LOS ASIRIOS CONQUISTADORES DE CIUDADES. Por James Really.

20.11.2014 06:51

 

                Entre los imperios más aguerridos del mundo antiguo se encuentra el asirio por derecho propio, alcanzando su cénit en el siglo VIII antes de Jesucristo.

                Forjaron su imperio en tierras del Creciente Fértil, y se impusieron a sus rivales con tanta determinación como crueldad. Aquel que osaba oponerse a su voluntad sufría la deportación o el suplicio más horroroso. Capaces de tomar imponentes ciudades amuralladas, sus acciones militares fueron inmortalizadas en relieves de sentido propagandístico y gran gusto por el detalle.

                Descollaron en la poliorcética o técnica de expugnación de una ciudad fortificada. Las urbes coetáneas del Oriente Próximo habían reforzado considerablemente sus defensas, alzando murallas cada vez más altas y sinuosas reforzadas con un buen número de torres habilitadas para albergar fuerzas de arqueros. Muchos conquistadores desistían de tomarlas y daban media vuelta hasta la siguiente campaña anual al menos.

                Los reyes asirios, grandes generales muchos de ellos, tuvieron el acierto de crear un auténtico cuerpo de ingenieros militares. Sus unidades de zapadores eran capaces de abrir brecha en las defensas enemigas y de reforzar los dispositivos de asalto propios.

                Forzar la rendición por hambre era una alternativa muy sensata, pero tenía no pocos inconvenientes. La estación de las campañas podía discurrir sin lograr el esperado objetivo. Los sitiadores, además, podían convertirse en sitiados si un ejército de refuerzo los cercaba a su vez. El arriesgado asalto evitaba riesgos semejantes.

                El asalto lo iniciaban los arqueros, que despejaban de defensores las almenas lanzando una lluvia torrencial de flechas y saetas. Las escalas móviles permitían superar los fosos de protección de las murallas y avanzar.

                Era el momento de disponer rampas de tierra cerca de las murallas, que se cubrían con losas de piedra. Se formaba un camino de subida para el orgullo de la ingeniería militar asiria: las torres de asedio.

                Llegaron a alcanzar algunas hasta 10 metros de altura, construidas de madera y de cuero recubiertas para protegerse del fuego. Atentos las acompañaban grupos de auxiliares, prestos a sofocar las llamas de un incendio.

                En su base se disponían varios arietes, muy capaces de batir las murallas enemigas y de abrir brecha. Si los enemigos conseguían separar el ariete de sus cadenas, inutilizándolo, otros auxiliares lo recomponían con la ayuda de largos palos con garfios. Fuerzas de arqueros coronaban esta fortaleza andante, multiplicando su poder de destrucción y abriendo la ruta a las fuerzas que iban a tomar las murallas.

                La soberbia asiria pereció finalmente en el 612 antes de Jesucristo en Nínive, arrasada por una verdadera coalición internacional. Su legado, sin embargo, se mantuvo durante muchos siglos. En cierta manera cuando Ricardo Corazón de León tomó Mesina en el 1190 rindió su particular homenaje a Senaquerib y otros grandes comandantes coronados de la vieja Asiria.