LA SEGREGACIÓN Y LA VIOLENCIA RACIAL EN LOS EE. UU. DE 1865 A 1921. Por María Berenguer Planas.

20.08.2014 17:29

      

                La abolición de la esclavitud no derogó la discriminación racial en los Estados Unidos. Al fin y al cabo se había librado la guerra contra los secesionistas del Sur para preservar la Unión. Pasados los rigores de los abolicionistas más radicales de tiempos de la Reconstrucción, cuando se desplegaron tropas federales en los Estados sureños para garantizar los derechos de los afroamericanos, la situación cambió, y en el Sur se fueron aprobando restrictivos códigos negros en materia civil y política.

                El surgimiento en 1865 del Ku klux Klan avivó leña al fuego. Los grandes hacendados sureños lo alentaron para encuadrar a la población blanca pobre, cuyo motivo de orgullo fundamental residiría en su condición racial. Sus enemigos no serían sus acreedores y terratenientes, sino los negros que servían como peones a los codiciosos norteños, los grandes enemigos de la nación sureña. El mito de la magnolia se reforzó, sosteniendo que los afroamericanos necesitaban ser esclavizados por los bondadosos blancos para gozar de seguridad y protección.

                Entre 1890 y 1921 la situación de las comunidades afroamericanas padeció un dramático retroceso. Los ahorcamientos de pobres personas proliferaron a manos de grupos que se tomaron la justicia por su mano. Especialmente dramática y brutal fue la sádica ejecución de Sam Hose en 1899, martirizado y mutilado antes de ser ahorcado. Se trataba de frenar a cualquier precio la movilidad de todo tipo de los afroamericanos, temiéndose especialmente las relaciones íntimas entre personas de distinta raza.

                En 1912 llegó a la presidencia el demócrata del Sur Wilson, aprovechando la división del partido republicano, el de los abolicionistas históricos. Le tomó juramento un presidente del Tribunal Supremo que pertenecía al histórico KKK, que fuera prohibido por el presidente Grant. La organización racista, refundada en 1915, estaba ganando terreno en el Norte, y en la Universidad de Chicago llegó a celebrar una aparatosa celebración con toda su parafernalia de cruces incendiadas.

                Ante la arrogancia negra que pretendía avasallar a los blancos en todos los órdenes, se impuso una política de segregación cada vez más nítida. Se sostuvo por si fuera poco que era necesaria para evitar la propagación de enfermedades. En Filadelfia, la ciudad del amor fraterno, se prohibía contratar a afroamericanos en la construcción, impidiéndose en todo el Norte su afiliación a sindicatos. Progresivamente se fueron expulsando de la administración y del servicio público a los afroamericanos, como sucedió en la policía y en el cuerpo de bomberos de Washington. Modestos carteros arrostraron destino similar para reencontrarse con su verdadera condición humana (¡).

                En 1916 se estrenó la película El nacimiento de una nación de Griffith, que exaltaba la heroica lucha de los blancos del Sur contra la invasión de las hordas negras del Norte. Como la cinta defendía la hermandad de los arios, se hacía una clara apología del racismo por encima de las diferencias entre sudistas y nordistas. Su visionado animó disturbios contra la población negra en Knoxville, Chicago o East St. Louis.

                Una nueva oleada de alborotos racistas se produjo en 1919, afectando a Houston o Minnesota. Quizá los incidentes más espantosos se dieron en 1921 en la ciudad petrolífera de Tulsa, cuyo barrio de Greenwood albergaba una comunidad afroamericana próspera de profesionales cualificados, que despertaba las iras y las envidias de muchos. El pisarle un niño negro a una niña blanca un dedo en un ascensor se tomó como razón suficiente para emprender la violencia contra los afroamericanos. Blancos y negros se tirotearon en las calles. Fuerzas parapoliciales, con muchos veteranos de la Gran Guerra, se presentaron en Tulsa, pero en lugar de frenar la brutalidad se pusieron al lado de los blancos. Greenwood llegó a ser bombardeado por aviones, y sus casas saqueadas. De la matanza no se tuvo cumplida noticia hasta 1980.

                Tras la I Guerra Mundial los triunfantes Estados Unidos reforzaron su mentalidad racista, acogiéndose a postulados aislacionistas de tintes segregacionistas, los de no enredarse en los turbios asuntos de Europa. Es curioso que bajo la presidencia del afroamericano Obama haya surgido esta coincidencia entre la tentación aislacionista y el rebrote de la violencia racista en Ferguson.