LOS BUFONES DE VELÁZQUEZ. Por Víctor Hernández Ochando

19.06.2015 09:11

    La obra de Velázquez estuvo en continuo cambio a lo largo de toda su vida, pero siempre se puede observar su afán por la elegancia, la perfección absoluta, la minuciosidad, la representación del realismo y el sentido del equilibrio que tanto la caracteriza.

    La nueva etapa que se inicia tras el primer viaje que realiza a Italia (1629-1631) es la de un pintor completamente formado y maduro. En esta década, la actividad de Velázquez se centra más en la retratística debido a su ocupación como pintor de cámara.

    La colección de retratos de esta época le consagra como uno de los pintores más importantes de este género de todos los tiempos ya que permiten establecer una sólida descripción psicológica de los miembros de la corte de Felipe IV, desde un rey frío y apático hasta un cálido y digno bufón.

    Las pinturas de bufones son algo excepcional en su obra. Velázquez los representa con honra, respetando su propia dignidad y capta lo más humano y entrañable de su deformidad, aunque también refleja en sus rostros el sufrimiento que tenían que lidiar.

    Los enanos eran considerados como caricaturas humanas y aspiraban a ser bufones. Éstos nunca abandonarían el “confort” del palacio puesto que no conseguirían vivir sino era en base a ser objetos de exposición y burla. De manera paradójica, los enanos gozaban del privilegio de poder hablar libremente al rey, lo cual era aprovechado para comunicar al monarca cosas que no se atrevería a decir un miembro de la corte y para ejercer de espías del rey ya que no levantaban sospechas.

    Entre los personajes más destacados de la corte está Don Sebastián de Morra. Tras servir a un cardenal en Flandes, en 1643, decide volver a España y entra al servicio del príncipe Baltasar Carlos. Se ganó el “Don” por el buen aprecio que se había ganado y no por una broma de la corte. El infante era muy aficionado a la caza y dejó varias armas al bufón en el testamento, debido a que Sebastián le acompañaba a las cacerías. Su carácter galante hizo que fuese protagonista de algún escándalo al cortejar a una dama de más alcurnia.

    Sus ropajes demuestran como Morra gozaba del favor del príncipe, en el bordado dorado de la capa, propio de alguien cercano a la realeza y en el encaje del cuello y los puños, prohibidos por la regla de austeridad de los caballeros. Su rostro refleja una expresión taciturna, reflexiva y profunda, de hombre maduro que mira con intensidad al espectador, que contrasta fuertemente con la sensación de pequeñez y torpeza que muestra su deformidad.

    Se afirma que Don Diego de Acedo era bufón además de ser el encargado del correo real y del timbre con la firma real. Esto hace alusión al gran libro que sostiene y el libro de hojas sueltas del suelo sobre el que posa un tarro. También se observan otros dos libros que pueden estar relacionados con su afición literaria. Pese a ser funcionario real y disfrutar de una posición poderosa, Diego falleció totalmente pobre. No se pudo hacer ninguna venta de sus bienes para sufragar los gastos de su entierro por no haber hecho testamento ya que no tenía nada en su posesión.

    El personaje fue retratado con un ropaje negro y elegante tras lo que parece ser un fondo montañoso. Destaca la frente amplia que el enorme sombrero no llega a tapar. Su rostro es distante y disperso pero también pensativo e inteligente. Los colores del cuadro son sobrios y la proporcionalidad entre el libro y el bufón es natural y realista.

    Francisco Lezcano o “El niño de Vallecas” es otro de los bufones retratados. Aparece en una especie de gruta en la que está sentado y vestido de color verde, propio de los trajes de caza. Su pierna derecha se ve frontal y muestra claramente su deformidad. Mientras, su cabeza ligeramente inclinada, su vista perdida en el horizonte con los ojos entornados y la boca entreabierta reflejan su enfermedad psicológica. Entre las manos sostiene un objeto. Se piensa que es algún pincel que el pintor le dejaría para que se entretuviera, un trozo de pan o incluso una baraja.

    Otros personajes destacados son el “Calabacillas”, que aparece en el cuadro junto a una calabaza mientras muestra una sonrisa extraviada. En la época, la calabaza simbolizaba la discapacidad mental debido a que en las fracturas de cráneo se sustituía la parte faltante por un trozo de esta verdura, lo cual creaba serios problemas. También es importante la presencia de Maribárbola, la bufona que aparece en Las Meninas. Su rostro tosco contrasta con la dulzura de la infanta Margarita.

    Éstos solamente son algunos miembros de esta corte tan dispar que mezcla reyes con enanos y príncipes con lunáticos. El pintor barroco, tan acostumbrado a esta forma de vida, retrata con mucha naturalidad a sus compañeros, sin reducir ni disfrazar los defectos y no como debía hacer con sus superiores. Con estos seres, Velázquez era libre de reflejar la naturaleza en su forma más cruel.