LAS VITALES CASAS DE POSTAS DE LOS ROMANOS DE ORIENTE. Por Esteban Martínez Escrig.

15.06.2015 07:36

                En su interesante Historia secreta, Procopio se mostró implacable con el emperador Justiniano y su esposa Teodora, acusándoles de arruinar los cimientos de la prosperidad y del orden de los romanos orientales. Venerables instituciones y sabias disposiciones que a su juicio habían mostrado su eficacia padecieron su mal gobierno.

                                        

                El imperio romano siempre ha sido muy admirado por su sistema de comunicaciones, indispensable a la hora de garantizar la prosperidad y la seguridad. Viajeros, comerciantes, legionarios y gobernantes pudieron moverse por el orbe de los romanos con facilidad.

                La mitad oriental del dividido imperio, de gran actividad mercantil, conservó tal sistema. En cada jornada de camino se erigieron, según Procopio, de cinco a ocho casas de postas para el servicio del viajero, y en cada una se encontraban a su disposición un mínimo de cuarenta caballos de raza, frescos y veloces, bien cuidados por sus correspondientes mozos. Gracias a ello se podía avanzar en un día el trayecto correspondiente a diez.

                Los campesinos de las cercanías se enriquecieron vendiendo grano para las monturas y sus servidores, lo que revertía de forma positiva en la recaudación del Estado.

                Procopio enjuicia severamente a Justiniano al abolir las postas entre Calcedonia y Daciviza y reducirla a una sola casa dotada de mulas en la ruta entre Oriente y Egipto. Sólo se mantuvo en vigor el sistema en la ruta que conducía a Persia, la gran enemiga.

                Más que ante un ejemplo de palmaria incompetencia según los términos expresados por tal autor, nos encontramos ante la degradación del erario público de los romanos de Oriente en el siglo VI, incapaz de sufragar las campañas de recuperación de las provincias occidentales. Las economías o los recortes también alcanzaron a la provisión de camellos para las tropas y a la red de espías, lo que resultó muy perjudicial ante los persas finalmente. La romanidad de Justiniano estuvo a punto de aniquilar a la larga la Roma Oriental, convertida después de todo en Bizancio.