ARQUEOLOGÍA DEL ESTADO EN EL SURESTE HISPANO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
La aparición de la organización pública que conocemos como el Estado se remonta en la península Ibérica a la Edad del Cobre, según el cada vez más profundo estudio de los vestigios de las culturas del sureste. En las tierras almerienses de Santa Fe de Mondújar apareció hacia el 3200 antes de Jesucristo la civilización de Los Millares, pues sus gentes encontraron allí importantes recursos hídricos y cupríferos.
Sus primeras ciudadelas y tumbas colectivas fueron apareciendo entre el 3200 y el 3000 antes de Jesucristo, pero su gran desarrollo urbano se experimentó en los siguientes seiscientos años. En su núcleo principal de Los Millares se alzaron tres líneas amuralladas, bien reforzadas con torres y bastiones. Sus elites comerciaron con gran fortuna, consiguiendo el prestigioso marfil de elefantes norteafricanos e incluso del Próximo Oriente y el ámbar siciliano. Poco a poco su estructura gentilicia se hizo menos compacta, interpretándose la aparición de los ídolos religiosos oculados en sus tumbas colectivas como una primera muestra de ruptura del anterior orden.
Desde el valle del río Andarax la cultura de Los Millares se extendió hacia el resto de la Andalucía oriental y Murcia. Se establecieron una serie de poblados subordinados o satélites, que con el discurrir del tiempo ganaron fuerza. Al tiempo de militarización del territorio entre el 2600 y el 2400 antes de Jesucristo sucedió otro de unos doscientos años, en el que la creciente aridez atacó a su agricultura diversificada. En aquella época de dificultades y de cambios se adoptó el Vaso Campaniforme como distintivo de prestigio individual, justo cuando numerosos poblados antes subordinados marcaron distancias con sus anteriores señores tomando otro ajuar de prestigio, a modo de símbolo emancipación. El orden gentilicio se hacía trizas.
Según parece, la aridez castigó con severidad al núcleo del poder de Los Millares, el del control de la sierra de Gádor y del pasillo de Tabernas, perjudicando la viabilidad de sus comunicaciones y abastecimientos. Se ha sostenido que entonces las elites de los poblados antes subordinadas se disputaron su dominio, en una época de incendios y destrucciones. Sin embargo, la aristocratización y confrontación en el sureste peninsular no condujo a un callejón sin salida.
Entre el 2200 y el 2000 antes de Jesucristo llegaron al área del sureste de la Península gentes con ascendencia de poblaciones de las estepas euroasiáticas, la de la cultura Yamnaya, pues los estudios de paleo-genética han demostrado que en varias generaciones la totalidad de los linajes paternos dominantes (cromosoma Y) fueron reemplazados. En esta fase de abandono definitivo de Los Millares aparecieron los primeros asentamientos argáricos en la depresión de Vera y en el valle del Guadalentín, en el que los recién llegados actuarían en cierto modo como los grupos de guerreros oportunistas y hombres de fortuna germanos de tiempos de la Roma del Bajo Imperio. Supieron insertarse en las grietas de una sociedad decadente, asimilaron y potenciaron sus valores aristocráticos, y asumieron plenamente el poder en el 2000 y el 1950 antes de Jesucristo.
Resulta interesante destacar que en La Almoloya se descubrió un notable edificio palacial, con una sala de reuniones de setenta metros cuadrados, único en la Europa Occidental de la Edad del Bronce. Tenía capacidad para albergar a unas sesenta y cuatro personas sentadas en bancos adosados a las paredes, un podio simbólico y un hogar ceremonial; es decir, sería el espacio idóneo para dirimir disputas y tomar decisiones de una elite heterogénea, necesitada de un verdadero consenso “parlamentario” para imponer con eficacia su poder.
Se interpreta, por todo ello, que la cultura de El Argar conoció un verdadero Estado, muy jerarquizado y con tendencias centralizadoras, pues sus distintos centros de autoridad compartieron el mismo grupo dirigente. Entre el 1950 y el 1800 antes de Jesucristo se estabilizó el control territorial de esta nueva autoridad, y en las tumbas de la aristocracia masculina se estandarizaron los ajuares con alabardas y puñales de cobre y bronce.
Como ya hemos visto, de los estudios de ADN se desprende una notable exogamia femenina, pues las aristócratas de un poblado importante se casarían con los gobernantes de otro, fortaleciéndose los lazos comunes. La manipulación planificada del parentesco y el género, digna de un Rómulo en su trato con las sabinas, resultó crucial en la génesis de tal sistema. En la tumba 38 de La Almoloya se sepultó a una mujer de 25 a 30 años con diademas de plata, coronas, brazaletes y pendientes de gran valor, sin aparecer en este ajuar funerario las espadas y alabardas reservadas a los varones, interpretándose que la legitimidad política y quizá el poder civil recayera en las mujeres. A los hombres les correspondería ejercer el poder militar de forma expeditiva.
Tal coalición aristocrática se expansionó más que sus predecesores de Los Millares, al extenderse por unos 33.000 kilómetros cuadrados por tierras de Almería, Murcia, gran parte de Granada, Jaén y sur de Alicante, alcanzando unas dimensiones dignas de la Bélgica actual. Los conquistadores argáricos no dudaron en imponer sus modos y costumbres, casi borrando a las culturas precedentes en muchos casos. Sus principales armas (como la alabarda de sus primeras etapas y el posterior puñal de remaches que culminaría en sus espadas) servían exclusivamente para aniquilar a otras personas, y no para cazar igualmente al modo de los arcos y flechas de Los Millares.
Estos dominios fueron organizados a una escala casi “industrial”. Sus copas bruñidas, las de su cerámica fina, se elaboraron especialmente en los talleres especializados de las montañas litorales de Almería y Murcia, distribuyéndose después a más de cien kilómetros de distancia hacia el interior. En consecuencia, se establecieron poblados satélites, muy especializados en una actividad económica concreta como la alfarería, la minería o la agricultura, organizándose un sistema redistributivo estatal.
Se institucionalizó la herencia de clase, al transmitirse hereditariamente el poder y la opresión, según se desprende del estudio de los ricos ajuares de oro, plata y cerámicas lujosas de las tumbas de algunos niños pequeños, los vástagos de la aristocracia. La otra cara de la moneda fue la explotación de infantes de seis a ocho años de los grupos subordinados, obligados a moler cebada manualmente en pesados molinos de piedra o a acarrear agua y minerales hacia las alturas, según evidencian las marcas de inserciones musculares muy desarrolladas y la artrosis prematura de sus esqueletos.
En El Argar no emergió ningún grupo de mercaderes independiente de la aristocracia, que controlaba absolutamente el comercio, encontrándose las grandes pesas y moldes de fundición en sus acrópolis. A diferencia de los posteriores fenicios, muy orientados hacia el mar, El Argar se organizó hacia dentro, de manera centrípeta, basándose en la explotación de los recursos minerales en sus montañas y en el cultivo intensivo de la cebada. Así se frustró la posibilidad de desarrollar un modelo naviero como en otros puntos de la cuenca mediterránea.
Un espejo casi milimétrico de El Argar fue la cultura centroeuropea de Unetice, del 2300 al 1600 antes de Jesucristo, en la que una elite guerrera de linajes esteparios, dotada de alabardas de metal, dominó a las poblaciones precedentes y monopolizó el control del estaño y del cobre. Al parecer, ni las culturas aristocráticas del Bronce del suroeste de Portugal ni la del Bronce de la Bretaña francesa desarrollaron el aparato estatal centralizado de Unetice y de El Argar.
No es exagerado sostener que las gentes de El Argar se avanzaron al sistema de poder de los micénicos, con independencia de sus diferencias en los enterramientos, pues su poder se desplegó a través de poblados fortificados en altura (donde residían sus dirigentes), graneros públicos y arsenales de armas.
Hacia el 1600 antes de Jesucristo su sistema de explotación social provocó terribles niveles de desnutrición entre las gentes sometidas, perceptibles en sus afecciones óseas. La tolerancia hacia los gobernantes mermó en un tiempo de escasez, justo cuando las rivalidades entre las elites argáricas obligaron al reclutamiento de tropas más numerosas, armadas con metales de menor calidad (de aleaciones con menos arsénico) para atender la creciente demanda. Unos subordinados descontentos y armados serían más propicios a la rebelión.
No conocemos a ningún Espartaco de El Argar, pero la teoría política y el empleo de paralelismos históricos sugiere que en aquel mundo de gentes hartas y aristócratas enfrentados pudo haber emergido algún segundón o guerrero postergado y ambicioso de la elite que canalizó el enorme descontento encabezando una rebelión.
Fuera como fuera, el colapso del orden de El Argar hacia el 1550 antes de Jesucristo dejó un modelo social más atomizado y quizá menos opresivo, sin las diademas de plata o las espadas aristocráticas. Se ha interpretado que en el Bronce Tardío y Final se optó por un modelo político de jefaturas basadas en el prestigio y en el parentesco flexible. En otros puntos de la península, como en La Mancha o en el territorio de Valencia, las elites locales habían asimilado usos y técnicas de El Argar, pero sin los rigores de su Estado. Quizá estas comunidades no alcanzaron tal nivel al no experimentar una combinación de aridez extrema, aumento de población y llegada de gentes muy militarizadas, codiciosas del tesoro minero del sureste.
La olla a presión de El Argar terminó estallando, pero dejó una cicatriz indeleble en la geografía del poder en la Península con su paisaje jerarquizado. El territorio ya no era un espacio comunal libre. Para controlar los recursos hídricos, agrícolas, ganaderos y mineros de una comarca era necesario dominar las alturas y fortificarlas, algo que quedó en el subconsciente colectivo. Tal sintaxis espacial sería adoptada con los siglos por los iberos.
Al fin y al cabo, el fin de El Argar resultó ser un verdadero Big Bang, liberador para otros territorios peninsulares, pues la ruptura de un monopolio asfixiante dejó vía libre para la eclosión de Tartessos. El vacío de poder permitió que las comunidades de la cuenca del Guadalquivir y de las áreas mineras de Huelva tomaran las riendas de sus propios recursos, entraron en contacto con las rutas atlánticas sin interferencias: así maduraron las jefaturas aristocráticas que contactaron con los fenicios. Por otra parte, en el área alicantina y valenciana ocurrió algo muy similar, pues el fin de la frontera argárica hizo eclosionar el Bronce Tardío del Horizonte de Villena, en el que las aristocracias locales se independizaron económicamente, acumularon importantes excedentes de riqueza y tendieron redes mercantiles estables. Con la llegada de los fenicios tiempo después, este tejido social fuerte y estructurado evolucionó hacia la cultura ibera. De esta manera se sembraron las semillas de la diversidad cultural de la Edad del Hierro peninsular.
Finalmente, el colapso de El Argar nos trasmite una lección sobrecogedora para nuestro siglo XXI. El clima, por duro que se nos muestre, no mata a las sociedades, sino su rigidez política. Cuando no se es capaz de adaptarse o se cae en la trampa de la excesiva especialización, nuestro destino puede estar sellado.
Para saber más.
Gonzalo Aranda, Sandra Montón y Margarita Sánchez Romero, La cultura de El Argar (c. 2200-1550 cal a. C.), Granada, 2021.
Vicente Lull, La “cultura” de El Argar. Un modelo para el estudio de las formaciones económico-sociales prehistóricas, Madrid, 1983.
Fernando Molina y Juan Antonio Cámara, Los Millares. Guía del yacimiento arqueológico, Sevilla, 2005.

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