LA CRISIS ALIMENTA EL ODIO A LOS JUDÍOS. Por Carmen Pastor Sirvent.

04.03.2015 06:54

 

                A mediados del siglo XIV la epidemia de peste negra asolaba Europa. La enfermedad destapó con crueldad la injusticia social y los prejuicios de demasiadas personas.

                Las comunidades judías habían sido permitidas, más que toleradas, en varios territorios por razones muy prosaicas, aunque su condición no era simpática en el fondo a sus mismos protectores. Se les consideró el pueblo deicida, el que mató a Jesucristo, al que no reconocían la condición de mesías.

                En tiempos de exaltación religiosa como la I Cruzada grupos de fanáticos la emprendieron brutalmente contra sus comunidades, llevando a cabo espantosas matanzas. En 1290 se les expulsó de Inglaterra y de Francia en 1306 por vez primera en el siglo XIV.

                En el Sacro Imperio Romano Germánico su situación se hizo más precaria a partir de 1348, acusándolos de varios delitos.

                Los judíos no guardaban el respeto debido a las sagradas formas, exaltado en la festividad del Corpus, y en Colonia el hijo de un judío convertido en Pascua tomó la ostia para profanarla, abundando en la acusación de deicidio. La falta de reverencia al rey de reyes tenía también un tinte político indudable para aquellas sociedades.

                En Renania y Franconia se les acusó de envenenar los pozos arrojando sacos de ponzoña, provocando así la temible epidemia de peste para la que no se tenían muchas explicaciones. Muchos lo aceptaron, pero Konrad von Megenberg adujo que en Viena murieron tantos cristianos como judíos de resultas de la peste, teniendo que ampliar su cementerio.

                En las localidades más pequeñas, en las que muchos se establecieron en busca de seguridad, fueron acusados de destruir con sus prácticas usureras al pueblo cristiano.

                La crisis consolidó el odio antijudío, estallando en la Península Ibérica en 1391. Al calar en gran parte de la sociedad cristiana resultó útil a más de un monarca para consolidar su autoridad pese a las terribles consecuencias prácticas que pudiera ocasionar. Tal fue el caso de la España de los Reyes Católicos en 1492.