LOS ESPAÑOLES EN LA ACTUAL CAROLINA DEL SUR (1566-87). Por Remedios Sala Galcerán.

16.01.2016 16:20

                Desde 1492 los españoles recorrieron vastas extensiones de las Américas. Como es bien sabido, fueron los primeros europeos que se adentraron en el territorio de los actuales Estados Unidos, que atesora un más que interesante pasado hispánico desde su costa pacífica a la atlántica.

                Llegados y asentados en las islas de las Antillas, los españoles se interesaron por las vecinas tierras de la América del Norte en busca de riquezas, servidores y gloria. Creyeron que allí encontrarían importantes centros de civilización con grandes riquezas minerales. Hombres como Juan Ponce de León, Francisco de Garay, Lucas Vázquez de Ayllón, Pánfilo de Narváez o Hernando de Soto se afanaron en ello.

                La expedición del último recorrió entre 1539 y 1543 parte del territorio de la cultura misisipiana de los grandes túmulos. Sus magros resultados explican que el Sureste de los Estados Unidos de hoy en día no atrajera a los españoles hasta que se planteara la amenaza de los calvinistas franceses o hugonotes.

                

                Acérrimos enemigos del catolicismo y la corona española, los hugonotes intentaron asentarse en varios puntos de la América atlántica para fortalecerse. En el Norte de Brasil chocaron con los portugueses, entonces en buenas relaciones con los españoles en líneas generales. También probaron fortuna en el territorio comprendido entre la actual Florida y Carolina del Sur, donde procurarían fundar colonias de poblamiento y lanzar contundentes zarpazos contra las naves españolas cargadas con los tesoros indianos que desde el golfo de México se dirigían de retorno a la península Ibérica. En el extremo meridional de Carolina del Sur, en el cabo de Santa Elena (el área de la moderna Parris Island), erigirían Charlesfort, donde sufrirían una penosa y atribulada existencia entre 1562 y 1563 por los problemas internos y el acoso español.

                Felipe II advirtió el peligro y encomendó a Pedro Menéndez de Avilés en 1563 que evitara toda tentativa de los hugonotes en la Florida, que para los españoles abarcaba hasta Santa Elena. Ya en mayo de 1561 el avezado navegante Ángel de Villafañe, en calidad de gobernador y capitán general de la Florida y de la punta y costa de Santa Elena, se había adentrado con su fragata en el río del mismo nombre, de escasa profundidad. Tomó posesión en nombre del rey don Felipe de aquella tierra anegadiza y baja, cubierta de una gran arboleda, de características casi subtropicales. Como no lo consideró el lugar más apropiado donde asentar población. Prosiguió hasta el río Jordán, cercano al cabo San Román, pero no pudo desembarcar sus caballos ni hallar el puerto adecuado. Ante los riesgos meteorológicos y la falta de resultados, retornó a la isla de Santo Domingo.

                

                Su experiencia resultó de gran interés, no obstante, para Menéndez de Avilés, que en 1565 fundaría San Agustín en la península de la Florida y en 1566 Santa Elena, precisamente en la arrasada Charlesfort. Se erigiría su primer fortín, el de San Salvador. Los jesuitas serían llamados a participar en la colonización y evangelización del territorio según las Leyes de Indias. Se intentó encontrar el codiciado paso del Noreste hacia Asia por la más septentrional bahía de Chesapeake, llamada por los españoles de Santa María, entre las actuales Maryland y Virginia.

                Para allegar recursos para la naciente localidad española se envió en misión de reconocimiento al capitán Juan Pardo, un intrépido explorador bien estudiado por el antropólogo Charles Hudson que salió de Santa Elena el 1 de diciembre de 1566 al frente de 125 hombres hacia el interior. En su andadura recorrió las tierras pantanosas del Noreste de Carolina del Sur para alcanzar Joara (Carolina del Norte), que rebautizó como Cuenca. La nieve de los Apalaches le obligó a fundar el fuerte de San Juan a una altitud inferior. Prosiguió su marcha por el río Catawba y fundó otro fuerte, el de Santiago. El temor de Menéndez de Avilés a una ofensiva de los hugonotes le obligó a retornar a principios  de marzo de 1567 a Santa Elena.

                Su magnífica labor determinó que se le enviara por segunda vez en misión de exploración y colonización con la vista puesta en abrir una ruta entre Santa Elena, la capital de la Florida española, y las minas de Zacatecas. Pardo se mostró igual de activo. Se adentró en Tennesee y anduvo por las Grandes Montañas Humeantes al mando de 120 expedicionarios entre septiembre de 1567 y marzo de 1568. Sin embargo, no encontró el camino deseado y para colmo de males fue testigo de la naciente hostilidad entre los guerreros del Sol y los hombres de armas españoles, acusados por los amerindios de exigir alimentos, canoas y mujeres y de extender enfermedades hasta entonces desconocidas entre ellos. Los fuertes que había establecido fueron diezmados por los airados lugareños.

                En 1570 llegaron refuerzos a Santa Elena, lo que resultó en la construcción de un nuevo fortín, el de San Felipe, en el espacio que había ocupado previamente la francesa Charlesfort. Los españoles se mostraron determinados a engrandecer la capital de un territorio que aventuraba de un gran porvenir, donde el tráfico de pieles, los ingenios azucareros y las supuestas minas que se descubrirían en la cercana cordillera, la de los Apalaches, rendirían una enorme fortuna, que compensaría con creces los gastos de la corona en pesos de minas sobre el virreinato de Nueva España. La población española crecería y el asentamiento ya no dependería del auxilio de Santo Domingo o Cuba.

                El proyecto condujo al choque inevitable con la población amerindia de la decadente civilización misisipiana, que no se mostró dispuesta a dejarse subordinar. Menéndez de Avilés fue partidario de la mano dura, pero los españoles no fueron capaces de hacer frente con éxito a las fuerzas indígenas, que llegaron a tomar la misma Santa Elena.

                Desde Sanlúcar de Barrameda partió una armada que recaló el 15 de junio de 1577 en La Habana, para desalojarlos de la isla. Con dos fragatas bien armadas se logró y entre aquel año y 1582 se alzó un tercer fuerte, el de San Marcos, bien ceñido por un foso defensivo.

                La localidad volvió a crecer y a atraer a una variedad de gentes, desde hidalgos a artesanos en número de 450 personas, con importantes viviendas (en número de 60 hasta ahora) y áreas de huertos en las cercanías. Recientemente los arqueólogos y antropólogos estadounidenses han documentado su importancia y han restituido su nombre a las páginas más conocidas de la Historia.

                

                Sin embargo, su vida se detuvo de forma abrupta en 1587. Obedeciendo órdenes de la Corona, sus vecinos prendieron fuego a sus hogares y destruyeron sus huertos. Se llevaron su ganado y se establecieron en San Agustín, que a partir de entonces tomaría la capital de una Florida española sensiblemente reducida.

                

                David J. Weber adujo que el temor a una devastadora incursión de Drake, como la que asoló San Agustín, inclinó al abandono. Ahora bien, Brian M. Fagan en su estudio sobre la Pequeña Edad de Hielo sostiene una explicación más compleja, que posibilitaría la aparición de Angloamérica en estas latitudes. El estudio de los anillos de crecimiento de los cipreses de los pantanos de los ríos Blackwater y Nottoway en Virginia nos desvela que entre 1560 y 1612 la sequía preponderó en el Sureste de los actuales Estados Unidos, lo que dificultaría enormemente la vida de un asentamiento que no se granjeó ni la mano de obra ni los metales preciosos de otros asentamientos españoles en el Nuevo Mundo. Fue una circunstancia que también golpeó en sus comienzos a los ingleses en Virginia. Santa Elena, puente de unión entre la Historia de España y Estados Unidos, ejemplifica la complejidad de la colonización europea de América.