CABALLEROS DE CALIFAS, LOS FARFANES. Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Numerosos gobernantes del pasado han confiado su seguridad y eficacia militar en tropas ajenas al cuerpo social que regían, de procedencia y religión distinta a la del común de sus subordinados. Desde Basilio II, los emperadores de Bizancio contaron con los servicios de una guardia varega hasta bien entrado el siglo XIV. Emires y califas musulmanes no pusieron impedimento al reclutamiento de unidades militares cristianas. Entre las filas de las temibles tropas de Al-Mansur figuraron guerreros cristianos, que no dudaron en hacer armas contra los reyes de León. El prestigio logrado por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, es muy indicativo del éxito que podían alcanzar tales mercenarios.
Ponerse al servicio de un gobernante musulmán no era visto como un desdoro, sino como una hábil estrategia para escapar de la ira regia y alcanzar la posición y la riqueza anheladas. A mediados del siglo XIII los hispano-cristianos habían conquistado gran parte de Al-Ándalus, pero sus reyes se reservaron el dominio directo de sus grandes urbes, notables emporios de riqueza. También pretendieron ensanchar su autoridad con el recurso del Derecho Romano, lo que airó a más de un noble ya de por sí insatisfecho por los frutos del reparto del botín. Hombres como el infante don Enrique se convirtieron en afamados comandantes en las tierras de Túnez entre 1257 y 1259 tras desafiar a su hermano Alfonso X.
No fue, desde luego, el primero en emprender tal camino. Antes de convertirse en uno de los campeones de las Navas de Tolosa, Sancho VII pactó con el califa almohade Abu Yaqub Al-Mansur, que contó con mercenarios navarros. En las filas almohades combatió contra Alfonso VIII don Pedro Fernández de Castro en la batalla de Alarcos. Otro destacado magnate, don Fernando Núñez de Lara, fue guerrero de fortuna entre 1214 y 1217. Gran nombradía alcanzaron varones como el infante don Pedro de Portugal en 1220 y el aristócrata catalán Alí Reverter en los siguientes años.
Nobles tan conspicuos no se presentaban solos, sino bien acompañados de mesnadas de vasallos, fieles y seguidores interesados en ganar fortuna. Tales fuerzas fueron conocidas en el África del Norte como las de los farfanes, voz procedente del árabe que se ha interpretado como desde fanfarrón a jovial. Lo cierto es que conformaron notables unidades de caballería pesada, de enorme utilidad en los combates.
Antes de emprender el viaje, los comandantes de los caballeros establecían con el califa de turno un contrato en toda regla, en el que se estipulaba la cuantía de la retribución, su derecho a parte del botín, las asistencias por daños, el coste del mantenimiento de sus corceles de batalla y los honores debidos. Los farfanes podían abstenerse de luchar contra otros cristianos, particularmente con tropas de su propio rey. Cerrado el acuerdo, se fletaban naves de carga o taridas en puertos como el de Sevilla y Cádiz para dirigirse a la costa atlántica marroquí, desembarcando en puertos de aguas profundas como el de Larache. La ruta mediterránea de Ceuta era más rápida y apta para navegaciones menos aparatosas.
Los farfanes conformaron una comunidad estructurada, recibiendo sus pagos del departamento o diván del ejército, según un modelo administrativo ya muy consolidado en tiempos de los almohades. Para evitar problemas de identificación por mala transcripción o pronunciación de los nombres de los cristianos, los pagadores y escribanos del diván tomaban como referencia las figuras y los colores heráldicos de sus escudos. Acostumbraban a acuartelarse cerca de la alcazaba califal de Marrakech, en un espacio o barrio propio. Allí se encontraba el templo de la Marafuga, en el que tuvieron una considerable importancia los franciscanos, ya moderados sus primeros y fogosos impulsos de conversión, ahogados en martirio. Al frente de esta comunidad estuvo el alcaide mayor de los cristianos o el capitán de los francos, una responsabilidad ejercida por hombres de la talla de Alí Reverter o Alonso Pérez de Guzmán, el famoso Guzmán el Bueno. Era el comandante de aquellas tropas, el juez de sus diferencias y el administrador de sus haberes.
En un ambiente marcado por la lejanía y el riesgo, los farfanes no dejaron de alentar su propia épica, que se transmitió a composiciones como la cantiga a Santa María del asedio de Marrakech, la 181, una verdadera epopeya que mereció los honores de los ilustradores de miniaturas del Alfonso X el Sabio. Cuando las fuerzas del califa almohade Umar al-Murtada fueron cercadas en Marrakech por las del emir benimerín Abu Yusuf Yaqub entre el 1261 y el 1262, la situación resultó dramática para los defensores. Finalmente, salieron a dar la batalla con los farfanes en vanguardia, enarbolando un gran pendón rojo con la imagen de la Virgen entronizada con el niño Jesús en sus brazos. La victoria sonrió a estos caballeros cristianos del califa que fueron representados años más tarde como verdaderos combatientes de una guerra santa.
Tales tropas no eran precisamente baratas, pero los gobernantes norteafricanos podían asoldarlas al fluir el oro desde las profundidades del Sudán, el interior subsahariano. Se estima que un caballero podía recibir al mes una retribución de doce doblas de oro, junto a las veinte por gastos de mantenimiento, lo que equivaldría en total a unos ocho mil euros actuales. Además, cada uno de sus asistentes o auxiliares recibía al mes cuatro doblas. Por el contrario, cada jinete norteafricano asoldado por Alfonso X sólo supondría un dispendio mensual de unos dos mil euros actuales.
Con tales alicientes no es de extrañar que muchos se sintieran deseosos de pasar a África, particularmente en los días de agitación política. Más de un miembro del linaje de los Lara, los Castro y los Haro tomaron esta vía en 1272-73, en plena oposición a la autoridad de Alfonso X. Se ha estimado que en el siglo XIII cerca de 3.500 caballeros de élite abandonaron los reinos hispánicos para convertirse en farfanes.
El éxito y la riqueza que alcanzaron influyeron en la balanza del poder de los reinos cristianos. El infante don Enrique intervino activamente en la política italiana e imperial. Además de prestar dinero a Carlos de Anjou y al Papa Clemente IV en sus luchas contra los seguidores de la causa imperial, tuvo la riqueza suficiente para comprar el título de senador de Roma, convirtiéndose en su nuevo favorecedor. Sin embargo, enfrentado con sus aliados angevinos, terminó derrotado. Alonso Pérez de Guzmán, el fundador de casa de Medina Sidonia que sirvió en Marruecos de 1276 a 1291, prestó en 1282 al atormentado Alfonso X unas sesenta mil doblas de oro, casi unos cuarenta millones de euros actuales con los que sustentar una fuerza de seiscientos caballeros.
La llegada de doblas y doblas de oro a la Castilla de la segunda mitad del siglo XIII tuvo consecuencias notables, particularmente en las tierras de la Andalucía bética. Se estimuló más la subida de los precios y una monarquía con grandes ambiciones como la alfonsí tuvo que devaluar su moneda. Por otra parte, las retribuciones asignadas a los farfanes terminaron de consolidar el sistema de los feudos de bolsa, el de recibir pagos en dinero sobre unas rentas fiscales concretas. Se abrían así paso los grupos de caballeros de cuantía y de la nómina de distintos municipios castellanos. En esta Castilla en transformación, órdenes militares como la de Santiago y Calatrava se convirtieron en grandes prestamistas de la apurada realeza, aplicando también el sistema de retribuciones en auge.
Los benimerines prosiguieron empleando los servicios de los farfanes como los almohades, pero a finales del siglo XIV el ambiente cambió en el Norte de África, volviéndose más rigorista en medio de fuertes disputas. Caballeros como Alonso Pérez y Alonso López tuvieron que abandonar aquella tierra de promisión para tantos admiradores del Cid. Por entonces se consolidó la leyenda que los farfanes descendían de los mismísimos caballeros del rey don Rodrigo, deportados a Marruecos tras su derrota. Enrique III de Castilla los reconoció el 20 de marzo de 1394 como hidalgos, con todos sus privilegios, incluyendo sus escudos heráldicos de campo de plata con tres sapos de sinople o verdes, ejemplos de su supuesta permanencia y fidelidad al cristianismo frente a la adversidad del destierro. El apellido Farfán de los Godos ganó prestigio, pasando a destacadas figuras de la expansiva España de los Austrias como Marcos Farfán de los Godos, que en 1598 se adentró en territorio de Arizona bajo el mando del adelantado Juan de Oñate. El deseo de aventura y de arriesgada ganancia no parecía haber abandonado a los que tomaron por apellido tan intrépido nombre.
Para saber más.
Henri Teissier y Ramón Lourido Díaz (coordinación), El Cristianismo en el norte de África, Madrid, 1993.

