LOS PALACIEGOS SEÑORES DE LOS CAMPOS CIUDADANOS ROMANOS. Por Verónica López Subirats.

26.09.2017 15:59

                

                La decadencia del imperio romano ha interesado a numerosas generaciones de historiadores desde hace siglos. Hoy en día no se considera el largo período que abarca del siglo III al V de manera uniforme, como una inevitable pendiente cuesta abajo. La supervivencia de la Roma de Oriente acredita lo erróneo de semejante posición. En el Bajo Imperio hubo intentos muy serios para enderezar la fuerza del imperio.

                Las ciudades eran una de las piedras angulares de la civilización romana y los emperadores quisieron detener su declive por distintos medios. Aquejadas de serios problemas financieros, el emperador Juliano les restituyó las tierras públicas y Constantino insistió en que sus curiales permanecieran al frente de sus responsabilidades. En tierras hispanas, se ha apreciado la restauración edilicia en las grandes capitales de Tarragona y Mérida.

                En los campos de las ciudades se fueron transformando las antiguas explotaciones agrarias o villas en complejos verdaderamente palaciegos que incorporaron elementos del lujo urbano al modo de la residencia de Adriano en Tívoli. El proceso, iniciado en el siglo II, se acentuó en las centurias siguientes. Algunas de estas villas palaciegas, como la pacense Dehesa de la Cocosa, alcanzaron unas diez hectáreas. Se ha contrapuesto extensiones como ésta a la constreñida de algunas ciudades muradas de la época.

                A nivel general, se han diferenciado dos grandes modelos de villa palaciega. La más elemental se organizaba alrededor de un patio central con peristilo, caso de Cuevas de Soria, y la más compleja con numerosas estancias y algún edificio de planta basilical. Se emplearon elementos constructivos como ábsides y bóvedas, además de elementos decorativos como los mosaicos.

                Su orientación económica fue crecientemente autosuficiente, aunque algunas villas produjeron importantes cantidades de aceite para el mercado. Estas villas, verdaderos palacios en medio de los campos, representaron el deseo de mantener el modo de vida aristocrático  romano en un mundo en transformación.