UN REINO INDIANO, LA GUATEMALA ESPAÑOLA. Por Antonio Parra García.

12.10.2014 16:16

 

                Gran parte de la América Central, entre el Sur del México actual y el Norte de Panamá, formó el reino de Guatemala en época española, dentro del virreinato de Nueva España. Las enormes distancias continentales aconsejaron establecer una Audiencia en la ciudad de Santiago de los Caballeros en 1548 con la intención de disciplinar a los inquietos conquistadores y someter con eficaz discreción a las comunidades amerindias.

                                            

                Este reino indiano se organizó a finales del siglo XVI en cuatro gobernaciones, siete alcaldías mayores y once corregimientos, encontrándose en esta última situación las tierras centrales guatemaltecas. Los españoles, peninsulares o criollos, prefirieron la vida urbana mayoritariamente como en otros puntos de las Indias. En sus cabildos disputaron por cuestiones muy variadas, y a partir de 1591 sus regidurías pudieron comprarse a la corona. Se fueron forjando unas oligarquías locales muy poderosas, con grandes paralelismos con las de la España peninsular, cuyo origen no siempre arrancaba de los primeros conquistadores. En la ciudad de Guatemala fueron preponderantes los mercaderes peninsulares casi recién llegados.

                Tales oligarquías tuvieron que transigir no sólo con las directrices de la Audiencia, sino también con determinados sectores eclesiásticos. El obispo Marroquín y los dominicos perseveraron en el respeto dentro de las Leyes de Indias a las comunidades indígenas, impulsando su congregación en pueblos y reducciones con la intención de evitar abusos. Con este sistema de contrapesos la corona imponía a duras penas su autoridad a miles de kilómetros de separación.

                Sin embargo, los amerindios regidos por sus propios caciques pagaron a la corona el tributo en productos y soportaron el repartimiento a labores. Se ha estimado que el 70% de los ingresos del reino en el siglo XVII procedió del tributo, que la misma corona compartió en ocasiones con los grandes potentados descendientes de conquistadores. Los funcionarios reales como los corregidores les suministraron mano de obra a través del repartimiento. La explotación de los amerindios accionaba la economía local, ya que por si fuera poco se les distribuían también materiales como las hilazas para su entrega elaborada para la venta, punto de arranque del textil del altiplano guatemalteco. En tales condiciones nada extraña el descenso de población amerindia desde los días de la conquista, máxime teniendo presente la difusión de nuevas enfermedades. En 1689 se han cifrado en 93.682 los indios tributarios del reino, de los cuales 60.723 beneficiaron directamente a la corona y a la propia Iglesia.

                Los comerciantes de las ciudades como Guatemala, en buena conexión con Cádiz a partir del siglo XVIII, movieron los hilos del crédito del reino. Muchos se endeudaron con ellos, hasta el extremo que cayeron en el peonaje ante los impagos. En las proximidades de aquellas comunidades urbanas fue creciendo el mestizaje e imponiéndose la transformación del paisaje. Poco a poco los cultivos de origen autóctono como el maíz, vital para la subsistencia, retrocedió en muchos puntos por la expansión de la ganadería y de los cultivos comerciales, primero el cacao y más tarde el añil.

                                        

                El reino de Guatemala no figuró en el primer plano indiano, aunque consiguió alzar cabeza en el complejo panorama del comercio atlántico, padeciendo sus incertidumbres y encajando de la mejor manera posible los zarpazos de los enemigos de España, como los ingleses. A veces quien demostraba toda su furia era la Madre Naturaleza, cuyos terremotos resultaban asoladores, obligando a trasladarse de lugar o ir en procesión a varias ciudades como apuntaba el maestro Miguel Ángel Asturias. La capital del reino, Santiago de los Caballeros, sufrió un notable seísmo en 1717. Un siglo después otro terremoto, de orden político, conmocionaría esta tierra, no siempre tenida presente en las grandes historias americanas. Que este día 12 de octubre de 2014 no sólo se haga memoria de Colón y sus circunstancias, sino también de sus frutos, por modestos y amargos que puedan parecer a los amantes de las gestas y aborrecedores de la historia.