VIAJAR EN TIEMPOS ROMANOS. Por José Hernández Zúñiga.

05.12.2015 10:42

                Los romanos tendieron un eficiente sistema de calzadas que enlazó los distintos puntos de su imperio de una manera que ha impresionado a todos sus continuadores. Por debajo de las grandes calzadas imperiales, las ciudades romanas acertaron a construir una serie de vías secundarias, que a veces tenían un pavimentado muy digno.

                Los carros y carromatos tuvieron una importancia trascendental en el transporte de mercancías y viajeros por tierra del imperio, más allá de todos aquellos que viajaban a pie (provistos de su capa con capucha o cucullus) o a lomos de caballo, más o menos veloz.

                

                En el parque de carros romanos encontramos distintos modelos. El más lujoso era la carruca o la carroza de cuatro ruedas tirada por dos o cuatro caballos. Se trataba de un vehículo cubierto que ofrecía comodidades y lujos a sus usuarios, dignos a veces de grandes potentados.

                El carro destinado al viaje de varias personas con su equipaje recibía el nombre de raeda, que cuando era conducido por alguno de los viajeros se llamaba covinus, el turismo de tiempos de los romanos. Los carreteros y aurigas o conductores se agrupaban en colegios profesionales.

                

                Se ha estimado que un viajero romano cubría al día por tierra una media de unos treinta kilómetros diarios, lo que hacía imperativo el desarrollo y el mantenimiento de una verdadera red de mansiones, precedentes de las ventas, dotadas con un característico patio interior rodeado de establos y otras estancias para los viajeros. Aquellos que regentaron las mansiones no gozaron de muy buena fama entre sus coetáneos, que tendieron a considerarlos engañosos y poco escrupulosos.

                A los riesgos de fraude en una mansión se añadieron otros más peligrosos a lo largo del camino, marcado por las inclemencias meteorológicas e incluso el mal estado de algunos tramos. Los forajidos también hicieron de las suyas, incluso en los supuestamente tranquilos tiempos de la pax romana. Los puestos de centinelas o stationes intentaron preservar el buen orden de los caminos de un imperio tan extenso como el de los romanos.