LA RECEPCIÓN DE LOS FENICIOS EN LA PENÍNSULA. Por José Hernández Zúñiga.

13.08.2014 11:54

 

                A finales del siglo IX  antes de Jesucristo los inquietos navegantes fenicios alcanzaron la ría de Huelva, entre el Tinto y el Odiel. Buscaban metales tan preciados como la plata, muy necesarios para la economía y la estabilidad social de los grandes poderes estatales del Oriente Próximo.

                En las cimas y laderas alrededor de la ría se había ido estableciendo a lo largo del tiempo una población local que no hizo ascos a los recién llegados. Los comerciantes y artesanos fenicios fueron acogidos con hospitalidad, pues sus objetos y servicios atrajeron muy tempranamente el gusto de los aristócratas locales, que no titubearon en poner a trabajar en labores de extracción minera a las gentes de sus comunidades y aldeas. Así se originó la sugerente Tartessos, la confederación de gustos orientalizantes que tan activamente participara de las grandes rutas del comercio entre el Mediterráneo y el Atlántico.

                Fenicios y tartessios aprendieron a convivir juntos, adoptando los segundos la metrología del shekel. Las torteras y tahonas de cuño oriental indican a las claras la importancia de la aportación fenicia, que se avino a emplear vasos de factura local.

                En la estratégica desembocadura del Guadalquivir, ruta de acceso hacia el interior peninsular, los fenicios fundaron en la primera mitad del siglo VIII antes de nuestra era otra grande de nuestra Historia Antigua, Gadir, la magnífica ciudad que acogió el templo de Melqart, el llamado Heracles fenicio. Algunos autores se han inclinado más por las pesquerías del atún que por el intercambio a la hora de explicar los motivos de su establecimiento.

                No se conformaron los hijos de Fenicia con la campiña cercana a Gadir, y pusieron sus ojos en los fondeaderos del litoral de la actual provincia de Málaga a lo largo del mismo siglo octavo. A diferencia de lo sucedido en la ría de Huelva, allí los orientales no se encontraron con gentes prestas a anudar una serie de intercambios de negocios y humanos. Ganaderos de las sierras circundantes, dejaron a los fenicios un territorio de elevado valor agrícola y muy atractivo a la hora de fijar las principales vías de comunicación entre los puntos de su círculo.

                El emplazamiento de Morro de Mezquitilla fue el primero de su género, seguido del de Toscanos al finalizar la centuria en la desembocadura del río Vélez. Se dotó la fundación de fortines protectores, capaces asimismo de estructurar el territorio. A principios del siguiente siglo le llegó el turno a Malaka.

                Las tumbas de cámara de Trayamar nos transmiten la historia de personas orgullosas de su linaje fenicio, que se preciaban de emplear en sus libaciones rituales los vasos de alabastro de factura egipcios, asociados con la realeza de naturaleza religiosa. Con precisión Ana Delgado ha distinguido entre este grupo fenicio, que caracteriza de colonialista, y el Huelva-Cádiz. Gracias a los hallazgos arqueológicos y a su meticulosa interpretación cada vez más conocemos mejor a tan singular grupo humano, antecedente de los libio-fénices, cuyos patrones de asentamiento han sido acertadamente comparados con los del África púnica.