ABATIR JABALÍES, ALGO MÁS QUE CAZAR. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

23.06.2026 12:46

             

              La caza del jabalí distó de ser un acto anodino, propio de las comunidades de la Europa medieval. En la magnífica techumbre de la catedral de Teruel, de estilo mudéjar, encontramos una bellísima escena, llena de significado.

              Un jabalí de líneas espinadas y erizado pelaje está en el centro del ataque de un perro que muerde su cuello encaramado a su lomo y de otro que lo hace por detrás. A la izquierda se encuentra un cazador joven, que no vacila en clavar su larga lanza en el lomo del jabalí. Otros dos cazadores, provistos de lanzas, lo secundan por la derecha. La escena se desarrolla con toda su instantánea violencia a la sombra de un esquemático árbol con aires de palmera.

              Los análisis dendrocronológicos de los anillos de los árboles empleados en estas piezas, junto al estilismo del gótico lineal, ubican esta representación entre el 1260 y el 1300, cuando las catedrales se afanaban en representar el cosmos creado por Dios. El jabalí, símbolo de la lujuria y de las perniciosas fuerzas del diablo, debía ser abatido por virtuosos cazadores para que el bien se impusiera. A celtas, romanos y germanos la figura del jabalí ya había fascinado e inquietado, saltando de los manuscritos iluminados a los relieves de las construcciones del románico.

              Más allá de las imágenes artísticas cuajadas de significado religioso, los jabalíes fueron unos temibles contrincantes de los turolenses de la segunda mitad del siglo XIII. Con sus serranías todavía cubiertas con grandes extensiones de encinas, robles y pinos, los extensos términos del Teruel de la época eran un oasis verde en el interior hispano que brindaban refugio y alimento de bellotas y raíces a gran cantidad de jabalíes, muy capaces de amenazar los cultivos vecinales. En consecuencia, el Fuero turolense reguló su caza, al igual que la de lobos u osos pardos.

              Los grandes encargados de abatirlos no fueron los caballeros más aristocráticos que daban caza a los venados, sino los llamados caballeros villanos de la oligarquía local, auténticos monteros ataviados con gonelas o túnicas cortas ceñidas con sencillos cinturones. En sus batidas contaron con perros como el alano representado sobre el lomo del jabalí, bien capaz de atraparlo, y el lebrel de monte o can de rastro, unos animales que estuvieron al alcance de pocos. Desde el final del otoño al corazón del invierno, los tiempos de la bellota, se extendía la temporada de caza del jabalí, gran aportador de suculentas carnes, con lanzas jabalineras o venablos de montería de puntas de hierro anchas en forma de hoja de árbol.

              El que primero hería al jabalí era celebrado en el Fuero de Teruel con el otorgamiento de su preciada cabeza, signo de valor. El resto de la carne de la pieza era tasada y repartida con equidad entre los demás cazadores, teniendo bien presente la aportación de sus perros.

              Con la conquista de tierras valencianas, en las que los turolenses se distinguieron, los límites municipales fueron perdiendo la condición de peligrosa frontera, dejando de ser la batida de jabalíes una actividad todavía más arriesgada ante la cercanía de campeadores musulmanes.  Es muy probable que la marcha de no pocos vecinos hacia la Valencia a colonizar ocasionara la menor presencia de cazadores, pastores y labradores en sus términos, favoreciendo la extensión y espesura de los bosques acogedores de jabalíes. Tales áreas forestales se convirtieron a veces en indicadores de las lindes del concejo de Teruel, demostrando las cacerías de jabalíes su dominio efectivo de aquel territorio en disputa. Eran las llamadas batidas de muga o la frontera.

              Las monterías comunales, las del común de todo el vecindario, eran convocadas por las autoridades municipales. Su llamada a monte respondía a la invasión de los jabalíes que hozaban los campos de cereal o de otros cultivos. Todo varón apto debía acudir armado y provisto para la caza, con perros a ser posible. La Comunidad de Aldeas de Teruel, estructurada en demarcaciones o sesmas, sancionaba económicamente a los que se negaran a responder a la llamada. El montero mayor, de designación concejil, dirigía la cacería, batiendo las espesuras boscosas los ojeadores y perreros. En las líneas de muerte aguardaban prevenidos los monteros provistos venablos con sus canes, al modo de la representación de la catedral.

              Algunas de estas acciones alcanzaron notoriedad. En 1302, en los bosques de la sesma del Campo de Sarrión, tuvo lugar una gran cacería, que dio pie a una intensa disputa legal con el señorío de Mora, en posesión de don Pedro Fernández de Híjar. Los turolenses defendieron su derecho a perseguir jabalíes, soltando sus alanos por las laderas de otros para lograr el éxito de su empeño. En los espesos pinares de Corbalán, en la sesma de Río Cella, tuvo lugar una sonada disputa entre dos grupos de batidores en 1311, cuando uno terminó cobrándose un jabalí que había escapado del cerco del otro.

              Cobrarse un jabalí era toda una proeza, que bien merecería el esfuerzo en el pleito tanto como en la batida. No en vano, en las Profecías de Merlín que se extendieron por la Corona de Aragón de la Baja Edad Media ejemplificaba el odiado tirano, de tintes apocalípticos, que cuando era abatido rendía platos tan suculentos como el civet, toda una declaración de principios.

              Para saber más.

              María Luz Rodrigo, “Cazar y comer caza en el Aragón medieval: fueros, normativas, prácticas y creencias”, El Ruejo: revista de estudios históricos y sociales, número 5, Daroca-Zaragoza, 2004, pp. 59-124.