LAS INDIAS DE POLONIA Y LA RESISTENCIA COSACA. Por Mijail Vernadsky.

10.05.2017 11:34

                

                En el siglo XVI Polonia, unida a Lituania, era la principal potencia de la Europa Oriental. Rusia no parecía entonces capaz de disputarle tal hegemonía y para los europeos cultos de la época sus límites marcaban los de Europa frente a Asia.

                Su enemigo, aparentemente, más peligroso era el imperio de los turcos otomanos, que a través de los tártaros de la península de Crimea ponía en riesgo sus fronteras meridionales. Los reyes de Polonia, bastante pragmáticos y con poderes limitados por la nobleza, no realizaron grandes inversiones en defensa. Prefirieron confiar en las poblaciones del territorio ucraniano, los llamados cosacos, fuera de la ley convencional.

                Proporcionaron los cosacos no solo tropas de caballería a los reyes polacos, sino también de sufrida infantería. Lo hicieron para cobrar estipendios y enfrentarse con más desenvoltura a los tártaros. Sus incursiones o cabalgadas rindieron a veces grandes botines y fueron muy celebradas. Alcanzaron las orillas del mar Negro e incluso los suburbios de la misma Constantinopla en 1615, en un momento difícil para los otomanos.

                Las fuerzas cosacas tuvieron su principal sede en la fortaleza de Sicz, en el curso bajo del Dniéper. Se dotaron de su propio consejo militar y eligieron a su principal comandante, el hetman, que también dictaban leyes en ocasiones.

                No toda la población que se consideraba cosaca formaba parte de esta fuerza y la Dieta polaca, capaz de poner en jaque la autoridad del rey más de una vez, solo reconoció, registró y pagó como cosacos a los combatientes. Su número se estima en unos 6.000 hombres. Al resto se le reservó otro tratamiento: deberían de trabajar las tierras ucranianas en un régimen de servidumbre cada vez más severo. Desde este punto de vista, una buena parte de Ucrania se convirtió en provisor de grano para los grandes terratenientes polacos y sus asociados. Aquellas tierras fueron las llamadas Indias de Polonia.

                Los cosacos, con independencia de su condición militar reconocida, eran gente orgullosa y no se resignaron a su suerte. En 1637 los polacos tuvieron que reprimir un levantamiento campesino y político.

                No obstante, las ambiciones de Ladislao IV y la situación internacional ofrecerían una nueva oportunidad a los cosacos deseosos de emanciparse. Aquel rey de Polonia deseaba imponerse a la Dieta y aprovechar la guerra entre Venecia y el imperio otomano. En 1654 prometió a los cosacos la autonomía y ampliar hasta 12.000 el número de registrados a cambio de secundar sus planes bélicos. Debían provocar a los otomanos hostigando a los tártaros.

                La muerte de Ladislao IV y de su hijo antes que él descabezó el proyecto de una Ucrania autónoma dentro de una reforzada monarquía polaca. Pese a ello, la inquietud ya estaba más que sembrada entre los descontentos cosacos y en 1648 se alzaron en armas dirigidos por Bohdan Khmelnytskyi, partidario de los planes del difunto Ladislao y enfrentado con los funcionarios polacos.

                Entonces las tropas polacas no se encontraban en buen momento tras la licencia de muchas unidades del ejército real para acortar gastos. Las milicias de los nobles no fueron capaces de enfrentarse en septiembre de 1648 a las fuerzas combinadas, por esta ocasión, de cosacos y tártaros.

                Las fuerzas alzadas tuvieron bajo sus banderas hasta 150.000 hombres, muchos campesinos hartos de las condiciones serviles, que se revolvieron contra sus señores polacos y sus asociados los comerciantes judíos de granos. Se ha discutido si se perseguía una Ucrania autónoma o independiente, pero lo cierto es que los tártaros dejaron de secundar el movimiento tan pronto como los cosacos disputaron a los turcos el dominio sobre Moldavia.

                En 1651 las tropas polacas de Juan II Casimiro, hermanastro de Ladislao, se impusieron a los cosacos, pero fueron abatidas en 1652. Los cosacos no tenían la partida pérdida y jugaron nuevamente la carta de las alianzas.

                En 1654 se pusieron bajo la protección del zar de Rusia, hasta entonces al margen del conflicto. Las fuerzas rusas se desparramaron por Ucrania en 1655. Mientras tanto, Polonia parecía a punto de perecer al sumarse a la ofensiva Suecia.

                Contra viento y marea, Polonia sobrevivió y en 1658 Iván Vykhovski (el sucesor de Khmelnytskyi) firmó con los polacos el tratado de Hadziac, que definía Ucrania como el principado autónomo de Rus. Lo consideró algo más firme que ponerse en manos de los zares rusos, deseosos de imponer su autoridad.

                Sin embargo, muchos cosacos no lo consideraron así y se impuso su profundo aborrecimiento a los polacos. Los combates prosiguieron hasta 1667, cuando polacos y rusos suscribieron un armisticio de trece años. Se dividieron entonces Ucrania por el Dniéper. Las tierras al Oeste del mismo serían para los polacos y al Este más Kiev para los rusos. Estos últimos retuvieron la conquistada Esmolensko y prometieron devolver a Polonia el resto del territorio que se les asignó al cabo de dos años.

                Los rusos nunca retornarían a una declinante Polonia tales dominios y la cuestión ucraniana, no se resolvió a gusto de los cosacos, que tuvieron que defender mucho después su dignidad para no ser las Indias de nadie, aunque en su empeño no les acompañara al final el éxito.