LOS CAÑONES OTOMANOS. Por María Berenguer Planas.

03.03.2015 06:54

                

                A partir del siglo XIV comenzó a generalizarse un arma que cambiaría los campos de batalla, la artillería. En los Balcanes ya la emplearon los serbios a finales de aquella centuria, recurriendo a ella los turcos otomanos a comienzos del XV.

                Sus pesadas bombardas que abrieron fuego sobre Constantinopla, sin embargo, de nada sirvieron contra las fuerzas húngaras en 1443-44, dotadas de carruajes encadenados provistos de cañones a modo de artillería de campaña.

                Los otomanos tomaron esta táctica de la fortaleza andante y disfrutaron de la ayuda de los genoveses para mejorar su potencia artillera, especialmente en el estrecho del Bósforo, lo que animó al sultán Mehmet II a conquistar la genovesa Pera, frente a Constantinopla, bien provista de instalaciones y personal especializado en la elaboración de cañones.

                En el asedio de Constantinopla que terminó rindiéndola al sultán emplearon enormes piezas de artillería para abatir las murallas de la emblemática ciudad. La más grande, obra del fundidor húngaro Urban, era capaz de disparar una piedra de cuatrocientos kilos, desplazándose gracias a sesenta bueyes y doscientos hombres.

                Para evitar los problemas de desplazamiento más que evidentes de semejantes cañones los otomanos llegaron a fundir el viejo bronce en el mismo campo de batalla.

                A principios del siglo XVI los observadores militares turcos se fijaron atentamente en la nueva artillería francesa en las campañas italianas y egeas, que se decantaba por varias piezas de menor tamaño alineadas en batería en lugar de un gran cañón. En la Fundición Imperial de Cañones en Estambul fabricaron piezas de este tipo a gran escala en el primer tercio del XVI con la ayuda de técnicos extranjeros, algunos españoles, a veces capturados. Los judíos sefardíes también ayudaron al respecto.

                Se formó un cuerpo cada vez más especializado de cañoneros con personas procedentes de los dominios otomanos, que superaron en número a los extranjeros.

                Los otomanos se inclinaron más por las piezas de bronce que por las de hierro, fabricando las balas con este último. Los sultanes se interesaron vivamente en contar con los necesarios molinos de pólvora en las cercanías a los frentes de expansión y en la obtención de salitre y azufre. La Persia rival era esencial para proveerse de azufre, fuente de no escasos problemas.

                En su época de máxima expansión los otomanos fueron capaces de seguir el ritmo de la innovación tecnológica de los europeos cristianos, pese a no ser creadores, algo que con el tiempo se iría perdiendo.