CARLOS I, ¿GARANTÍA DE PAZ? Por Víctor Manuel Galán Tendero.
Don Enrique de Aragón y Pimentel, sobrino de Alfonso V el Magnánimo, pasó a la Historia como el infante Fortuna, ejerciendo distintas responsabilidades públicas como la lugartenencia de Cataluña. Duque de Segorbe, era un político experimentado cuando sucedieron las Germanías en el reino de Valencia, que consideró el inicio verdadero de los males de toda España al comenzar a reinar Carlos I.
No dejó de insistir al monarca su retorno a los reinos hispánicos, según una mentalidad muy arraigada, pues sólo su presencia aseguraba el recto ejercicio de la justicia y la consecución de la paz. Antes de fallecer en Castellón de Ampurias, pudo dirigirse por carta del 2 de julio de 1522 a Carlos I, que no retornaría hasta septiembre, para informarle del peligro político.
Con las plazas de Játiva y Alcira en manos agermanadas, todo el reino de Valencia se encontraba todavía muy inquieto. Por si fuera poco, la inquietud también se extendía por Cataluña y Aragón, no sirviendo de mucho las excomuniones eclesiásticas.
Recorría Aragón un capitán del Encubierto, el platero Bernabé, que se encontraba en contacto con gentes de Murviedro y de la huerta valenciana, aprovechando el malestar ocasionado por la carencia de cereales para impulsar un nuevo alzamiento. Don Enrique no dejó de apercibir al virrey de Aragón e incluso de alabar la lealtad de los aragoneses. Con todo, la presencia real resultaba fundamental para el infante, por mucho que la paz pública dependiera de otros muchos factores.
Fuentes.
ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS.
Patronato Real, Legajo 2, 40, 2.

