CÓRBOBA RESISTE EL ATAQUE DE PEDRO I Y DE SUS ALIADOS MUSULMANES (1368).

04.04.2026 13:40

                  “Desde que vio el rey don Pedro que la ciudad de Toledo estaba cercada, trató con el rey Muhammad de Granada que le quisiere ayudar y venir y juntarse con él para ir sobre la ciudad de Córdoba. Y el rey de Granada así lo hizo, y vino con mucha gente, que eran siete mil de a caballo jinetes y de a pie ochenta mil, los doce mil ballesteros. Y el rey don Pedro tenía mil quinientos de a caballo y seis mil hombres de a pie.

                “Y el rey don Pedro y el rey de Granada se juntaron en uno, y vinieron sobre Córdoba. Y estaban en Córdoba don Gonzalo Mejía, maestre de Santiago, y don Pedro Moñiz, maestre de Calatrava, y don Juan Alfonso de Guzmán, que fue después conde de Niebla. Y de la ciudad de Córdoba estaban los caballeros don Alfonso Ferrández de Montemayor, adelantado mayor de la frontera, y don Gonzalo Ferrández de Córdoba, que fue después señor de Aguilar, y Diego Ferrández su hermano, alguacil mayor de Córdoba, y otros buenos.

                “Y don Alfonso Pérez de Guzmán, hijo de don Alvar Pérez de Guzmán, estaba en un castillo cerca de Córdoba, que dicen Hornachuelos, y hacía gran guerra de aquel lugar a todos los que tenían la parte del rey don Pedro. Cuando supo que los moros tenían su real con el rey don Pedro sobre la ciudad de Córdoba, partió de Hornachuelos, y se fue para allá. Y los moros, cuidando que eran de sus gentes, no repararon y él con muy gran peligro se puso dentro de la ciudad para ayudar a defenderla.

                “Y el rey don Pedro y el rey de Granada llegaron cerca de Córdoba, y los de la ciudad, que eran muchos y buenos, temiendo que pelearían con ellos en las barreras, no estaban apercibidos de poner recaudo en los muros. Y los moros eran muchos, y llegaron muy fuertemente a la ciudad, en guisa que un señor de moros que vino, llamado Abenfaluz, que fue después rey de Marruecos, con la gran ballestería que traía llegaron a una coracha que llaman la Calahorra. Y tan reciamente la combatieron que la tomaron y cobraron. Al alcázar viejo le hicieron seis portillos y subieron hacia arriba parte de ellos con sus pendones. Hubo tan gran desmayo en los de la ciudad que cuidaron que eran invadidos.

                “Entonces las dueñas y doncellas que allí estaban, que eran muchas y buenas, salieron a andar por las calles todas en cabello, pidiendo merced a los señores, caballeros y hombres de armas que eran de la ciudad que tuviesen duelo de ellas, y no quisieren que fuesen ellos y ellas en cautiverio de los moros enemigos de la fe de Jesucristo. Y tales lágrimas, palabras y cosas hacían y decían que todos los que lo oían cobraron gran esfuerzo.

                “Y luego se dirigieron hacia las torres y el muro del alcázar viejo que los moros habían entrado, y pelearon con ellos muy de recio como buenos, en guisa que mataron parte de ellos, y a los otros los hicieron salir fuera de la ciudad. Y ellos saltaron por encima de las torres. Les tomaron sus pendones que habían puesto y salieron con ellos por las barreras matándolos e hiriéndolos, de tal manera que los arredraron en gran medida.

                “Y en tanto que los moros fueron arrojados, los maestres, los otros señores y caballeros hicieron aderezar los muros muy ordenadamente, por que sabían muy bien que otro día los moros probarían lo que pudiesen hacer por cobrar aquella ciudad. Y toda aquella noche fueron hechas por la ciudad muchas danzas y alegrías, y todos tenían gran esfuerzo, porque confiaban en la merced de Dios que daría buena cuenta de la ciudad en guisa que los enemigos de la fe no los podrían menoscabar.

                “Y el rey de Granada y todos los moros tenían que esta ciudad de Córdoba y su iglesia mayor fueran la cabeza de toda su ley, por cuanto aquélla es la más hermosa iglesia, que en su tiempo fue mezquita, que ellos tenían y siempre razonaban por lugar santo. Además, el rey don Pedro tenía gran saña de esta ciudad, por cuanto estaban en ella muchos de los que le habían hecho y hacían guerra. También tenía gran queja de los caballeros de la ciudad, porque se partiesen de él. Por estos motivos le placía que los moros cobrasen la ciudad y la destruyeran, empero Dios quiso socorrer a los de su fe.”

                Pero López de Ayala, Crónicas, C. IV del año 1368. Edición de José Luis Martín, Barcelona, 1991, pp. 409-410.  

              Selección y adaptación al castellano actual de Víctor Manuel Galán Tendero.