LOS INTÉRPRETES DE LA FRONTERA: TRUJAMANES Y LENGUAS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

12.07.2016 13:20

                

                La globalización acerca a las personas de países distintos con idiomas muy dispares. Además de la lingua franca inglesa, hablada con fluidez variable, los traductores electrónicos de la red facilitan tal entendimiento, pese a que algunas versiones pueden ser mejoradas por los usuarios. El don de idiomas revierte los perversos efectos de la torre de Babel y los intérpretes son actores esenciales en toda comprensión.

                España, la tierra de la escuela de traductores, atesora al respecto una larga Historia. En la Edad Media los poderes islámicos y cristianos mantuvieron a veces contactos directos a través de trujamanes en castellano o de torsimanys en catalán. Ambas palabras se derivan del árabe turguman. Los trujamanes o intérpretes intervinieron en los tratos diplomáticos y en los espinosos acuerdos comerciales. A veces ejercieron tal función avezados judíos en las cuestiones de ambos lados de la frontera.

                Los trujamanes llegaron a hacer carrera. Gracias a las quitaciones o asignaciones de la corte de Castilla descubrimos que a comienzos del siglo XV el maestre Alonso de Guadalajara cobró un salario de 40.000 maravedíes como el mismo canciller mayor. Transfirió su oficio a su hijo Martín de Lucena, al que a su vez heredó su hijo Juan, lo que dio pie a una verdadera dinastía de traductores áulicos. Bajo los Reyes Católicos se consolidó el secretario de la interpretación de lenguas, que en 1507 ejerció el duque de Sessa con una generosa gratificación sobre el patrimonio del reino de Nápoles. Desde esta secretaría se revisarían antiguos documentos de cara a su confirmación.

                Más allá de la corte los trujamanes también ganaron protagonismo. El judío Gabriel Israel fue nombrado intérprete y trujamán mayor de las lenguas arábigas de Murcia en 1476. En 1494 el contino Alonso Venegas logró la merced de trujamán mayor de los moros con los honorarios de los tiempos de los sultanes de Granada.

                El escribano trujamán de la ciudad de Granada despejó documentalmente el problema de las divisiones de aguas entre las alquerías del área de Guadix. Por el contrario el trujamán de la vizcaína Abando fue acusado en 1557 de encarecer los productos al ser también revendedor.

                La aventura americana ofreció un nuevo y poderoso horizonte a los trujamanes. Al principio Cristóbal Colón viajó con traductores de árabe al pensar que su destino era el Asia del Gran Khan, donde los mercaderes musulmanes tenían una gran importancia. Al encontrarse con una realidad distinta, la del Nuevo Mundo, los españoles recurrieron a los amerindios que asimilaron el idioma castellano, los lenguas.

                En 1513 se autorizó a su hijo Diego a tomar en La Española cuatro o cinco originarios de Tierra Firme para ir allí. En caso de ser esclavos serían comprados. Una de las más famosas intérpretes fue la amante de Hernán Cortés, Malintzin, que facilitaría la conquista del imperio azteca. Menos conocido es Perico Tocorren, un destacado intérprete amerindio de su tiempo.

                Otros muchos españoles reclamaron lenguas como Pascual de Andagoya en 1539, Diego Gutiérrez en 1541 o Pedro de Heredia en 1542. Lograrlos no siempre resultó sencillo y en 1537 los gobernadores de Cartagena de Indias y Santa Marta apremiaron a los lenguas a que acompañaran a Nueva Andalucía, alrededor del golfo de Paria, al ilerdense avecindado en Valencia Juan de Espes.

                No solo los conquistadores solicitaron los servicios de los intérpretes, ya que en 1556 los franciscanos los requirieron para la evangelización de las tierras de los arnacas. Tan cotizados fueron que Diego de Almagro, entonces en buenas relaciones con Pizarro, se los negó en 1534 a Pedro de Alvarado cuando pasó a la conquista de tierras al Mediodía de Panamá.

                En la España imperial ser intérprete fue algo valorado y en 1560 el plático Diego Cigala hizo saber a Felipe II por medio del embajador en Génova Gómez Suárez de Figueroa sus conocimientos en turco y en persa. En estos casos bien puede decirse que la lengua fue compañera del imperio.