LA MURALLA DEL ATLÁNTICO. Por Gian Franco Bertoldi.

08.01.2015 06:53

                

                En muchos libros de historia se alaba la eficacia del ejército alemán durante la II Guerra Mundial, llegando a ser ponderado como una de las mayores máquinas bélicas desde las legiones. Sin negar su preparación inicial, que debió mucho más a la denostada república de Weimar que al régimen de Hitler, hemos de poner las cosas en su sitio. Ni los alemanes fueron los aguerridos arios de la propaganda ni su organización estuvo siempre a la altura de las circunstancias. No está de más cuestionar el mito de la invencibilidad del III Reich, que sólo se rindió ante el ataque combinado de sus muchos adversarios.

                Conscientes de la amenaza aliada sobre la costa atlántica, los alemanes erigieron desde la frontera con España a los Países Bajos la Muralla, que sería bien capaz de parar los pies a los atacantes. Hitler creyó en cambiar la suerte de la guerra, proyectando el mismo fortines y casamatas. El 15 de enero de 1944 nombró al notable Rommel, entonces uno de sus generales predilectos, responsable de las fuerzas de defensa, proyectando librar la batalla en la costa atendiendo a la superioridad aérea aliada.

                Ciertamente Rommel animó los trabajos de fortificación, y desde las incursiones aéreas contra St.-Nazaire y Dieppe los grandes puertos habían sido objeto de atención militar, pero no fue suficiente. Las carencias eran demasiado numerosas.

                La armada alemana dispuso baterías en los puertos principales. Entre ellos el ejército de tierra colocó también baterías, aunque enterradas sin las cúpulas protectoras de acero contra las bombas. Se pretextó que era para no limitar su campo de fuego, pero era por falta de acero en realidad. Las posiciones de enlace carecieron muchas veces de refugios de cemento armado, especialmente entre el Orne y el Vire. Cuando los hubo sólo alcanzaban los 60 centímetros de espesor. La mayor potencia defensiva se concentró entre el Escalda y el Sena.

                Asimismo las posiciones defensivas no tuvieron campos de minas de protección en muchos casos, como también sucedió en no pocos fondos costeros o en muchas playas. Durante tres años sólo se dispusieron 1.700.000 minas, suministrándose al principio unas 43.000 al mes. Los obstáculos, a veces muy rudimentarios, no eran suficientemente punitivos para frenar a los carros de combate.

                De las cincuenta y ocho divisiones, sólo diez eran acorazadas. Se componían mayoritariamente de soldados poco aguerridos o excesivamente castigados en el frente oriental, que tomaron Francia como una especie de balneario. A la espera del desembarco se hizo llamar a unidades de tártaros, turcomanos, cosacos y georgianos. Sus mandos locales compartieron idéntico espíritu, actuando con negligencia en las tareas de fortificación de su sector. Unidades especializadas como las de los constructores de la Línea Sigfrido estaban consagradas a las tareas de reparación de la Alemania quebrantada por los bombardeos.

                La falta de unidades navales y aéreas complicó sobremanera toda labor de protección eficaz frente al gran ejército aliado de desembarco. Con pocos destructores ya a su disposición, los alemanes tuvieron que contrarrestar a los aliados con lanchas rápidas y torpederos, siendo discreto el papel final de los submarinos del golfo de Vizcaya. La antes poderosa Luftwaffe se reducía en vísperas del Desembarco a unos cien bombarderos y setenta cazas de combate en condiciones operativas.

                El mariscal de campo Gerd von Rundstedt censuró la dispersión de las fuerzas del Reich a lo largo de una línea en exceso frágil, creyendo más oportuno disponer un ejército de maniobra suficientemente poderoso en la retaguardia, capaz de maniobrar contra los aliados sin sufrir sus ataques aéreos a la primera.

                Tales fallas no sólo obedecieron a la acción coaligada de la Unión Soviética con Gran Bretaña y Estados Unidos, sino también a la nefasta política industrial y social del III Reich, que trató sin la menor humanidad a las poblaciones sometidas, no incorporó a las mujeres debidamente a la producción industrial y no planificó debidamente la posible duración del conflicto. En la pretenciosa Muralla del Atlántico se dieron cita los más crasos errores del nacionalsocialismo.