RUSOS Y FRANCESES LUCHAN BAJO LA VENTISCA. Por Mijail Vernadsky.

12.05.2015 06:50

                El 14 de octubre de 1806 Napoleón había derrotado al ejército prusiano en Jena-Auerstädt y dos semanas después tomaría Berlín. Los prusianos en retirada se encontraron con los rusos que acudían en su ayuda.

                Al llegar el invierno Napoleón acuarteló a sus fuerzas en distintos puntos del interior de Prusia y Polonia para pasar sus gélidos meses. Sin embargo, el mariscal Ney al frente del IV Cuerpo buscó un cuartel mejor y el general ruso Bennigsen lo interpretó como el inicio de un ataque en toda regla. El ruso creyó que podía aniquilar al aislado Ney y Napoleón tuvo que emprender la batalla con enorme enojo.

                Consiguió rodear a los rusos y llegó a su retaguardia en el pueblo de Hof, donde defendían un puente que atravesaba un profundo barranco. Los dragones franceses no consiguieron tomarlo y los coraceros del general D´Hautpoul lo lograron tras aniquilar a los dragones y húsares rusos.

                La tarde del 7 de febrero de 1807 Napoleón se lanzó a perseguir a Bennigsen y sus vanguardias llegaron al pueblo de Eylau con la esperanza de dormir a cubierto en aquella fría noche. Con las primeras luces del día dos ejércitos similares en número se encontraron a cada lado de un vallecito surcado por riachuelos y lagos congelados.

                Preocupado ante la posibilidad de la llegada de los restos de las fuerzas prusianas, Napoleón no aguardó a Ney y ordenó cargar contra la izquierda rusa al mariscal Davout al frente del III Cuerpo. Las cosas marcharon bien para los napoleónicos y se mandó al VII Cuerpo de Augereau cargar contra el centro de la izquierda para asegurar lo que ya se antojaba un éxito.

                        

                En el momento en que las columnas de Augereau comenzaron a cruzar el vallecito, descargó una fuerte nevada. En la confusión, se expusieron a los setenta y dos cañones de la principal batería rusa en el centro. En una hora sucumbieron cinco mil napoleónicos.

                Las líneas de Napoleón presentaron un importante vacío y los rusos se lanzaron a la carga con prisa. Llegaron al cuartel general del emperador. No perdió la serenidad y su escolta obró prodigios de valor, deteniendo a los rusos.

                

                El Cuerpo de Reserva de Caballería del mariscal Murat avanzó en su ayuda con cautela hasta arrollar a la infantería rusa, cogida por sorpresa. Llegó hasta los cañones, pero se detuvieron prudentemente ante las reservas de Bennigsen, que fueron capaces de rehacerse y de ponerles en apuros aprovechando la posición del bosque de Anklappen. Los soldados rusos demostraron con creces su temple duro.

                Las fuerzas de Murat cargaron con denuedo otra vez y lograron evitar la victoria rusa. Al caer la noche Bennigsen se retiró y dejó el campo a un Napoleón que no había conseguido vencer como en otras ocasiones.