LOS EJÉRCITOS DE LA ANTIGUA INDIA. Por María Berenguer Planas.

01.02.2015 13:35

                

                Los mensajes de armonía llegados de la antigua India no nos han de hacer olvidar la importancia que tuvieron las actividades militares entre sus gentes. Como en muchas sociedades asiáticas, los principales hombres de armas eran agraciados con concesiones de impuestos sobre unas tierras a fin de mantener una nutrida comitiva guerrera. Los historiadores más recientes son muy remisos a la hora de caracterizar semejante sistema de feudal.

                La organización militar en el fondo no deja de ser otra cosa que la emanación de una sociedad, con sus jerarquías y sistema de valores. Las castas, que algunos han remontado a las invasiones indoeuropeas, tuvieron un considerable peso. Los aristocráticos brahmanes dirigieron como generales a las tropas distintamente equipadas según su casta. Del jinete al macero mediaba un abismo social insalvable.

                A diferencia de otras civilizaciones, los indostánicos no dispusieron de una caballería tan prestigiosa como la de los pueblos de las estepas o la de la Europa feudal. Es más, en un principio era considerada inferior a los carros y a los elefantes. Con el tiempo se formaron escuadrones de caballería pesada que se acostumbraron a disponer en el centro y de caballería ligera en las alas para rodear al adversario. Tan sabias disposiciones no evitaron sonadas derrotas ante las fuerzas islámicas posteriormente.

                Los campeones gozaban de una alta valoración en sus ejércitos, teniendo a veces el honor de iniciar la batalla para enardecer y dar el ejemplo pertinente. Las armaduras y la espada corta y ancha tuvieron una gran aceptación entre tan singulares combatientes, que convirtieron la esgrima en un verdadero arte.

                En las filas de los ejércitos se alinearon también infantes provistos de lanzas de hierro de seis filos o con puntas poligonales, además de diestros y variados tipos de arqueros, atentos a que la humedad no inutilizara las letales cuerdas de sus armas.

                Por ello las grandes campañas acostumbraban a iniciarse en octubre, una vez que los monzones habían mojado a placer la India. El gobernante hacía llamar a todos aquellos que habían recibido una de sus concesiones, que llegaron a pasar de padres a hijos, a los hombres de los oficios de las ciudades obligados a servirle como su señor y a sus aliados. Podía complementar sus fuerzas con contingentes de mercenarios y de los intrépidos pueblos selváticos, hechos a la vida dura. Incluso los pueblos sometidos podían ser requeridos a auxiliar a su nuevo dirigente.

                Tras concentrarse en un punto convenido, verdadera plaza de armas, emprendía la marcha un ejército considerable acompañado de gran número de servidores, mercaderes y mujeres públicas. La disciplina, no siempre sencilla, era esencial y los combatientes  se encuadraban en unidades de base decimal, haciendo gala de la habilidad matemática de los indostánicos, casi proverbial. Cuando iban a atacar adoptaban distintos órdenes de combate conocidos como de la garza, del halcón, de la serpiente o del cocodrilo, demostrando la versatilidad de unas gentes llenas de ingenio.

                Imagen de Indra, dios de la guerra y del trueno.