LAS SEDUCCIONES VENECIANAS. Por Gian Franco Bertoldi.

10.05.2016 08:56

                

                La tradición sostiene que un mediodía del 25 de marzo del año 413 pusieron en Rialto unos hombres procedentes de Padua la primera piedra de una de las ciudades más emblemáticas de la Historia, Venecia. Sus habitantes tenían buenas razones para conmemorarlo con solemnidad y sentirse orgullosos de su comunidad, única en Europa, en el siglo XV.

                Los 190.000 habitantes que la habitaban en 1422 eran famosos por su elegancia y modos cívicos. Sus instituciones de beneficencia sostuvieron con razonable éxito el equilibrio social en un tiempo de grandes turbulencias en buena parte del continente. En 1492 se ofrecieron 70.000 ducados para ayudar a los nobles empobrecidos.

                El ducado, la prestigiosa moneda de oro veneciana introducida en 1284, desbancó al florín en el siglo XV como moneda de referencia y varios Estados europeos la adoptaron. Tal solidez procedía de la prodigiosa actividad económica de los venecianos, consignada en el Libro Mayor del Comercio con sus ganancias y pérdidas. Se ha calculado que el valor global de su comercio a principios del Cuatrocientos alcanzó los diez millones de ducados, capaces de ofrecer rentas de cuatro millones al año a sus beneficiarios.

                Los éxitos mercantiles eran inseparables de una poderosa flota de más de 3.000 navíos y 45 galeras, bien organizada y construida en su celebérrimo arsenal. Unos 16.000 hombres encontraron ocupación como carpinteros de ribera. Sus naves se impusieron en muchas ocasiones a sus rivales y resultaron esenciales en la conquista de un imperio colonial en el Mediterráneo Oriental, que llegó a abrazar Creta y Chipre.

                Con su volumen de riqueza y determinación, los venecianos se erigieron en uno de los principales poderes de Italia y uno de los más respetados de Europa. Más allá de la ciudad de los canales celebrada por artistas de toda clase, ampliaron su dominio en la Terraferma. En 1495 asoldaron 15.526 caballeros, 24.000 infantes y 3.300 soldados encargados de otras misiones.

                Su gobierno y sus instituciones tuvieron fama de estables, además de originales, ya que no era frecuente una república en la principesca Europa del momento. El Gran Consejo encargado de elaborar las leyes supervisó la actuación del dux. Sin embargo, fue el Senado el que se hizo cargo de la política exterior y de las cuestiones económicas. Este reparto del poder en una serie de asambleas, por elitistas que resultaran, causó la admiración de muchos ciudadanos de otros rincones de Europa, como los valencianos.

                Una siniestra fama llegó a tener el encargado de mantener la seguridad interior de Venecia, el Consejo de los Diez, cuyos procedimientos parecieron censurables a muchos.

                Se ha sostenido que los grandes descubrimientos geográficos de portugueses y españoles terminaron de quebrantar su preminente posición en la ruta de las especias, ya comprometida por las conquistas otomanas. Desde Braudel, sin embargo, se ha comprobado que tal aseveración es muy exagerada y Venecia durante la primera mitad del siglo XVI continuó siendo la seductora ciudad que tantos admiraban, capaz de inspirar notables obras a William Shakespeare.