LAS RAÍCES DEL GENOCIDIO ARMENIO. Por Gabriel Peris Fernández.

09.09.2015 10:07

                Los países han sido habitados por personas de condición cultural variada, que a veces han sido vecinas pese a no hablar el mismo idioma o practicar idéntica religión. La Historia de la Europa Oriental y del Oriente Próximo se encuentra llena de estas situaciones que nada tienen de anómalas.

                El pensamiento nacionalista incide con fuerza en definir vigorosamente la nación, una comunidad homogénea que habita desde tiempo inmemorial un territorio con el que se identifica y da sentido a su personalidad, con un idioma y una cultura de la que se siente orgullosa, con unas instituciones particulares y con unos rasgos étnicos distintivos, según las versiones más racistas del nacionalismo.

                El nacionalismo acostumbra a pasar por alto la complejidad histórica, social y cultural de su país, pues no se ajusta a su ideal de comunidad. No vacila en extirpar a los que considera elementos alógenos del cuerpo autóctono, a los que conceptúa de letales para la salud nacional. También se complace en señalar enemigos empeñados en borrar a su nación del mapa o en negarle su indudable grandeza, lo que viene a representar su aniquilación. El victimismo se emplea para movilizar a los nacionales en la misión de la nación.

                A principios del siglo XX el pensamiento nacionalista se encontraba muy extendido, adoptando en numerosas ocasiones su forma imperialista y racista que conduciría a la I Guerra Mundial. Poderosas o débiles, en muchas naciones se hizo sentir la necesidad nacionalista para mantener el imperio, lograr el merecido imperio o reclamar la independencia del imperio.

                La cadena de mutuos reproches y agravios se había puesto en marcha y se alargó de la Europa liberal a otros territorios de cultura distinta. El mundo islámico había estado de una forma u otra en estrecho contacto con Occidente desde hacía siglos. En el siglo XIX el declive de algunos de sus más emblemáticos Estados se combinó con la creciente influencia occidental en el comercio, la banca y el pensamiento.

                El imperio otomano había aterrorizado a la Cristiandad en los siglos XV y XVI, pero en el XIX se había convertido en el hombre enfermo de Europa. Su sistema jerárquico de gobierno fundamentado en concesiones fiscales y en comunidades religiosas tributarias se mostró incapaz de frenar los avances de sus rivales y de aplacar las reivindicaciones nacionalistas de muchos de los países que controlaba.

                            

                En los círculos militares y profesionales turcos se hizo sentir la necesidad de una renovación profunda del Estado turco, que combinara la mejor tradición imperial con la modernidad técnica representada por Occidente. En el fondo era un problema al que se enfrentaron muchos imperios coetáneos, como Austria-Hungría, Rusia, Persia o China. La propia España se enfrentó a dilemas similares. Japón había logrado renovarse y vencer en el campo de batalla a chinos y rusos. Era un ejemplo a seguir.

                En 1908 los Jóvenes Turcos alcanzaron un lugar hegemónico en la vida política del decadente imperio otomano, todavía con grandes dominios en el Oriente Próximo. Al final se acercaron a la revisionista Alemania, interesada en los Estrechos del Bósforo y los Dardanelos y en los ferrocarriles de Mesopotamia.

                Al estallar la Gran Guerra el imperio turco hizo causa común con el alemán contra el británico, el francés y el ruso, lo que alteraba la distribución de alianzas de la guerra de Crimea, aunque dejaba en pie el viejo antagonismo turco-ruso, que se mantendría vivo durante la guerra Fría.

                Rusia, también embarcada en un complejo proceso de modernización, aspiraba al prestigioso papel de ser la cabeza suprema de los pueblos eslavos y de los de religión ortodoxa, además de controlar territorios que le permitieran acceder a las cálidas aguas del Mediterráneo y del Índico. Entre los rusos y los turcos se encontraba un pueblo, el armenio.

                            

                Los armenios tuvieron un gran peso demográfico en las demarcaciones orientales del imperio turco de Bitlis, Van, Erzurum, Mamuretülaziz, Diyarbakir y Sivas. Habían destacado en el comercio, lo que ha llevado a algunos autores como Niall Ferguson a compararlos con los judíos en la Europa Oriental, víctimas de acerbos odios.

                Antes de la I Guerra Mundial habían sido víctimas de algunas agresiones puntuales, pero lo peor vino en 1915, el año en que los británicos fracasaron en Gallípoli, cuando la furia nacionalista y el temor a Rusia se combinaron para emprender una campaña de aniquilación que ha sido caracterizada de genocidio o de exterminio de una comunidad por su misma condición.

                Personas como el embajador de los Estados Unidos Henry Morgenthau denunciaron su crueldad, que fue negada por las autoridades turcas. El sultán dio seguridades al Papa Benedicto XV sobre el particular.

                Lo cierto es que la campaña afectó a pequeñas aldeas, que fueron arrasadas, y a ciudades como Trebisonda, que fue vaciada de armenios en julio de 1915. Las deportaciones fueron frecuentes.

                Tras reclutar a muchos varones, las autoridades turcas procedieron a encarcelar a los más destacados miembros de la comunidad armenia para descabezarla. A continuación se procedió a matar en muchos puntos a los varones y a los niños mayores de 10 años. A los menores se les abandonaba en orfelinatos y se les forzaba a la conversión.

                Muchas mujeres fueron secuestradas y violadas para significar la humillación del pueblo armenio, entre otros motivos más evidentes. Se ha calculado que de unos dos millones de armenios pereció un millón, lo que da idea de las dimensiones de este terrible drama.