LAS FIESTAS DE DIFUNTOS MEDIEVALES. Por Antoni Llopis Clemente.

29.05.2015 07:30

                Las honras fúnebres y la consideración dada a los difuntos nos dicen mucho sobre la civilización de los vivos, según se ha puesto de manifiesto en distintos artículos de HISTORIARUM. La cristianización de Europa fue más allá de los dogmas de fe y tuvo que hacer frente a una serie de costumbres de anteriores religiones, asimiladas por las gentes de muchas comarcas como algo propio y natural.

                

                Al hacer hincapié en la salvación del alma, el primer cristianismo europeo no le dio mayor importancia al tratamiento del cuerpo mortal. Hasta los tiempos carolingios en muchas tumbas del continente se prosiguieron depositando manjares y objetos de valor material y sentimental que acompañaran al difunto en la otra vida.

                A veces se ponía en las manos del cadáver un ungüento con la idea de sanarlo, que se dejaba en la tumba con tal pretensión. En estas costumbres también participaron eclesiásticos que desoyeron las indicaciones de las autoridades episcopales.

                A partir del siglo VIII se insistió en erradicar estas prácticas asociadas al paganismo y la Iglesia intentó ponerles límite. Se propagó la inhumación ad sanctos. El cuerpo del difunto se conducía a la iglesia y al cementerio aledaño, donde se le depositaba amortajado y bendecido sin ataúd para que la tierra devolviera lo que arrebataba.

                Hasta entonces se había acostumbrado a celebrar verdaderas fiestas ante las tumbas pasados unos días del fallecimiento, lo que sería cristianizado con las misas de aniversario. Se celebraban banquetes en los que se bebía en exceso, se combatía festivamente y se llegaba a jugar con osos.

                En estos rituales paganos los asistentes llevaban máscaras, llamadas en latín larvae o espectros malos y diabólicos a ojos de la Iglesia. La palabra germánica talamasca hacía referencia al uso de embadurnarse el rostro.

                Jean-Claude Schmitt sostiene que las máscaras no representaban a los difuntos, sino la posesión de los vivos por los muertos en un universo religioso no cristiano. Nuestra cultura tiene mucho de palimpsesto y de reutilización de costumbres que han querido dar sentido a las grandes cuestiones humanas como la muerte.