LOS ACUEDUCTOS ROMANOS. Por José Hernández Zúñiga.

02.12.2014 15:44

 

                Los romanos acreditaron sobradamente su maestría en la obra pública, de la que se beneficiaron con creces las comunicaciones terrestres y sus ciudades, dotadas de notables servicios, como el del agua corriente.

                Las arquerías de sus acueductos han dado justa fama a localidades como Segovia, Mérida o Tarragona, y en algunos casos han proporcionado el líquido elemento hasta fechas relativamente recientes. La del agua urbana fue una de las grandes conquistas de los romanos.

                Al frente de su cuidado se encontraba en la ciudad de Roma el curator aquarum, que disponía de completa documentación para ejecutar sus tareas y disponía del auxilio de grupos de fontaneros especializados o aquarii.

                Del siglo IV  antes de Jesucristo data la construcción del primer acueducto de Roma, alzado a instancias del censor Apio Claudio el Ciego, y que recibió el nombre de Aqua Appia. A comienzos de la Era Cristiana, coincidiendo con la Pax Romana, se erigieron otros en muchos puntos de Hispania, las Galias, África, etc, patrocinados frecuentemente por el propio emperador en calidad de príncipe protector de sus súbditos, que en correspondencia era alabado por ellos. Eran las ideas del evergetismo, también practicadas por los potentados locales a otra escala.

                En las obras de los acueductos trabajaban cuadrillas de esclavos agrupados en la familia aquarum. El material predilecto de construcción fue la argamasa, aprovechando al máximo la construcción interior de los relieves o hipogea, abriéndose ventanas para evacuar los escombros de las obras. El agua se hacía pasar por tuberías metálicas o fistulae.

                El agua se captaba desde un punto de aprovisionamiento u origo, saliendo hacia el castellum aquae que la distribuía en dirección a los distintos lugares de aprovisionamiento de la ciudad. Para salvar los desniveles del terreno se construyeron soberbios puentes, orgullo urbano, o sifones no menos eficaces, canalizaciones en forma de U que empleaban sabiamente el movimiento en pendiente de las aguas. Justa fama alcanzaron los sifones de Lyon.

                Los acueductos fueron el complemento indispensable de cisternas y cloacas, y lograron evitar grandes contagios según algunos autores. Proporcionaron agua en abundancia, para las condiciones de su tiempo, a las ciudades más allá del simple consumo humano, pues también sirvieron para magnificentes y costosos espectáculos que dieron la medida del desarrollo alcanzado por la civilización de los romanos.