esa sociedad todavía supersticiosa, se seguía creyendo que los inválidos tenían que ser apartados. Por ello Federico IV de Dinamarca mandó construir varios hospicios para esta gente o incluso en ciertos sitios se prohibieron exhibiciones como la de Julia Pastrana, una cantante peluda o Joseph Carrey Merrick, conocido como el “Hombre Elefante” gracias a la película de David Lynch. Por otro lado, en París, se puso de moda pasear con las damas embarazadas por los museos de arte y contemplar las hermosas pinturas.

    En el siglo XIX, los argumentos científicos en contra de la antigua creencia van aumentando, tanto que en 1860, los fisiólogos y embriólogos aseguraban con toda la certeza que esta idea no tenía fundamento.

    Existen muchísimos casos más, pero es digno de atención como las impresiones maternas han perdurado en el tiempo, tanto en la medicina, literatura, filosofía y la cultura popular. Reflejan con precisión la evolución de la mentalidad europea a lo largo de la historia. En la actualidad, la epigenética es la encargada de explicar cómo hay factores no genéticos que intervienen en el desarrollo de un organismo.