¿LOS DESCONOCIDOS RUSOS Y UCRANIOS? Por José Hernández Zúñiga.

07.08.2014 20:02

 

                Situadas a ambos extremos de Europa y alargando sus brazos a otros continentes, España y Rusia se encontraron en la costa del Pacífico americano a finales del siglo XVIII. La actividad de los navegantes y comerciantes rusos en las islas Kuriles y en Alaska sobresaltó a las autoridades españolas de la Nueva España, que temieron su avance hacia California, de prometedora colonización y esencial para controlar las grandes rutas marítimas hacia la codiciada Asia.

                Las alteraciones diplomáticas ocasionadas por la Revolución francesa no impidieron que finalmente España se posicionara contra Gran Bretaña para proteger sus todavía considerables intereses americanos. En 1799 los enviados británicos propusieron a los rusos en Viena atacar la California española. Las autoridades novohispanas se pusieron en pie de guerra, alertando de la posibilidad de ataques. Tras no escasas zozobras España y Rusia concertaron el 4 de octubre de 1801 la paz, sin que se tuviera que lamentar ninguna incursión seria contra California.

                España no tenía con Rusia un trato tan directo como con otras potencias de la Europa Occidental, pero conocía en líneas generales su poder. Desde 1756 la Secretaría de Estado disponía de un completo informe de las fuerzas armadas del imperio de los zares, en el que figuraban las milicias de Ucrania. La delegación de negocios de Sajonia fue el punto de enlace diplomático con Rusia, brillando desde 1780 José de Onís, que más tarde se encargaría de la representación en San Petersburgo.

                Tras el desastre de Trafalgar ganaron protagonismo en España las voces que abogaron por un acercamiento a otros Estados y ampliar horizontes comerciales. Se tradujeron obras francesas al castellano, como la Estadística o Descripción geográfica y política del gran imperio de Rusia en 1807 por Eugenio de Luque, dedicada significativamente al capitán general de Andalucía y gobernador militar de Cádiz el marqués del Socorro y de la Solana.

                La obra introducía con sencillez la Historia y los datos esenciales de la geografía humana del imperio zarista, destacando la diversidad de sus climas y componentes territoriales. De Ucrania, por ejemplo, destacaba su benignidad y fertilidad, capaz de producir importantes cantidades de trigo, cáñamo, lino, tabaco, miel y cera. Los intentos de Catalina II de impulsar las moreras no tuvieron éxito por la impericia de sus cultivadores, lo que no sería óbice para nuevos ensayos junto a los del viñedo y el olivo. Un potencial paraíso mediterráneo en el interior continental, cuyos pastos alimentaban grandes vacadas. Hasta 10.000 cabezas se llegaron a vender en Francia.

                Poblada por más de 900.000 habitantes, muy distantes de los 2.000.000 que algunos le atribuyeron en el pasado, Ucrania se encontraba bajo el Gobierno de Kiev, dividido en once Círculos. Su máxima autoridad territorial todavía llevaba el sonado título de Hetman de los cosacos.

                Al final no fue el comercio, sino la guerra la que impulsó el conocimiento más directo de españoles y rusos. En 1808 el zar era aliado de Napoleón, y el 14 de octubre de aquel año la residencia del embajador ruso en Madrid fue asaltada por considerarse que había dado cobijo a dos militares napoleónicos. Desde el imperio turco los diplomáticos de la España patriota vigilarían en la medida de sus posibilidades los movimientos de José I ante el inquieto zar Alejandro I. La resistencia española y la invasión napoleónica de Rusia acercarían a los dos colosos históricos. Pero esa ya es otra historia.