LOS SIGLOS DE LOS IBEROS. Por Verónica López Subirats.

08.05.2016 11:45

 

                El estudio de los iberos nos depara una sensación agridulce. Todavía no conocemos su idioma, que tanto nos aportaría, pero los avances de los estudios arqueológicos y de la historia comparada nos han permitido contemplar la evolución general de la evolución ibera.

                En el siglo VIII antes de Jesucristo aparecieron nuevos centros de población en las tierras del Este de la península Ibérica. Carecían de relación aparente con los de la Edad del Bronce precedente y sus habitantes elaboraron la cerámica a mano, al estilo de la de otras gentes del  interior peninsular.

                Estas poblaciones de la primera Edad del Hierro recibieron las influencias de las civilizaciones del Mediterráneo Oriental a través de los inquietos navegantes fenicios, que se concretaron en la emergencia de Tartessos, de gran importancia para comprender la forja de la civilización ibera entre los siglos VII y VI antes de Jesucristo, cuando el comercio de la costa levantina ganó protagonismo al de la Baja Andalucía. La vieja explicación de la procedencia africana de los iberos está hoy desterrada.

                Se ha considerado el siglo V antes de nuestra era como el de la plena configuración de su cultura a través de la constatación en el registro arqueológico de su característica cerámica, la falcata, los instrumentos de hierro y la fíbula anular, elementos presentes en sus poblados y necrópolis. De esta misma centuria datan varias destrucciones de armas en viviendas aristocráticas que cumplirían la función de santuarios gentilicios. El culto a los antepasados, presente en monumentos conmemorativos como el de Pozo Moro, se ha asociado al de la monarquía, la de los ancestros heroicos creadores de la comunidad según el pensamiento mítico. Con el tiempo se separaría el palacio regio del santuario.

                En el siglo IV antes de Jesucristo, el del ibérico pleno, se afirmaron los núcleos emplazados en altura, los oppida, que ejercieron su dominio sobre un territorio más o menos extenso en el que proliferaron los pequeños asentamientos rurales. Regidos por grupos de caballeros, que a su muerte depositaban sus cenizas junto con sus armas, tuvieron también una notable vocación comercial. En la desembocadura del Júcar, en el litoral de Denia y en el de Alicante estos núcleos alcanzaron un claro protagonismo. En el alicantino oppidum del Tossal de les Bases se emplazó una muralla y un barrio artesano, en el que se hallaron pequeñas galeras modeladas de arcilla que dan la medida de los contactos con griegos y púnicos. Las rutas mercantiles de los iberos también abrazaron las tierras del interior hispano, prefigurando en algunos tramos las vías romanas.

                La formación de unidades políticas más compactas tuvo importantes repercusiones. Las rivalidades se nos hacen más visibles con las destrucciones en La Bastida de les Alcusses de Moixent y la necrópolis de Cabezo Lucero de Guardamar. Los iberos distaron de ser los guerreros individualistas que suponíamos y fueron capaces de poner en pie unidades militares organizadas, que fueron contratadas como mercenarias en los conflictos mediterráneos de la época. Entre los siglos IV y III de nuestra era se destruyó la escultura de gran formato, la de las celebérrimas damas, un fenómeno que se ha tratado de explicar acudiendo a las guerras por el dominio peninsular o a los conflictos sociales.

                Prosiguieron entonces empleándose los ungüentarios de origen púnico. Los santuarios perdieron su carácter gentilicio y se convirtieron en espacios más públicos. Los caballeros se convirtieron en héroes urbanos, bien reflejados en las monedas. Favorables a los pactos con los romanos tras las campañas cartaginesas, inauguraron la última etapa de la civilización, la ibero-romana, en la que los oppida declinaron por la política agraria y comercial que Roma impuso.